No diga Argentina: diga Golpe de Estado (1. Juan Domingo Perón)

Escrito por Guillermo Ortiz el . Posteado en Monográficos

En plena Semana Santa de 1987, llega una noticia alarmante desde Argentina al resto del mundo: la sublevación armada de los llamados “carapintadas”, preparados para un posible ataque a Buenos Aires desde la base de Campo de Mayo. Apenas han pasado cuatro años desde la llegada de la democracia, encabezada por Raúl Alfonsín, y de nuevo el ejército da una señal de poder, eligiendo al teniente coronel Aldo Rico como líder para la ocasión. Rico, un oficial joven, que apenas cuenta con más de 40 años cuando la insurrección salta a los medios de comunicación, clama contra los juicios que han condenado a los miembros de las Juntas Militares que asolaron Argentina de 1976 a 1983 y pide una amnistía total, así como el cese de cualquier investigación posterior.

La situación es dramática: Alfonsín se dirige a la nación y al ejército, pidiendo que sofoquen la asonada… pero en el ejército nadie se mueve. Ni a favor ni en contra de Rico. Su silencio es el propio del que otorga: la cúpula militar sabe que su momento ha pasado, que los apoyos exteriores son menores y que la exhibición pública de sus masacres los ha dejado en una posición terrible ante la propia ciudadanía. Eso no quiere decir que le vayan a hacer ningún favor a Alfonsín, el hombre que les prometió borrón y cuenta nueva para acabar poniendo a los Videla, Massera y compañía entre rejas. Al contrario. Quieren sangre de presidente.

Aldo Rico y sus carapintadas ponen en jaque al Gobierno Alfonsín

Aldo Rico se dirige a sus “carapintadas” 

La calma tensa dura días, casi una semana. Alfonsín piensa en encabezar una marcha ciudadana indignada hacia Campo de Mayo, pero sus asesores le obligan a replanteárselo: al final acude él solo, se reúne con los líderes “carapintadas” y obtiene la promesa de su rendición. A cambio, según él, ninguna contrapartida. Como un héroe, vuelve a Buenos Aires y sorprende a todos con un discurso en el que viene a loar la fidelidad de las Fuerzas Armadas, como si aquí no hubiera pasado nada, y desea a todo el mundo una feliz Pascua.

Nadie lo entiende.

Apenas dos meses después, el 4 de junio de 1987, el gobierno radical anuncia la Ley de Obediencia Debida, por la cual la gran mayoría de los involucrados en torturas, violaciones, asesinatos y represión masiva durante siete años quedan liberados de cualquier responsabilidad penal bajo un concepto propio de Adolf Eichmann: “Yo cumplía órdenes”. La decisión aplaca los ánimos de los oficiales pero no los de Rico, quien escapa de la cárcel, se reúne con algunos de sus compañeros y vuelve a protagonizar un intento de golpe de estado en enero de 1988, amotinando a sus hombres en Montecasero. Aquello resulta ser una “tejerada” más que otra cosa, igual que el postrero intento de Mohamed Ali Seinildín en Villa Martelli.

El gobierno de Alfonsín acaba con una asonada tras otra mientras el país aguanta la respiración, destruye documentación, planea exilios y busca refugios para una represión que podía ser aún más brutal que la de los años 70. Los más veteranos no dejan de estar acostumbrados: llevan viendo lo mismo desde 1930. De hecho, cuando Menem gana las elecciones de 1989 y sucede a Alfonsín se produce un hecho histórico: por primera vez en más de sesenta años, un presidente argentino elegido en las urnas sucede a otro también elegido en las urnas. ¿Y qué es lo primero que hace Menem? Indultar a todos los oficiales de las Juntas Militares. Aquel hombre tiene claro que no quiere problemas aunque eso cueste manchar la memoria de miles de víctimas. Conoce su historia.

El pronunciamiento contra Yrigoyen (1930)

El presidente Hipólito Yrigoyen

El presidente Hipólito Yrigoyen, referencia de principios de siglo. 

