Los Juegos Olímpicos de la II Guerra Mundial

Escrito por Guillermo Ortiz el . Posteado en Monográficos

Berlín, 1936: apoteosis internacional de la estética nazi cortesía del Ministro de Propaganda Joseph Goebbels y la siempre dispuesta Leni Riefensthal, cuyo “Olimpia” ha pasado a los anales de los documentales político-deportivos de todos los tiempos. La importancia de los Juegos para los alemanes iba más allá de la simple difusión de su proyecto totalitario. Parte de su ensoñación era emparentarse directamente con los antiguos griegos, recoger el testigo de su legado ario y civilizatorio –no es casualidad que aquel año fuera el primero en que la antorcha olímpica viajara desde Grecia hasta Berlín- e imponer un reino de los mil años como el que Alejandro habría construido si la sífilis y sus herederos no lo hubieran destrozado todo en apenas lustros.

Los grandes imperios acaban así, en lustros, y ellos deberían haberlo sabido.

Junto a la publicidad y la cultura estaba el culto al cuerpo, algo muy griego también, por supuesto. La imagen del deportista alemán ejemplificada en Luz Long: joven, fuerte, blanco, ojos claros… candidato a cantar “Tomorrow belongs to me” en la terraza de cualquier cervecería berlinesa. La lucha de Long contra Jesse Owens, negro, ascensorista, un ser inferior bajo cualquier estándar nazi –y no solo nazi, él mismo denunció su situación racial en Estados Unidos y declaró mil veces que cuatro medallas de oro ante Adolf Hitler no habían cambiado su condición de paria- quedó recogida en el citado documental de Riefensthal y es uno de los grandes momentos del olimpismo.

Un estadio lleno presidido por su “führer” animando a Long y vertiendo su odio contra Owens mientras el atleta alemán aconsejaba a su rival y le felicitaba deportivamente después del triunfo, delante de toda la masa enfurecida. Owens y Long fueron amigos durante años.

Lo curioso de aquellos Juegos es que no había pretensión inicial alguna de que se convirtieran en una apología del nazismo. Por supuesto, tras la aprobación de las Leyes de Nüremberg en 1933, el alejamiento de los judíos de la vida pública alemana, su persecución sistemática y la recomendación más o menos encubierta de que no se incluyeran atletas judíos en las selecciones de cada país, el boicot era una posibilidad más que recomendable. No se hizo, salvo honrosas excepciones. La palabra de moda era “apaciguamiento” y las potencias occidentales no dudaron en enviar su remesa de jovencitos al rey Minos para que se los comiera su fiera favorita.

Sí, el boicot hubiera sido lo deseable, pero cuando el COI eligió Berlín como sede, en una reunión de 1931 presidida por el belga Henri de Baillet-Latour en Barcelona, apenas once días después de la proclamación de la II República española y en un contexto de depresión económica brutal, la intención de los olimpistas era dar su apoyo a la República de Weimar, ese invento que los vencedores impusieron a los alemanes tras su victoria en la I Guerra Mundial con el fin de evitar la aparición de un nuevo caudillo, káiser o canciller enloquecido que se llevara la Línea Maginot por delante en un ataque de orgullo.

Weimar ya agonizaba porque en realidad la propia existencia de Weimar era un artificio sin apenas apoyo dentro de una sociedad que jamás había vivido bajo algo parecido a un régimen democrático. Las desproporcionadas deudas que Alemania contrajo con sus vencedores más una inflación que sumió al país en la pobreza ya durante los años 20 había provocado el auge de todo tipo de movimientos radicales. En 1931, el marxismo, que ya tuviera su momento de gloria en la “revolución espartaquista” de Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht a finales de 1918, seguía siendo una alternativa popular entre los alemanes descontentos con el nuevo régimen. Frente a ellos, se enzarzaban en combates callejeros las Juventudes Nacional-Socialistas, grupos armados, sospechosamente bien organizados y financiados, que poco a poco iban aumentando su presencia desde Baviera al resto del país.

Los Juegos podían ser una manera de normalizar la situación y así lo entendió el COI, otorgando su organización a Berlín frente a Barcelona, la gran perdedora. Las otras ciudades candidatas, hasta diez, incluyendo otras tres alemanas –Colonia, Frankfurt y Nüremberg, que ya hubiera sido rizar el rizo- no obtuvieron un solo voto.

