Pablo Gutiérrez – Jabbar

Escrito por Pablo Gutiérrez el . Posteado en Relatos

Cambiaré mi nombre.

Venderé mi casa.

Me afeitaré los brazos, las piernas, el pubis.

Cumpliré con las abluciones y los rezos, seré respetuoso con los ancianos, con los animales puros, con los árboles y las flores e incluso las zarzas que no logren ser incandescentes por más que ericen sus púas como yo erizo los dedos y los ojos buscando una señal, una confirmación de este sentimiento, de esta epifanía LSD.

Soy débil, mi cabeza aún circula con la geometría boba de la causa y la consecuencia cuando tendría que sentirme cegado por la revelación química, sin esperar ninguna respuesta, ninguna llamada en mitad de la noche de ningún ser espiritual.

Cómo agradecerle a mi amigo, mi buen amigo de la juventud destruida y los estigmas sociales, que pusiera sus dedos en mi boca casi como un juego, que introdujera la cápsula tan despacio como si fuéramos novios, la droga antigua es mejor que esa mierda de laboratorio moderno, dijo, el mundo debió acabar en los setenta con una gran explosión atómica, cobardes Nixon-Ford-Carter, felón Brézhnev, la música de Pink Floyd ya entonó la salmodia del Apocalipsis, el tiempo que la humanidad vivió después es una prolongación inmerecida.

Me previno: verás ángeles y pegasos con esto, enciérrate en tu cuarto, coge un cuaderno y un bolígrafo, no hables con nadie, apunta cada cosa, asegúrate de atrancar puertas y ventanas, escribe como un poeta surrealista. Vamos, amigo, seamos antiguos, conmovamos nuestros corazones con Alan Parsons y Cat Stevens.

Eso dijo. Yo estaba tan deprimido, yo me quejaba tanto de mi mala suerte y mi desempleo que apenas pisaba la calle, no levantaba el teléfono para pedir auxilio. Él acudió en mi rescate, entró con su llave, vio la casa sucia, la nevera estragada, olió mi ropa y mi orina, puso en mi boca el remedio como si me besara con sus labios yonquis.

Pero se equivocaba.

Pegasos y ángeles no.

En la paredes de mi cuarto yo vi a Kareem Abdul Jabbar.

Y Kareem me habló de Dios.

Y me dijo que Dios me amaba, y que no le importaba que yo fuera blanco, pequeño y débil.

Porque aunque Dios ama mucho más a los hombres negros que a los blancos, en su corazón cósmico también hay sitio para mi escoria.

 

Foto: NBA.com

Lew Alcindor medía más de siete pies y pesaba doscientas veinte libras. Era hermoso, fuerte, ágil como un chimpancé a pesar de su inmensidad de gorila. En la universidad batió todos los récords, derrotó a todos los rivales, folló con todas las chicas. Cuando su figura imponente salía del tubo del vestuario, el silencio ahogaba a los espectadores durante unos segundos, los hombres se sentían tan microbios, las mujeres padecían un dolor imaginario en la barrera del cuello del útero.

 No había cumplido veinte años y los periódicos ya hablaban de él como de un mutante, en la primitiva televisión de los setenta se repetía un clip donde Alcindor en lugar de taponar un balón lo atrapaba en el aire con una sola mano como un catcher de béisbol.

Le sobraban músculos y centímetros, los demás jugadores parecían figuritas de plomo a su alrededor, sólo Wilt Chamberlain, ya cerca de la retirada, provenía del mismo planeta. Los periodistas aguardaban el duelo como si dos imperios se enfrentaran, Alejandro y Darío.

 

Nos conocimos en la edad incendiaria, yo prosperé y él se hundió. Obediente con cuanto se esperaba de mí, yo terminé mis estudios, busqué un trabajo, firmé una hipoteca, me uní a una sola mujer. Al revés de todo, él dejó los libros, se rajó de su casa y de su familia, vivió en cualquier parte durante años, fue feliz casi todas las noches y besó a muchas mujeres que lo adoraban a cambio de píldoras o nieve.