Argentina siempre ha sido un país difícil de controlar. Aparte del tradicional tópico que pinta al argentino como un hombre pasional, está el hecho geográfico que compone un país muy grande, con muchas zonas semidesiertas y con una estructura clientelar y caudillista protegida por el ejército ya desde la misma independencia a principios del siglo XIX.  La relación entre capital y provincias siempre fue difícil, con continuos Estados de Emergencia y una agitación que oscilaba entre el obrerismo típico de la postguerra de la I Guerra Mundial en todo el mundo y un cierto nacionalismo antiliberal y ultracatólico.

El boom económico que había disfrutado Argentina durante la Gran Guerra Europea, aprovechándose de su condición de país neutral, había hecho del presidente Yrigoyen, miembro de la Unión Cívica Radical, un hombre muy querido por la clase media, pero mal visto por sindicalistas, regionalistas y movimientos de extrema derecha. Mientras las cosas económicamente van bien, el país se sostiene, pero en 1928 llega la famosa crisis, con presiones brutales de las petroleras estadounidenses y estallidos sociales en la Patagonia y otras partes del país. Son un par de años de huelgas, amenazas y presiones constantes que culminan en 1930 con un Golpe de Estado encabezado por el General Uriburu.

Las soluciones de Uriburu son las propias de un militar populista: nacionalizaciones, medidas ultraconservadoras, reducción inmediata de sueldos públicos y exaltación de la patria y la iglesia. Una tendencia antiliberal, parecida a la que enfangó España en 1936, y que tuvo a Argentina diez años en una penumbra absoluta, la llamada “década ominosa”, en recuerdo de los peores años de Fernando VII en el trono español.

No es una década exclusiva de Uriburu, que enferma rápidamente y apenas dos años después de arrogarse la presidencia muere de cáncer y cede el poder al general Agustín Pedro Justo mediante unas elecciones manipuladas y fraudulentas, diseñadas para que el candidato oficialista, generalmente un militar o un afín a los militares, arrasara sin contestación. A Pedro Justo le tocan los peores años de la Depresión y tiene que dar un nuevo giro estatalista para el que considera que necesita el apoyo de distintos sectores de la sociedad civil. Junto a su vicepresidente, Julio A. Roca, hace lo posible por contentar a sus jefes del Ejército y a la vez  moderar la contestación social.

Llega a acuerdos puntuales con algunos sectores radicales, el Partido Socialista Independiente y la muy conservadora Democracia Nacional, que será la que de facto controle las medidas sociales del país. Son los años previos a la II Guerra Mundial y la tensión se respira en Europa y en el mundo entero. Desde el Ejército argentino se ve con cierta admiración a Mussolini, Hitler y las que luego serán potencias del eje: personifican lo que ellos vienen imponiendo en Argentina desde finales de la década anterior, es decir, orden, unidad mediante el himno y la bandera, represión de los subversivos y un Estado fuerte al margen de los mercados y sus mercaderes.

Ese soterrado apoyo pro-Eje le costaría a Roberto María Ortiz, sucesor del General Justo tras otras dudosas elecciones, más de un problema con los Estados Unidos, que mantuvieron su neutralidad hasta finales de 1941, pero mostraban una evidente simpatía por los aliados. Ortiz no tenía problemas con ello, pues él mismo apoyaba personalmente la causa de franceses e ingleses, pero los oficiales del ejército estaban deseando ponerse del que por entonces era el lado ganador mientras las tropas de Hitler avanzaban por la estepa rusa. Ortiz enfermó de diabetes y se convirtió en un muñeco de pim-pam-pum, algo muy argentino (y muy español), si se piensa: Estados Unidos presionaba para que Argentina se posicionara de su lado, los militares veneraban a Hitler y el pueblo pedía comida, que no sobraba, precisamente. Eran tiempos de partidos políticos y sindicatos, rehabilitados para la vida pública, pero con una importancia práctica muy escasa a la hora de tomar decisiones. Las elecciones seguían estando muy bien controladas y de hecho a Ortiz le sucedió en 1942 su vicepresidente, Ramón Castillo. Castillo intentó mantener la neutralidad pero el ejército aguantó solo un año más hasta deponerlo con un nuevo golpe de Estado.