El mariscal Von Hindenburg y el canciller Heinrich Brüning podían estar satisfechos: la comunidad internacional había apostado por su proyecto frente al radicalismo de izquierdas y de derechas sin saber que, al contrario, estaban dando un paso importantísimo para el asentamiento del fanatismo coral.

Los Juegos de los Mil Años


La locura por la tradición olímpica, cuya base ya he explicado anteriormente, llevó al régimen nazi a puntos absurdos. Con la mano izquierda derogaba determinadas leyes contra homosexuales y “razas inferiores”, como apunta Jacobo Rivero en su libro “Fiebre en la cancha”… y con la mano derecha presionaba a los atletas y a las delegaciones, cambiaba resultados deportivos a su antojo y planeaba, delirio del propio Goebbels, establecerse como organizador perpetuo de los Juegos Olímpicos, a celebrarse en el mítico Estadio de Nüremberg, el mismo que acogiera la apoteosis del nazismo en 1934. Mil años de Reich y mil años de Juegos celebratorios.

Según cuentan, el plan estuvo muy avanzado y sin duda habría prosperado de haber ganado Alemania la II Guerra Mundial aunque si los nazis no ganaron esa guerra fue, entre otras cosas, porque eran un grupo de fanáticos eficaces pero completamente alejados de la realidad… y la realidad, al final, siempre triunfa. El COI resistió como pudo: en la sesión celebrada en el propio Berlín olímpico, procedió a la votación de las siguientes sedes para los Juegos de 1940. Para los de invierno, se eligió a la japonesa Sapporo como sucesora de la también alemana Garmisch-Partenkirchen.

La designada para celebrar los de verano, repitiendo de nuevo la decisión de no cambiar de país, fue Tokio, ganando por apenas nueve votos (36 a 29) a Helsinki, la capital finlandesa.

La decisión fue polémica. Japón no era la Alemania nazi pero no tardaría mucho en aliarse en su proyecto megalómano. Desde principios del siglo XX, el afán conquistador del país tras la Restauración Meiji encabezada por Mutsuhito había derivado en constantes conflictos bélicos e injerencias en países vecinos, formando un imperio que dominaba las islas del oriente asiático, controlaba sectores de la política china e incluso había pasado por una dura guerra contra Rusia en 1904-1905 por el control del Mar de Corea y el enclave de Port Arthur en el Océano Pacífico. Aquella guerra fue el inicio del fin para la dinastía Romanov.

Los sucesores de Mutsuhito, tanto el incapacitado Yoshihito como su primogénito, Hirohito, coronado en 1926, mantuvieron esa política expansiva combinada con un hasta entonces inédito acercamiento a Europa Occidental. De hecho, el propio Hirohito había viajado personalmente al viejo continente, el primer emperador en hacerlo. En 1936, Japón era una bomba de relojería como lo era Alemania en 1931: Hirohito trataba de conciliar los intereses de un poderosísimo ejército con reformas que acercaran al país a lo que él había visto en sus viajes por Occidente. La propia candidatura a unos Juegos Olímpicos, que hasta el momento no se habían celebrado nunca fuera de Europa o Estados Unidos, era una señal de abertura del régimen. Como veremos, el COI volvió a tener muy mal ojo en su decisión.

De Tokio 1940 a Helsinki 1940, de una guerra a otra guerra

Poco después de la elección de Tokio, Hirohito no tuvo más remedio que ceder ante las presiones de sus jefes militares y declarar la guerra a China. Podría parecer que estamos hablando aquí de Hirohito como si fuera Olof Palme, pero obviamente seguimos ante un emperador a la vieja usanza, de carácter divino, y de una formación ultranacionalista. Los japoneses habían controlado zonas de China, especialmente Manchuria, y habían llegado a imponer un emperador manchú, el famoso Puyi, creando un imperio ficticio solamente para él, llamado Manchukuo, y que era controlado de facto por las autoridades japonesas en constante tensión con la nueva administración erigida en Pekín.

Si quieren más información al respecto, tienen “El último emperador”, de Bernardo Bertolucci.

Esta tensión terminó por estallar en julio de 1937, cuando un en principio absurdo incidente entre tropas japonesas destinadas en Manchuria y tropas de la República de China de Chiang Kai-Shek desató una guerra a gran escala con el bombardeo aéreo de posiciones navales japonesas en Shanghai –una especie de Pearl Harbour a la inversa-, la ocupación de Pekín por el ejército japonés y la entrada en juego del Partido Comunista Chino de Mao Zedong como colaborador necesario en tiempos de crisis después de años de una persecución despiadada por parte del gobierno oficial.

