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Pero esto qué es (I)

Escrito por Xavi Puig el . Posteado en Columnas

Estimados señores,

Escribo para dejar constancia del calvario al que su compañía me sometió la semana pasada cuando, incauto de mí, compré un billete de avión “de esos baratitos” que debía llevarme a la ciudad de San Sebastián. Ha sido probablemente la compra más cara de mi vida, y no solo económicamente hablando.

Resulta que mi viaje a San Sebastián estaba motivado por un juicio al que se me citó como implicado -me estafaron con unas pulseras para los tobillos de la FALSA marca HELLO KITTY y tuve que tomarme la justicia por mi mano, vista la arrogancia de la Federación de Usuarios y Consumidores, de la Asociación de Amas de Casa y Consumidores y de la propia OCU, aunque este es otro tema-. El caso es que, por la manifiesta inoperancia de su aerolínea, no pude acudir al juzgado de instrucción número 4 de Donostia y en estos momentos estoy legalmente en situación de rebeldía con los tribunales de nuestro país.

En realidad, queridos señores, yo NUNCA quise viajar con su compañía aérea porque el tema del “low cost” me parecía un engañabobos para miserables que pretenden ahorrar unos céntimos dejándose humillar, como luego se ha visto. Mi idea era ir al País Vasco de la mano de Egyptair, aerolínea que de momento cuenta con mi más absoluta confianza, pero por desgracia esta empresa, inexplicablemente, no ofrece la ruta Madrid-San Sebastián. ¡País de provincianos! Todas mis gestiones fueron inútiles, aunque al menos pude conocer personalmente al jefe de departamento de “Internacional” de Egyptair, un tal Yashim Roheb. Ni siquiera él pudo ayudarme, así que finalmente me tocó bailar con la más fea: Air Europa.

Resumiré brevemente la pesadilla que viví nada más poner los pies en el aeropuerto de Barajas (Terminal 1, anclada en los años setenta), previo pago de tres euros en concepto de suplemento para acceder en metro a las instalaciones. Les juro que daría para un libro, pero por desgracia la batería de este ordenador con el que les escribo no ofrece esas cinco horas de autonomía que felizmente prometía Toshiba. Así que, en fin, iré al grano:

- Entro en las instalaciones del Aeropuerto Madrid-Barajas, pagado entre todos, faro de España al mundo. La temperatura es incompatible con la vida. No miento si les digo que la sensación térmica rondaba los 16 grados centígrados. Me dirijo al mostrador de información, donde, tras esperar casi cuatro minutos, me dicen que formalice mis quejas al departamento de “Mantenimiento”, que está en la Terminal 3 (a más de 15 minutos de donde me encuentro). Armado de paciencia, me persono en dicho departamento, donde una persona ecuatoriana a la que apenas entiendo me habla de Amasio, o Audacio, encargado del tema de la climatización. Tras intentar dar con él durante casi 20 minutos, no me queda otra alternativa que dejarle una nota al ecuatoriano dirigida al tal Audacio en la que le pido, con exquisita cortesía, que suba la temperatura del aeropuerto al menos hasta los 21 grados, como marcan los estándares. Ya pueden ustedes imaginar adónde fue a parar la nota. El aeropuerto permaneció semicongelado todo el tiempo.

- Me acerco al control aeroportuario, esa humillante senda hacia el matadero. Me obligan a quitarme el cinturón, pese a que mi cinturón no tiene hebilla metálica y por lo tanto (física pura) no hace pitar el detector de metales. No discuto y me lo quito para ahorrar más problemas. Y no lo consigo porque, al cruzar el arco del detector, el aparato se pone a berrear como si fuera a acabarse el mundo. Hete aquí la excusa perfecta para que un agente de la Guardia Civil me frote con un palo por todo el cuerpo (una situación asquerosa y más para un hombre). Lógicamente, el agente se topa con el localizador que tengo que llevar atado a la pierna por culpa de una orden de alejamiento solicitada en un arrebato por mi exmujer, tendente a la histeria y actualmente en tratamiento psiquiátrico (y con esto lo digo todo). Media hora más tarde, se avienen a dejarme pasar con el dichoso localizador, pero con todo el proceso ya he perdido 18 minutos de mi tiempo.

- Localizo la puerta de embarque, voy al baño y encuentro un zurullo flotante de doce centímetros. Nada más que añadir.

- Embarcamos con seis minutos de retraso sin una explicación clara por parte de la señorita Matilde Llanos, empleada suya, que habla de un “retraso normal”. Le explico que en los espectáculos londinenses uno no puede acceder al teatro si ha llegado un solo minuto tarde, puesto que un retraso nunca es normal porque siempre tiene consecuencias. La chica me sonríe pero su sonrisa es hueca, falta de contenido y, por todo ello, insultante.

- Y ahora llegamos al quid de la cuestión, al núcleo del despropósito, al verdadero motivo de esta misiva. Cuando supuestamente el avión está “listo para el embarque”, nos piden el DNI y nos guían hacia un pasillo que en teoría conecta con la aeronave en la que vamos a viajar. Pero, oh sorpresa, al final del pasillo lo que hay es el exterior mismo del aeropuerto. Y frente a mí veo aparcado, y esperándonos a nosotros, los pasajeros del AVIÓN, un vehículo de carrocería rectangular, grandes lunas también rectangulares y cuatro ruedas que, en su conjunto, constituyen lo que en nuestro idioma hemos convenido en llamar autocar. Un AUTOCAR y no un AVIÓN, por mucho que luzca el logotipo de su aerolínea y sea conducido por un señor con gorra azul marino.

Yo sé que la paciencia de la gente en este país puede llegar a ser inagotable. No por nuestra innata inteligencia sino más bien por el miedo y la pereza que a muchos les produce el legítimo acto de reclamar cuando algo no está bien. Yo tengo paciencia, pero también tengo dignidad. Y no acepto que una compañía aérea me venda un viaje en autocar como si fuera un viaje en avión, pensando que los españoles somos imbéciles y no nos damos cuenta de las cosas.

Antes de abandonar el aeropuerto y andar sobre mis pasos, hice fotos al autocar que ustedes venden como avión mientras un rudo y grasiento operario intentaba convencerme de que debía subir al vehículo “sí o sí”. En las imágenes se ve a la gente montando resignada en el vehículo, amontonándose en él sin siquiera sentarse, y encima acarreando el equipaje de mano (¿Y los que facturaron maletas? ¿Creen que tantos bultos caben en el maletero de ese trasto, que encima es más bajo de lo habitual?). He enseñado las instantáneas a otras personas, una de ellas trabajadora en la Administración Pública, y por supuesto todas ellas confirman que algo que no tiene alas no puede ser llamado avión ni puede levantar el vuelo. Señores míos, si su flota es de autocares, monten una empresa de viajes en autocar. Pero no nos tomen el pelo, que no hemos nacido ayer.

Espero recibir una respuesta por su parte, aunque sea una mera disculpa. De lo contrario, tomaré medidas para llevar este asunto a instancias superiores.

Atentamente,

Juanjo Rodríguez Armiñán

DNI. 56734892-

 

 

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Xavi Puig

Director de El Mundo Today

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