El Golpe del 4 de junio de 1943 y la aparición del coronel Juan Domingo Perón

La tibieza de Castillo no podía durar mucho y en las mentes militares se seguía agitando el fantasma del “comunismo” como eterno enemigo. En aras del “orden social”, los militares, encabezados por Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Farrell, vuelven a tomar el gobierno que no habían abandonado en la práctica en ningún momento pese a las apariencias electorales. Como Ministro de Trabajo aparece un coronel carismático llamado Juan Domingo Perón. La depresión de los años 30 parecía no acabar nunca en Argentina, un país que en su día fue inmensamente rico y cuyos vaivenes políticos y sociales, más la corrupción controlada por las oligarquías, estaba depauperando paso a paso.

Perón, el fantasma que sigue recorriendo Argentina

Juan Domingo Perón, tras ser elegido presidente de Argentina. 

Perón se sacó de la manga la cuadratura del círculo. Negoció con sindicatos y obreros para proponerles una salida mejor que el comunismo marxista de influencia soviética… y a la vez utilizó un discurso nacionalista, conservador y benévolo con las clases medias y altas para no levantar sospechas y mantener el apoyo de sus compañeros de armas. No terminó de funcionar: aunque se ganó buena parte de la simpatía popular, los militares le vieron con una enorme desconfianza y decidieron sustituirle en 1945, justo coincidiendo con el final de la II Guerra Mundial. La reacción inesperada de una multitud exigiendo la derogación del cese en la Plaza de Mayo hizo que el Ejército se diera cuenta de que estaba en un callejón sin salida: su neutralidad durante la guerra le había dejado sin apoyos extranjeros y la terrible situación económica, junto a la evidente incapacidad de manejar la crisis, estaba dividiendo cada vez más al país.

Ante esa situación, se convocaron elecciones en mayo de 1946, el primer intento serio desde 1928 de establecer un régimen democrático, con partidos disputándose libremente el voto de los ciudadanos. Perón hizo una muy activa campaña, tirando de carisma y jugando como siempre su doble baza: amigo de liberales y conservadores… y camarada de aquellos sindicalistas que no militaban activamente en el Partido Laborista. Aunque la Unión Cívica Radical de Eduardo Laurenceana y Ricardo Balbín partía como favorita para los comicios, el Justicialismo de Perón acabó triunfando, colocando al coronel como Presidente de la República.

Los años de Perón darían para un reportaje en sí mismo y está fuera de las posibilidades de este artículo. Sus primeras decisiones tuvieron que ver con la nacionalización de la economía y los recursos naturales y la disputa constante con multinacionales británicas, un enredo que se mantendría a lo largo del resto del siglo. En 1947, puso en marcha el primer “Plan Quinquenal”, a lo Stalin, y la verdad es que funcionó bastante bien. Argentina se convirtió en la tierra de acogida de muchos refugiados europeos y el país avanzó rápidamente aunque fuera tapándose la nariz demasiadas veces y admitiendo a personajes muy dudosos como el citado Adolf Eichmann entre otros.

Como Secretaria de Trabajo, Perón colocó a su mujer Eva, una joven y atractiva rubia que encandilaba con sus discursos populistas y maternales. En general, todo el peronismo en su primera etapa se basó en un paternalismo casi caudillista tolerado por iglesia y ejército a cambio de que no hubiera injerencias en sus ámbitos de control. Perón quería formar algo parecido a una “tercera vía” dentro del equilibrio de fuerzas mundial: un obrerismo que recordara al socialismo soviético, junto a acuerdos económicos y principios morales que satisficieran a los más conservadores, manteniendo la enseñanza obligatoria religiosa en todas las escuelas del país.

