Dado

La verdadera crisis: problemas de expectativas

Escrito por Vega Perez Chirinos el . Posteado en Otros artículos

M. no es feliz en su trabajo, pero en el fondo da igual cuánto busque: el trabajo ya no existe. Así que, a cambio, M. habla constantemente de su boda. Recoge las listas de invitados que iba guardando en cuadernos, analiza los cambios de 2005 a 2006, se ríe de las casualidades, elige vestidos en escaparates, discute con su madre sobre la iglesia correcta y quién pagará el convite. Y pensando en la boda, se atreve a cosas de las que no se siente capaz, como a intentar dejar de fumar para estar preparada para ser madre.

A C. la acaban de despedir de su primer trabajo. Lo cuenta feliz. En primer lugar, porque ella siempre parece feliz, pase lo que pase; es todo un ejemplo para esos gurús que aseguran ahora que el optimismo puede sacarnos de cualquier hoyo. En segundo lugar, porque así puede asegurarse de terminar sus estudios. Otra vez. C. es una de esas personas que no paran de formarse, de buscar una nueva vocación, de inventarse un nuevo futuro para sí misma.

A. quiere montar una granja en la playa. Normalmente, no piensa su trabajo: está entretenida aprendiendo nuevas herramientas, y se siente satisfecha encontrando nuevas soluciones. De hecho, tampoco es que le quede mucho más tiempo para pensar. Pero unas cuantas veces al año, generalmente coincidiendo con las vacaciones, necesita desesperadamente un cambio.

C. y yo estudiamos juntas. Yo quería ser guionista, y ella dedicarse a la radio. Si alguien se hubiera atrevido a enseñarnos este futuro, habríamos respondido con esa rabia y ese entusiasmo de las universitarias, alegando todo lo que podíamos aportar como creadoras, que no íbamos a contentarnos con esto.

A. y yo solo íbamos a estar unos meses en el trabajo en el que nos conocimos, en el que ella sigue. Íbamos a ahorrar para emigrar a Nueva Zelanda. Soñábamos con una vida diferente y muy, muy lejos. Llegamos a encontrarla, en cierta forma, cuando nos mudamos juntas al centro de Madrid.

Foto: Pure9/ Creative Commons

M. y yo jugábamos a las oficinistas de pequeñas. Si nos paramos a pensarlo, llevamos la vida que creíamos que íbamos a llevar. Si obviamos la parte en la que salíamos del trabajo e íbamos a la guardería a llevar la merienda a nuestras respectivas familias numerosas.

M., C., A. y yo somos inmensamente afortunadas. Porque quizá las cosas no nos vayan nunca como pensamos, pero tenemos una capacidad inagotable de creernos nuestros planes. Nunca hemos sido muy dadas a cambiar el mundo, pero no nos ha hecho falta: adaptamos nuestros sueños, y creemos que andamos hacia ellos. Afortunadas, felices, y dóciles, porque tenemos la convicción absoluta de que en algún momento, algo tiene que cambiar, y en ese punto de inflexión pondremos por fin los pies en la casilla de meta y estaremos allí donde íbamos.

Y fingimos no darnos cuenta de que, mientras andamos, nos cambian el tablero. Y respiramos. Y nos reímos. Y sobrevivimos.

Y cuando M. tiene una crisis de fe, cuando C. pierde la paciencia intentando hacer su currículum, cuando A. vuelve de vacaciones y cuando yo siento que estoy atrapada en los veinte para siempre, es solo cuestión de tiempo que ignoremos la realidad, y, en lugar de enfadarnos, cambiemos la fecha de la lista de invitados, empecemos otro curso, elijamos un destino diferente de emigración, o creamos que el próximo año conseguiremos una casa propia. Un nuevo plan que vuelva a parecer mínimamente realista.

Nos decimos, cuando estamos tristes, que es todo un problema de expectativas. Y funciona. Y aguantamos.

Y, a ratos, da un poco de miedo pensar si no es así como nos están tratando a todos. Prometiéndonos inserción laboral cuando estudiamos. Posibilidades de promoción cuando nos contratan en un empleo basura. Un compañero de viaje cuando nos enamoramos. Una familia cuando nos comprometemos. Una salida, una casilla de meta.

Y mientras tanto, nos van cambiando el tablero, y nos dejan la ilusión de estar decidiendo el resultado cuando solo tiramos unos dados trucados.

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