Destino

Escrito por Lara Moreno el . Posteado en Relatos

Ella me dijo: todos tenemos un destino. En ese momento no supe a qué se refería, yo era un inconsciente, un medroso, barro mojado, es decir, la vanidad aún no se había perpetrado en mí con fundamento. Yo solo intentaba sacarme unos cuartos, y ella me habló del destino como quien habla de una cosa amorfa y desnutrida que todos tuviéramos por defecto, las glándulas salivares o las amígdalas. Podría decir ahora: la abofeteé y me fui de allí, al girar el pomo de la puerta vi de reojo un hilo de sangre en su boca. También podría haber pasado lo siguiente: todos tenemos un destino, dijo ella, y yo me lancé a sus labios porque por fin éramos ella y yo lo único en el mundo.

Ella me dijo: todos tenemos un destino, y yo odié esa frase, pero no fui capaz de hacer nada.

Me dijo: no me mientas, y yo no abrí más la boca.

Y también: cuando te miro por detrás me recuerdas a mi padre.

Yo no la maté. No tuve valor. Sé que alguien lo hizo a mis espaldas, esas espaldas tan parecidas a las de su padre, minero, agricultor, algo así. Tenía chepa, era muy delgado, su esqueleto era una simple excusa, lo vi en fotos. Mientras volvía a casa caminando por la ancha avenida, quise haber sido padre suyo, al menos, con estas manos rugosas por la tierra y las herramientas, podría haberla tenido de verdad en mis brazos alguna vez.

Pero una tarde la tuve. La tarde en que ella dijo: extermina a esas hormigas, hazlo por mí. Las hormigas seguían su recorrido por el suelo, entrando sigilosas desde las profundidades. Allí en aquel refugio suntuoso encontraban alimento fácilmente, la casa estaba llena de porquería, alrededor de sus piernas hordas de bichos podrían haber engordado y estallado de placer. Sus palabras eran siempre tiránicas: exterminio, destino, padre, puede intuirse el cariz de su temperamento. Y sin embargo la contradicción. Porque era eso lo único que tenía: temperamento en las palabras y un carácter imposible de utilizar. Fea, sabrosa en sus desniveles, de un olor fuerte. Con una voz pequeña como el canto de un filo, una mujer atrapada como pocas. En el cuarto de los trastos encontré un spray con calaveras y obediente seguí la línea de patitas y antenas: en diez minutos la agonía palpitaba, pero ella ya estaba de nuevo con los ojos cerrados y no me dio las gracias. Durante las horas siguientes fue para mí, no me odiaba, ni siquiera manifestó su repulsión hacia mis manos, y sé que la sentía. Guardé en mi retina la experiencia de esa tarde, el volumen de su cuerpo y los mugidos. No se enteró de nada, estaba en estado crítico, habían pasado demasiadas horas desde que me llamó desesperada hasta que llegué. De todas formas, miento. Nunca la he tenido.

La siguiente vez que la vi estaba más consumida, pero también más parlanchina. Desde su misma podredumbre me silbó unas palabras que le salieron de entre los dientes como agua fría. Entró en calor al poco de mi llegada, como una obsesa me retiró de las manos su negra medicina. Quiso que me quedara un rato, pero no me dejó tocarla. Ya nunca más la tocaría; aunque no le quedaran fuerzas para nada, sus ojos ordenaron distancia y me mantuve sentado en el sillón desvencijado, observándola: su olor al relajarse me acercó al infinito de los enfermos que han sabido vivir mientras tanto.

Yo no la maté. Para qué hubiera querido matarla. Esa es la pregunta que ahora me hago, porque en realidad no lo tengo muy claro. Uno pierde el respeto por esos huesos casi rotos y por esa piel y los pómulos como ceniza y los ojos igual que ventanas de una casa sin nadie, en abandono. Yo no he visitado a muchos como ella. Ahora vengo a contar mis pecados porque sé que tengo que hacer un esfuerzo, asumir la culpa que no me toca, ya que alguien es responsable y yo formo parte de la cadena de distribución. Pero soy lo último. Mi teléfono solo sonaba para los peores casos, para los clientes que ya nadie quiere visitar. Allá a las afueras quedan algunos que por herencia o casualidad no han necesitado moverse a los poblados, y todavía son capaces de utilizar un teléfono aunque se queden sin resuello para nada más. Esos eran los míos y eran pocos: el peor espectáculo, están casi muertos, viven lejos, solos y apestan. Pero ella, además de todo eso, sabía pronunciar palabras rotundas, y me gustaba escucharlas.