Era el Hombre Medicina, prudente para no caer en la vulgaridad de la detención y la cárcel, pero muy capaz de comprar un villa en la sierra, llenarla de altavoces y pantallas, comer todos los días entrecot mientras mi mujer y yo menguábamos la lista de la compra.

Después, cumpliendo la profecía de las madres que dicen ese acabará mal, fue perdiéndolo todo y acabó viviendo en cualquier parte, sucio, desastrado, verdaderamente yonqui, sin el lustre de fiesta chill que lucía entonces.

Unos meses antes del pentecostés LSD y de la aparición de Jabbar, el azar nos juntó en un parque durante una de las escasas incursiones que yo hacía al mundo real. Hablamos durante horas de los viejos y buenos tiempos, él percibió la fascinación con la que escuchaba sus historias, y a partir de ese día no dejamos de vernos ni uno solo. Cuidaba de mí, me traía comida y lecturas, me visitaba como a una señora enferma a la que nadie quiere tener en casa y a cambio sólo me pedía algunos objetos y algo del dinero que quedaba en mi cuenta corriente, el trato era desigual, su generosidad inmensa.

 

 Como afirman los antropólogos, la doctrina de Nación del Islam dice que el primer ser humano vivió en África y era de raza negra. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; ergo, Dios es negro. Por eso la raza negra es superior en fuerza, virilidad, astucia y capacidad de supervivencia al resto, eso dice la doctrina de la Nación del Islam. También lo dicen la industria del porno y cualquier chica que haya tenido sexo interracial.          

 La raza blanca fue creada por un malvado alquimista llamado Jacob, padre de las doce tribus. Antes de Jacob, el mundo vivía en paz y en armonía porque todos los hombres descendían de Dios y todas las mujeres estaban muy contentas. Jacob creó al hombre blanco, al pardo, al oriental y al judío, y la desgracia cayó sobre la Tierra. Surgieron las ciudades, las leyes, los matrimonios y los impuestos, y las chicas no dejaban de llorar desconsoladas sintiendo un gran vacío en su interior.

La doctrina de la Nación del Islam dice que Alá murió, exhausto, después de la creación del universo. Viendo que las estrellas habían dejado de moverse y que las estaciones no se sucedían ni brotaba el trigo en los campos, los hombres recién creados se reunieron y formaron un consejo de veinticuatro sabios, entre los cuales saldría elegido el nuevo Alá, que tendría como cometido hacer que todo funcionara en la Tierra.

La dinastía de Alá se perpetuó durante siglos. Wallace Fard, el fundador de la Nación del Islam, pertenecía a ella. Cuando hubo cumplido con su cometido, Wallace Fard, igual que el profeta Elías, ascendió a los cielos a bordo de carro de fuego llamado UFO.

El FBI, en cambio, dice que en 1934 Fard huyó de los Estados Unidos acusado de alzamiento de bienes y tentativa de homicidio, probablemente rumbo a Nueva Zelanda.

 

Ashraf, Azim, Imad, Jalid, Kamal, Nadim, Naseh… Cambiaré de nombre y de casa, me humillaré ante mis hermanos negros pidiendo disculpas por mi palidez de lechón, rezaré todas las noches para que el Profeta tizne mi piel y al despertar, frente al espejo, la negrura de Adán me cubra. Oh, amigo, revelador de verdades ocultas: tu vida miserable de narco es una dura misión, una prueba del Todopoderoso. Tú eres su siervo, tú cumples su designio, eres la herramienta y el transporte de su palabra. Si no temiera un contagio o una redada, acudiría a tu infracasa para agradecerte tanto como te debo. Como en un mito del Olimpo, introdujiste en mi boca la revelación y la sabiduría. Wallace Fard ha muerto, Elijah ha muerto, adorado sea Kareem Abdul Jabbar, el nuevo Alá reencarnado.

