COLEGIO

Escrito por Andrés Barba el . Posteado en Relatos

Hay una puerta de colegio. Tiene una entrada grande para vehículos y otra pequeña para personas. Las dos están abiertas. Un enrejado de hierro que necesitaría ya una nueva capa de pintura está lleno de muescas y de pequeños grafitis con los corazones y los insultos de los últimos tres años. Hay allí unas veinte personas, entre padres, profesores y chicos que van desde los ocho hasta los dieciocho. El conjunto es gris áspero y contrasta con la ropa de los niños, que es luminosa. El sonido es como el de una bandada de pájaros que chillan con voces agudas. Resulta extraño que un lugar tan neutro parezca tan lleno de vida. El edificio es chato, feo y convencional, pero aun así se alza con la arrogancia de lo pragmático, un rostro aplastado. Las ventanas de las aulas refulgen al abrirse y la brisa hace moverse un poco las retamas de la entrada, de las que los niños arrancan pequeñas bolitas amarillas distraídamente y las deshacen entre los dedos hasta dejarlas reducidas a un tenue polvo amarillo. A ratos da la impresión de que todas esas mujeres, niños y adolescentes han perdido sus particularidades, las señales que les hacen definibles y concretos, y por un momento exhalan una especie de perfume común. Luego, de un instante a otro, comienzan a entrar en el edificio y, como la puerta es pequeña, a veces se entorpecen al entrar y al salir los padres y los alumnos. Tres se quedan parados de pronto y se miran entre ellos, por primera, por última vez en su vida. Y los tres dicen al unísono: “Perdón”. Y los tres sonríen. Una niña pasa corriendo entre sus piernas.

1

Durante todo aquel año tu hija estuvo diciendo que tenía dos novios. Miguel, Ernesto. Jugaba a las muñecas y si había que hacer algún regalo preparaba dos paquetitos idénticos. Para Miguel. Para Ernesto. Durante aquel año todo se dividió en dos: los sueños, las atenciones, los bocadillos del recreo, las cartas de amor de letra redonda, los tiempos muertos y los tiempos vivos, el corazón. La veías en el centro de la seriedad de sus seis años, alambicada y difícil de pronto, casi adulta de puro equitativa. Querer a dos novios parecía una tarea que no admitía descanso, algo casi sin alegría a lo que ella debía estar atenta de continuo, una zona prohibida y frágil que podía desarmar cualquier golpe de viento. A veces la dejabas en la puerta del colegio y la veías flanqueada por aquellas dos sombras: Miguel, Ernesto, tristes y resignados ellos también, oscilando entre el abandono y el control. Ella le daba un beso a cada uno: uno a Miguel, otro a Ernesto, y se alejaba de ti tan prematuramente seria como una ancianita canosa y desgraciada. En su diario, como un objeto escurridizo, llenó tres páginas con sus nombres entrelazados. Miguelanaernesto. Ernestoanamiguel. Y pintó debajo un corazón enorme que le salió muy mal, como si alguien lo hubiese arrojado desde un octavo piso.

2

No lo supiste entonces, lo sabrías más tarde: que habían organizado tu vida alrededor de aquellas tazas de café. Los espiaste a los dos a través de la rendija de la puerta del cuarto de estar. Tenías seis años y jugabas a taparlos con la palma de la mano: primero a tu padre, luego a tu madre. Vistos aisladamente se volvían figuras casi cómicas: tu padre miraba la taza de café como si se le hubiese caído en ella una cosa minúscula e irritante, tu madre estaba rígida y miraba al techo con una sonrisa extraña, como quien trata de recordar un chiste. La taza de tu padre era más pequeña, la de tu madre tenía una mancha de carmín. Habían organizado tu vida bebiendo aquellas tazas. Todo había quedado decidido ya: el cómo, el desde cuándo, el hasta dónde: quién te llevaría al colegio, quién te recogería, con quién pasarías las vacaciones. Todo había sido hecho en nombre del amor.

3

Desde el primer día la viste siempre al fondo de la clase, sentada y algo rígida, bebiendo a sorbitos un vaso de naranja. Eran los días ociosos del colegio. Tu vida era como un crucero en el que ella viajaba en aquella postura rígida y poco natural. A veces soñabas con ella y ni siquiera en la fantasía dejaba de tener esa postura, con sus pantalones azules y la mirada un poco ida (no era muy inteligente) el andar patizambo y el acné perpetuo. Su cara era también como un vestido: en primavera el acné era de un color terroso, y en inverno de un violeta tan vivo que a veces se ausentaba varios días. Tú la apartaste deprisa de las demás, como el agua pesada se separa de la más leve, ella era la rara semilla de la flor monstruosa, el núcleo del ser extraordinario, toda vuelta hacia sí misma como un don diego al pudrirse. Y se pudría, sí, pero con la piel aún carnosa y unos ojos que relampagueaban a veces con una fuerza sorprendente, no sabías si de ira o de timidez. Una vez te miró, fue sólo un segundo. Abandonó sus formas habituales, destensó la espalda, se apartó el vaso de la boca y te clavó la mirada. Fue como la mirada intensa, desesperada y ciega a la vez, de los murciélagos.

4

En aquella época pasasteis tres días juntos en la misma casa. Era la casa de su madre y ella la insultaba durante horas. Ni siquiera habían quitado el Belén y ya era primavera. A la figura de la Virgen se le rompió un pie y tú lo dejaste junto al niño Jesús para que no se perdiera, allí se quedó otro mes: Oro, Incienso, Mirra y un pie. Casi hasta el verano. Los primeros celos, las hermanas mayores que se hacían las moralistas. Ella no lo quería hacer. Luego te parece como si hubieseis sobrevivido los dos a ese lugar de la cocina al que, si se entraba en la casa, era el último al que se llegaba, un lugar que daba confianza y en el que nunca os podrían descubrir. Ella sangró mucho menos de lo que habías previsto pero te dio asco su olor y ella se entristeció al notarlo. Luego os sentasteis a ver una película. Tu primer recuerdo comienza allí, en aquel momento en el que anochece. Ella dijo muy seria que no se lo había imaginado así. Luego, al día siguiente, en el colegio, tenía los labios muy secos.

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Andrés Barba

Andrés Barba (Madrid, 1975), se dio a conocer en 2001 con La hermana de Katia (finalista del premio Herralde y llevada a la gran pantalla por Mijke de Jong), a la que siguió un excelente libro de nouvelles titulado La recta intención, y cinco novelas más que le confirmaron como una de las firmas más importantes de su generación; Ahora tocad música de baile, Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester), Las manos pequeñas, Agosto, Octubre y Muerte de un caballo (Premio Juan March). En colaboración con Javier Montes recibió el Premio Anagrama de ensayo por La ceremonia del porno y es también autor, junto al pintor Pablo Angulo, del Libro de las caídas. Fue elegido por la prestigiosa revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. Su obra ha sido traducida a diez idiomas. Su último libro publicado es Ha dejado de llover.

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