Cómo puede ser que un tipo como yo, simple obediente, un tonto cualquiera que por sacarse unos cuartos acepta ayudar a unos tipos como ellos, sobrantes de todo, aniquiladores del escrúpulo, vaya a ser capaz de hacer una cosa así. No lo soy. Me digo a mí mismo: no lo eres. No tienes huevos. Andar en la porquería es una cosa, cobrar por la porquería es otra, pero introducir los dedos hasta lo más profundo de esa mierda, solo por una diversión o una obscenidad es demasiado para mí. Nunca me gustaron los juguetes rotos. La tarde aquella en que chupé su cuello flaco aún tenía color en las mejillas. Algo de tibieza encontré ahí abajo. Seca tibieza, pero algo. Ni siquiera recuerdo si fue así.

Hubo una última vez. Cuando descolgué el teléfono era un hipido, un silencio, y a lo mejor escuché al otro lado a los animales devorando su cuerpo. Pero esto me lo inventé, obsesionado con las hormigas y con bichos más grandes que rondaban por su casa. No pronunció palabras, pero supe dónde tenía que ir, y enseguida. Cuando llegué era de noche, las luces estaban apagadas y ella esperaba tumbada en el suelo, no se retorcía. Alargó la mano y con una energía repentina preparó todo en cuestión de segundos, sin mirarme. Y luego estuvo tan dulce. Alejada de mí un sopor la inundaba, pude sentirlo en mi propia piel, como también la envidia me vino al estómago, mirándola relajar sus músculos invisibles. El infierno era mío, ella nunca lo pisaría con sus pies amoratados y con su cara inservible. Me habló de otra manera y entendí que tenía memoria y que ni siquiera era tan fea. Supe que sudaba en una guerra pendiente, y por supuesto no era conmigo. Yo era un simple peón mal organizado que se había tomado la revancha por su cuenta. Dijo: voy a morirme, y yo estallé en una carcajada, reconozco que me puse nervioso. Le dije: te vas a morir, pero no ahora, no delante de mí. Ella siguió mirándome, porque sus ojos eran ventanas de una casa abandonada donde el único intruso era yo. Dijo: sí voy a morirme ahora, y no tiene que importarte que lo haga delante de ti, porque para eso has venido en cuanto te he llamado, al fin y al cabo todos tenemos un destino. Mis tripas se revolvieron, lo juro, me queda algo de decencia, y aun así por un momento se me ocurrió que antes de que se muriera quizá podría tocarla otra vez, aunque ya era delgada y dura como una piel de sapo. Dije: yo no quiero que te mueras. Y ella, con la dulzura con la que nadie me habló nunca, dijo: no me mientas. La noche estaba tan oscura que vi sus dientes o puede que una sonrisa, y me di la vuelta. Dejé todo lo que llevaba en el suelo de ese salón sucio, antes de salir, mientras ella me hablaba de su padre o no me hablaba, porque una frase lanzada al aire o un recuerdo no es hablar. Seguro que todavía tuvo fuerzas para arrastrase hasta el montoncito de plástico que yo había depositado sobre las baldosas frías. Volviendo a casa, con mi espalda como la espalda arqueada de su padre, imaginé mil cosas pero nunca esto.

Alguien la amó. Alguien tuvo que tomarse el trabajo de quererla para hacer todo eso. Hoy me ha llegado un recorte de periódico en un sobre blanco, sin remite, y el titular de la noticia dice: «La encontraron enterrada frente a su propia casa y alguien había cortado con una sierra las manos del cadáver». Hacen literatura en los periódicos. No se enteran de nada, y lo de las manos no puede ser verdad. Dos fotos adornan el texto: en una aparece una mujer que no conozco, con carne en la cara y frente brillante y labios y ojos, y me doy cuenta de que un día se pareció a Drew Barrymore; no sonríe, ni siquiera puedo reconocer sus dientes. Yo nunca vi ese rostro de animal goloso, lo que yo veía era otra cosa. La otra foto me es tan familiar que siento el terreno bajo mis pasos: al fondo la casa destartalada, delante el jardín crecido con sus figuras de yeso escondidas en la mala hierba; en primer plano, la tierra removida hasta la locura, el agujero vacío de una fosa. Dirán que he sido yo, y es imposible. Alguien tuvo que quererla de verdad, hasta el fin del mundo, porque yo nunca me hubiera atrevido a desenterrarla, a oler el suelo como un jabalí hasta encontrar sus gusanos, cómo iba a hacerlo, si todavía guardo para mí el recuerdo de sus dedos crispados, sus manos cerrándose en el último intento, cuando ya no eran necesarias más palabras.

 

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Lara Moreno

Lara Moreno (Sevilla, 1978) tiene publicados los libros de relatos Casi todas las tijeras (Quórum, 2004) y Cuatro veces fuego (Tropo, 2008), y el poemario La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008). Ha participado en antologías y revistas culturales. Con Igriega Movimiento Cultural, ha sido editora del libro de microrrelatos Los vicios solitarios (2003) y la antología Aquí y ahora. Voces de poesía (2008).

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