 

En 1969 Lew Alcindor abandonó la universidad y se incorporó a la plantilla de los Milwaukee Bucks. Wilt Chamberlain jugaba con los Lakers sus últimos partidos, se resentía de las rodillas, la marca de los cien puntos contra los Knicks quedaba lejos. No existen imágenes del primer enfrentamiento, pero sí una grabación de radio donde el locutor, tan generoso, trata de quitarle importancia a la humillación sufrida por Alcindor. Con voz medida para no deshinchar a la nueva estrella, el locutor relata cómo en una misma jugada Chamberlain llegó a taponar tres lanzamientos seguidos de Alcindor, que miraba a un lado y a otro sin comprender lo que sucedía.

Lew regresó a su apartamento de Milwaukee herido como un perro. Le dolían las manos, le escocían los ojos, se arrojó aterrado a la cama, sintió que sería incapaz de salir de la habitación y exponerse a leer en un periódico la crónica de su derrota vergonzante. Siete pies de altura y más de doscientas libras de peso se desmoronaron sobre un colchón trabado con travesaños de acero.

Según los registros, el resto de la temporada fue benigno para Alcindor: resultó elegido mejor debutante del año y promedió cifras estimables. Con condescendencia, la prensa evitó hablar de aquella derrota, incluso cuando en abril, dos días antes del segundo partido contra los Lakers, Alcindor aseguró que sufría gastroenteritis.

 

Perdí el trabajo hace cinco años, en un prematuro expediente de regulación que después se volvería repetitivo en las noticias. Hoy el caso es frecuente, soy un número más de la cuarta parte de la población nacional; pero hace cinco años no: entonces aún existía la prosperidad, la ganancia sin límite, la paz social. Si me sucediera ahora no sentiría, como entonces, que una montaña se desplomaba sobre mí; si ahora empezara todo, podría compartir mi desolación con la mayoría. Pero hace cinco años nada de esto era real, yo fui de los primeros que percibió tan nítido que el mundo se había terminado.

Me despedí de mis amigos, que seguían hablando de financiación y apartamentos de verano; me despedí de mi familia, que me humillaba dándome ánimos y números de teléfono. No hizo falta que me despidiera de mi mujer, porque ella ya lo hizo por mí, no es fácil vivir con alguien cierra las ventanas y enciende las luces al mediodía. Sólo mi amigo narco logró comprenderlo.

             

Los Bucks no se clasificaron para las fases finales del 69, de modo que las vacaciones de verano se prolongaron durante tres meses. Cuando sus colegas de vestuario le preguntaban “eh, Lew, ¿qué vas a hacer este verano?”, él contestaba “surfear en Santa Mónica” y todos se partían de risa imaginando a un tipo de dos dieciocho sobre una tabla de surf.

Lo cierto es que Lew procuró que nadie supiera, tampoco sus padres ni las chicas que frecuentaba, que el único plan que tenía era encerrarse en su cuarto y tragarse su propia humillación de soldado vencido. Lew y yo, tan parecidos.

A Lew Alcindor le gustaba el jazz. Con el primer cheque de los Bucks compró una consola inmensa con tocadiscos, altavoces y ecualizador. Frecuentaba una tienda de música negra de donde siempre salía con media docena de vinilos. El dueño era prudente y discreto, nunca hablaba de baloncesto ni bromeaba con el hecho de que Lew casi tuviera que arrodillarse para cruzar el dintel. Pero aquel día, cuando Lew fue a pagar su compra, se atrevió a decirle ¿lo has leído?, y le señaló un ejemplar de la autobiografía de Malcolm X que descansaba sobre el expositor. Lew se llevó el libro a casa y lo leyó esa misma tarde, de una sola vez, doscientas setenta páginas. Cuando levantó la vista ya había anochecido, le dolían los ojos, se sentía agotado y confuso.