Como ven, eran malos años para treguas olímpicas y, obviamente, Tokio tuvo que renunciar oficialmente en julio de 1938 a los Juegos, se recluyó en su propio imperialismo fanático, desistió de cualquier tipo de aperturismo occidental y dejó a Hirohito y sus tímidas medidas reformistas en una incómoda posición ante el mundo, destinado a convertirse en un tirano más, un miembro del eje nacionalista-fascista que representaban Hitler, Mussolini y Franco entre otros.

La renuncia de Tokio obligó al COI a elegir otra sede. Por mucho que los miembros del Comité fueran adinerados burgueses o aristócratas que vivían en su propia burbuja, era imposible que en 1938 no se estuvieran dando cuenta de que organizar unos Juegos en 1940 era un sueño inalcanzable… aunque si Lord Chamberlain salió de Munich convencido de que la palabra de Hitler valía décadas de paz en Europa, tampoco vamos a sobreestimar las inteligencias de la época.

Ante la urgencia de buscar una nueva sede, los miembros del COI, aún encabezados por Baillet-Latour más de diez años después de suceder a Pierre de Coubertin como presidente del movimiento olímpico y convertido en títere de distintas presiones durante sus últimos años de vida, decidieron que Helsinki, segunda candidata más votada en la reunión de 1936, fuera la sustituta de emergencia. Los Juegos Olímpicos de Helsinki 1940 se oficializaron hasta el punto de incluir un calendario de pruebas fecha a fecha y 60 países llegaron a confirmar su presencia en la cita.

Todo esto fue antes de septiembre de 1939, por supuesto.

La elección de Finlandia volvía a pecar de lo que los ingleses llaman “wishful thinking”, es decir, era una opción bienintencionada pero poco realista. En realidad, Finlandia como país apenas tenía 20 años de edad. Controlado por suecos primero y rusos después, Finlandia se había constituido en miembro autónomo de la Sociedad de Naciones apenas en 1919 y por su propia ubicación geográfica era obvio que iba a tener muchos problemas políticos para llevar adelante el proyecto.

Por un lado, estaba la presión soviética. La URSS de Stalin anhelaba apoderarse de las repúblicas bálticas y ejercer su control sobre Finlandia. En parte, para ellos, Finlandia era como Danzig podía ser para los nazis, parte de su “espacio vital”. Por el otro lado, el país era también una pieza importante para Hitler en su deseo de apoderarse de Europa, el paso necesario para controlar la península escandinava y un buen enclave en caso de iniciar una previsible guerra contra la Unión Soviética.

Elegir Helsinki en 1938, salvando las distancias, sería como elegir Sarajevo en 1991. De acuerdo, podía ayudar a un país joven a situarse en el mundo y reafirmar su independencia pero en un contexto prebélico era una opción desastrosa. El tiempo demostró que cualquiera lo habría sido, eso está claro, pero en el caso de Finlandia lo incorrecto de la decisión saltó a la vista antes que en ningún otro lado: en agosto de 1939, Molotov y Von Ribbentrop, ministros de asuntos exteriores de Stalin y Hitler respectivamente, firmaban un pacto de no agresión que no reflejaba sino la intención de ambos países de repartirse el norte y el centro de Europa. Finlandia caería de lado soviético.

El 30 de noviembre de 1939, la URSS invadió sin declaración previa de guerra partes del país y bombardeó Helsinki, causando daños severos en el recién construido Estadio Olímpico. Ya por entonces el continente entero estaba en armas, pero la situación finlandesa era especialmente penosa: acosados por el ejército rojo –muy diezmado por las purgas estalinistas y por consiguiente muy torpe en su avance- se vieron obligados a jugar a la vez con dios y el diablo, es decir, apoyarse en los aliados –Francia y Gran Bretaña- que veían la posibilidad de castigar a un aliado de Hitler como era por entonces Stalin, y en el propio Hitler, que no ocultaba en privado su voluntad de acabar con la amenaza comunista invadiendo la Unión Soviética de cabo a rabo.

Sobre la concepción de la realidad de los nazis ya hemos hablado antes, así que no insistiremos.