 

Mi amigo narco dijo: nada de lo que veas proviene de ningún sitio distinto de ti, la potencia del LSD no consiste en inyectarte algo ajeno, sino en poner la lupa sobre algo propio que no supiste ver. Muy cierto: yo no supe ver que Dios me amaba, y no supe ver que la carne es carne y la gloria es el espíritu, y no supe ver que esta carne blanca y blanda es material de desecho, prueba fallida, y en cambio la carne negra y robusta que horada cuerpos en blackzilla.com es una muestra del poder de Alá. Cuando todo estaba perdido, Jabbar vino a mí para darme la esperanza de una nueva vida poderosa y negra, no sintió desprecio por mi blandura como haría con Bill Laimbeer y me prometió que pronto yo también sería negro; sólo tenía que encontrar el modo.

Lew leyó la autobiografía de Malcolm X de la manera que mejor se ajustaba a su necesidad de resurrección, obviando las disputas entre Malcolm y Elijah y convenciéndose de que la Nación del Islam era el único credo posible. Creyó en la palabra de Wallace Fard, creyó en las encarnaciones de Alá, creyó en la doctrina de la raza superior, en la infamia del pérfido Jacob y en el advenimiento de los ovnis rescatadores, y cambió su nombre por el de Kareem Abdul Jabbar, que significa “poderoso y noble sirviente”. Poder para los negros, creación de una nación negra, convencimiento de que el paraíso es un Estado negro y que los blancos tendrán que suplicar y arrastrarse el día del juicio final.

Lew Alcindor comenzó la segunda temporada renacido en Kareem Abdul Jabbar y alcanzó la gloria y la perfección: obtuvo el premio al mejor jugador, promedió 31 puntos por partido, llevó a su equipo a las eliminatorias y barrió a Baltimore con un parcial de 4-0. En sus dos enfrentamientos con Wilt Chamberlain superó los 35 puntos, pero fue respetuoso y humilde con la vieja estrella, todos percibieron que aflojaba los codos en la defensa para no castigar a su adversario.

Llegaba al estadio con la cabeza cubierta, la barba crecida y un corán forrado de piel entre sus manos inmensas. Se sentaba en el vestuario, saludaba con cortesía, preguntaba a sus compañeros por la enfermedad de alguno de sus hijos o por el embarazo de sus mujeres, se calzaba las descomunales zapatillas y peleaba como un león persa. Alá luchaba de su lado, por muy duras que fueras las pruebas a las que el destino lo sometiera siempre salía vencedor. Ejemplo: en 1985, durante las series contra los Celtics, Robert Parish estuvo a punto de tumbarlo durante el primer partido; Jabbar se repuso, estudió a su rival, lideró a su equipo y consiguió la victoria decisiva en la cancha maldita de Boston.

 

Se retiró con 42 años, una edad insólita para un jugador profesional, habiendo conseguido todos los anillos, premios y distinciones posibles. Protagonizó algunas excentricidades y participó en ciertas películas de menguado presupuesto, pero apenas concedió entrevistas, y en ellas siempre prefería hablar de Alá, de yoga y de kung-fu antes que de baloncesto. En cuanto al kung-fu, Bruce Lee, que admiraba su juego de pies, fue su mentor directo. El pobre Abdul sintió tanto, tanto su muerte que guardó luto blanco durante muchas semanas cuando leyó la nota de prensa que decía” el actor Bruce Lee fallece en un hotel de Hong Kong en extrañas circunstancias”.

He vuelto a pisar la calle, ya sin miedo ni necesidad de ventanas entornadas. Camino con aire de gángster, desafío a quien cruza la mirada conmigo, araño con los nudillos la piedra de los muros, llevo una camiseta de Rasheed Wallace, número 30 de Detroit Pistons, y sé que sería capaz de romperle la espina dorsal a cualquiera que se enfrentara conmigo, porque no le temo a nada.