El estallido de la guerra ruso-finlandesa, también llamada “Guerra de Invierno” acabó con el sueño olímpico, derivó en una paz por la que el nuevo país perdía parte de su territorio y se comprometía a pagar grandes cantidades de dinero a Stalin a cambio de una tregua y degeneró en un acuerdo militar con Hitler cuando éste lanzó la “Operación Barbarroja” en junio de 1941. Armado por los nazis, el gobierno finlandés declaró a su vez una segunda guerra contra la URSS para recuperar los territorios perdidos. Fueron los años de los llamados “cócteles Molotov”, utilizados por los resistentes fineses en las batallas callejeras como burla de los “cócteles de alimentos” que el todopoderoso ministro de Stalin decía estar lanzando sobre Finlandia y que no eran sino explosivos camuflados.

Todo acabó en 1944, con la salida de las tropas nazis de territorio soviético, la firma de un armisticio y la expulsión de los regimientos alemanes en tierra finesa.

Estos años, los de la llamada “Guerra de Continuación”, vieron cómo Johann Wilhelm Rangell, economista y miembro del Partido Progresista se convertía en primer ministro del país. Figura controvertida donde las haya por la mezcla de sus ideas supuestamente de progreso y su colaboración manifiesta con el nazismo, Rangell fue precisamente el que más presionó a Baillet-Latour en 1938 para conseguir la elección de su ciudad como sede olímpica.

El movimiento olímpico en tiempos de guerra. Los años de Carl Diem

Ajenos a cualquier sentido de la realidad, el COI aún se reunió en junio de 1939, tres meses antes del inicio oficial de la II Guerra Mundial, cuando Hitler ya se había anexionado Austria, los Sudetes y amenazaba con invadir el corredor del Danzig y tras ello ocupar Polonia, para decidir cuál sería la sede de los Juegos Olímpicos… ¡de 1944! Al menos esta vez fueron más sensatos y eligieron a Londres, una ciudad en una isla y con un sistema político suficientemente fuerte como para hacer frente a cualquier tipo de presión totalitaria.

La intención de que Londres fuera sede olímpica obviamente se desvaneció en cuanto Hitler mandó a la Luftwaffe a bombardear la ciudad día y noche. Churchill sustituyó a Chamberlain -¿quién si no Chamberlain ofrecería Londres como sede de nada en un momento como junio del 39?- y todos los esfuerzos, lógicamente, se centraron en defenderse del ataque nazi y eliminar cualquier posibilidad de invasión.

La crueldad de la guerra y sus devastadores primeros años, en los que Hitler consiguió dominar toda Europa, buena parte del Mediterráneo africano, llegó hasta Stalingrado en la URSS y sometió a Inglaterra a una situación de penuria, hambre y desesperanza que parecían abocar al país de Churchill a la rendición, hizo que el COI optara por la opción más diplomática: hacer mutis, refugiarse en Lausana, Suiza, e ir coqueteando con el más fuerte como hace todo cobarde inconsciente que teme perder sus privilegios.

La muerte de Baillet-Latour en 1942 provocó un enorme vacío de poder. No hubo nuevo presidente como tal hasta el Congreso de 1946, donde se elegiría al sueco Johanes Sigfrid Edström. El poder en la sombra quedó en manos del enigmático Carl Diem, conocido filonazi y organizador de los Juegos Olímpicos de 1936, padre, como decíamos, de la idea de transportar la antorcha desde Olimpia hasta Berlín, una nueva prueba de que, por políticamente incorrecto que suene, la ética nazi ha sido en su mayor parte vencida, pero su estética sigue fascinando a muchos.

Carl Diem no solo era el hombre de formación deportiva y atlética del régimen de Hitler sino que su influencia en Lausana fue tal que ayudó a organizar el cincuentenario del COI, en 1944, momento de pocas celebraciones, cuando el espíritu olímpico había sufrido ya las estocadas de 1914 y 1939, Europa esperaba la inminente intervención de Estados Unidos y el conflicto ya se había extendido al Pacífico en un todos contra todos lleno de ocupaciones, liberaciones, francotiradores y partisanos. Ambos bandos estudiaban cómo aniquilar al otro a escalas desconocidas hasta el momento y el fin de la guerra no parecía tan cerca como se ve a esta distancia; de hecho, los nazis seguían controlando buena parte del territorio invadido hasta 1941-42 y el derrumbamiento solo fue posible por la increíble decisión de querer ocupar la Unión Soviética –no solo atacarla, sino invadirla- y la enorme torpeza de un crecido Hirohito, quien, después de someter a rusos y chinos, pensó que no tendría problemas para hacer lo propio con los Estados Unidos.