Tres veces al día rezo mis oraciones e imploro la protección del Gran Jabbar para que guíe mis pasos hacia la conversión definitiva, la metamorfosis. En los cruces de las avenidas saludo y hablo con los hermanos senegaleses, brillantes y azules. Ellos venden pañuelos de papel, rosarios cristianos, ambientadores de pino; yo les hablo de la Raza y del Orgullo. Les estorbo, alguna vez me sacuden, no los culpo, mi ánimo no enflaquece.

Guardaré todos mis ahorros en un bolsillo falso, le pediré a mi amigo narco un puñado de poemas LSD, subiré a un autobús que me lleve hasta Algeciras, tomaré el ferry, cruzaré a Tánger, viviré en la calle como un mendigo y frecuentaré los lugares donde se reúnen las mujeres negras que quieren llegar a Europa. Les ofreceré dinero, yaceré con ellas, con muchas de ellas, me dejaré contagiar y repartiré mi esperma para que lleven en su vientre al Nuevo Yo ya mezclado, digno al fin de la negrura adánica de Jabbar. Mi cuerpo morirá enfermo en Tánger, quizás antes de que la enfermedad me fulmine, pero seré feliz sabiendo que hacia algún lugar transita mi carga genética refundida.

 

En 2009 Kareem Abdul Jabbar anunció a través de un comunicado que sufría leucemia. Su esperanza de vida era escasa. Según la doctrina de la Nación del Islam, las distintas reencarnaciones de Alá tienen una existencia breve e intensa, como Wallace, como Elijah, y se despiden de la Tierra con un destello de estrella fugaz después de designar a su sucesor.

Jabbar aprendió del kung-fu que el universo está formado por hemisferios contrarios, blanco y negro. Jabbar sabe que esa oposición causa sufrimiento y angustia, tanta angustia entre los hombres. Jabbar quiere unir los dos afluentes en un mismo fluido, y antes de subir a su carro de fuego me eligió a mí para engendrar al divino sucesor.

La mujer miserable que ahora duerme a mi lado, sucia, herida, golpeada y violada tantas veces a lo largo del trayecto desesperación que la trajo hasta aquí, será la nueva Virgen María que dará a luz un dios mestizo. Su cuerpo es un despojo, sus ropas huelen a cabra, su sexo humea. Busco en mis bolsillos el último de los poemas LSD de mi amigo narco, lo despliego y lo introduzco dentro de su boca para que en sueños un ángel le diga “Alégrate, llena eres de gracia, el Señor es contigo”.

Desde la UCI donde recibe los últimos tratamientos, Jabbar desplegará sus manos inmensas para protegerla de las patrullas marroquíes y de los guardias fronterizos. Ella dirá “Hágase en mí según tu palabra”, y yo podré vagar el resto de mis días por las calles de Tánger, orinando en la tapia del mercado, suplicando por los restos de un menú a los turistas, al fin puro y bienaventurado, extranjero, renacido, negro.

El mundo y el desempleo habrán quedado atrás, mi mujer, mi familia, la bancarrota, las cosas comunes sin importancia de las que habla cualquier libro, cualquier novela.

 

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Pablo Gutiérrez

Pablo Gutiérrez es autor de las novelas Rosas, restos de alas (2008), Nada es crucial (2010) y Democracia (2012), además del libro de relatos Ensimismada correspondencia (2011). Nació en Huelva en 1978.

Comentarios (2)

  • guevofrito

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    si habria un “me gusta” tipo facebook le daria. me gusta todo de este articulo.
    desde cambiare hasta novela.
    se nota la mano de guille en este magazine. es un jotdown aguillermortizado.
    la mano de ana boyero no la veo porque no la tengo muy calada pero seguro que esta presente en alguna parte. si un apellido marca para siempre seguro que sabe mas de cine que ortiz jeje

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  • Demo(cracia) « Después del hipopótamo

    |

    [...] demo es una “versión demostrativa (…) utilizada con fines de promoción”. Y así es como Pablo Gutiérrez ve nuestro sistema, ese que tras chocar con el iceberg de la crisis tiene múltiples vías de agua. [...]

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