La influencia de Diem fue decreciendo conforme el nazismo que representaba perdía su poder mundial. Su último acto de ignominia fue la celebración en el propio Estadio Olímpico de Berlín de un evento de glorificación de las Juventudes Hitlerianas, en el que alentó a niños de incluso 12 años a defender con su vida la del Führer y el Reich. Incomprensiblemente, la figura de Diem fue rehabilitada en 1960 por la República Federal de Alemania y se convirtió en un respetado historiador del deporte.

Un mundo de Billy Wilder, en definitiva.

La redención

Como saben, la II Guerra Mundial acabó en Europa el 8 de mayo de 1945 con la capitulación de Alemania, y en el Pacífico apenas tres meses después, el 14 de agosto, después de que Hirohito viera que su aventura nacionalista solo había condenado a su imperio a la pérdida de Manchuria – a manos chinas y soviéticas-, del resto de sus colonias y de cientos de miles de vidas en los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, dos hitos vergonzosos en el currículo de los aliados.

El COI aún tardaría un año más en recomponerse por completo y reunirse en Lausana para elegir nuevo presidente, el citado Edström, y confirmar la elección de Londres como sede olímpica para los Juegos Olímpicos de 1948. Era el premio a la perseverancia, a la resistencia, al “sangre, sudor y lágrimas” y la heroicidad que impidió que Hitler dominara toda Europa. Los ingleses, gente poco previsible, no tuvieron la misma generosidad a la hora de premiar a su Gobierno y depusieron a Churchill en las urnas el mismo julio de 1945 para poner al laborista Clement Attlee, decisión que revertirían apenas seis años más tarde devolviéndole a Sir Winston el cargo de Primer Ministro.

Para cuando los Juegos Olímpicos efectivamente se celebraron en 1948 toda una generación de atletas había perdido su gran oportunidad, desde el ascensorista Jesse Owens a la actriz Esther Williams, candidata a emular a Johnny Weismuller en 1940. Ni Alemania ni Japón fueron invitados a la cita, aún represaliados y en reconstrucción. Tampoco participó la Unión Soviética, aunque lo cierto es que no lo había hecho nunca desde su creación. No fueron unos grandes Juegos, ya que incluso aquellos atletas que sobrevivieron y que aún se mantenían en edad competitiva apenas habían tenido medios para un correcto entrenamiento.

Un año antes, en 1947, el COI había decidido que Helsinki organizara en 1952 los Juegos que no pudo albergar en 1940, venciendo holgadamente a Los Ángeles y Minneapolis en las distintas votaciones. Aquellos juegos sí fueron un moderado éxito por la participación de Alemania y de la URSS, acompañados de un Japón por entonces bajo tutela estadounidense. Sin embargo, la redención no sería completa hasta que Tokio recibiera el premio que se ganó en 1936, durante aquella convulsa reunión en Berlín. Hasta 1959, las potencias mundiales representadas en el COI no consideraron que el país estuviera preparado para un reconocimiento así. Para entonces, Japón se recuperaba económicamente a marchas forzadas y su régimen, aún dirigido por el eterno Hirohito, había seguido la senda de la industrialización y el occidentalismo.

La decisión se tomó, irónicamente, en Munich, Alemania Occidental. Aquellos Juegos de Tokio 1964 no pasaron a la historia por sus grandes marcas o grandes registros, más allá de las exhibiciones de Abebe Bikila y Joe Frazier, pero suponían el cierre final de 33 años convulsos para Europa, el mundo y el olimpismo. Décadas de intrigas, muerte, decisiones incomprensibles y premios que acabaron en castigos. Desde entonces, los Juegos han sido por un lado un lugar de encuentro de potencias enfrentadas y por el otro, el escenario perfecto para revanchas, boicots, reivindicaciones y afirmaciones nacionales.

Los tiempos no han cambiado tanto, pero sí lo suficiente. O eso esperamos todos.

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Guillermo Ortiz

Cofundador de UNFOLLOW. Escritor y filósofo, colaborador de revistas como JotDown, El Imparcial o Neo2. Blog: http://bretguille.blogspot.com

Comentarios (2)

  • Chaviol

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    Enhorabuena. Un esplendido artículo cuyo final lleva directamente a la primera línea para volver a releerlo.
    Escalofriante algunas, muchas, de las imágenes de los años treinta en Alemania pre o nazi.
    En algunos momentos he sentido miedo al pensar que hoy se dan algunas de las circunstancias que llevaron a aquellos fanáticos a arrastrar a un pueblo como el alemán al desastre propio y ajeno.
    Esperemos que no volvamos a repetirlo. Pero recordad lo del animal y la piedra.

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