La asonada de 1951 y los primeros problemas de Perón

En 1949, Perón ya intenta algo parecido a un Golpe de Estado, solo que en vez de hacerlo contra sí mismo lo hace para reforzarse en el poder. Lo hemos visto mil veces. Reforma unilateralmente la Constitución de 1853 –que, como hemos visto, tampoco es que fuera la más respetada del mundo- y establece la posibilidad de re-elección del presidente, que en ese momento, casualmente, es él.

Eva Perón se despide de sus compatriotas poco antes de morir

Eva Perón, ante sus compatriotas, poco antes de morir.

Efectivamente, las siguientes elecciones vuelven a ver al Coronel Perón como ganador aplastante de los comicios, pero algo ha cambiado: los militares y algunos religiosos empiezan a no ver con tan buenos ojos el poder creciente de Evita, convertida en una especie de santa venerada por unos y otros. La intención de Juan Domingo es colocarla de vicepresidenta, pero todo se viene abajo el 28 de septiembre de 1951, cuando una parte del Ejército amenaza con un Golpe de Estado que, si fracasa, es en buena parte por la inmensa respuesta popular. Perón recibe el mensaje y aleja a Evita de la vida pública. Su mala salud hará que la joven muera solo un año después, en 1952.

Sea por la muerte de su idolatrada mujer o por la tensión posterior al pronunciamiento militar, el caso es que el segundo mandato de Perón no tiene nada que ver con el primero: los obreros se movilizan contra el presidente, los sindicalistas no oficiales declaran diversas huelgas que son reprimidas muy violentamente por la policía… Si alguien abre la boca, sabe lo que le espera: sus disputas con Bernardo Houssay, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges se hacen públicas y notorias. Para rematar, receloso del apoyo que la oligarquía católica aporta a sus ahora rivales del Ejército, Perón decide aprobar la polémica Ley del Divorcio, provocando su excomunión por parte de Pío XII.

Clericales y anticlericales se enfrentan en la calle, sindicalistas y policías luchan en cada concentración, los intelectuales más “europeos” denuncian un régimen autoritario y en exceso personalista y el Ejército afila el cuchillo, esperando el momento adecuado.

El Golpe de Estado de Aramburu (1955)

El mundo se tranquiliza excepto  América Latina, que es un hervidero. En Cuba, Fulgencio Batista ha conseguido el poder en 1952, Trujillo gobierna desde la impunidad y el terror en la República Dominicana, Gustavo Rojas toma el poder en Colombia (1953), Stroessner dirige una asonada en Paraguay que le mantendrá 35 años en el poder (1954-1989), Duvalier esperará su turno hasta 1957 mientras Somoza controla Nicaragua… e incluso la siempre próspera y democrática Brasil se verá en  los 60 bajo el dominio de los militares. Para más adelante quedarán los Pinochet, Castro, Noriega,  Alvarado, Banzer, Méndez y compañía. El final de la II Guerra Mundial se suponía que había supuesto el triunfo de la democracia pero no fue así en Latinoamérica, donde los dictadores y los golpes de estado se sucedieron durante cincuenta años generalmente con la bendición o el apoyo explícito de Estados Unidos y su obsesión de que el comunismo se extendiera por todo el continente.

Como hemos visto, esa obsesión formaba parte de la cúpula militar argentina ya desde finales de los años 20 y el giro de Perón hacia un cierto anticlericalismo y un mayor apoyo en las clases medias-bajas, olvidándose de la protección del ejército, que, al fin y al cabo, había posibilitado su elección como presidente gracias al golpe del 43, solo podía tener un desenlace: el 16 de junio de 1955, La Marina se levanta en armas contra el presidente, bombardeando la Plaza de Mayo cuando numerosos seguidores de Perón estaban reunidos. Sin embargo, las demás divisiones del Ejército no se suman y el golpe queda en un aviso; no es hasta el 16 de septiembre que el general Pedro Aramburu y el almirante Isaac Rojas deponen a Perón en la pomposamente llamada “Revolución Libertadora”, que, obviamente, enmascara todo lo contrario.

Perón huye a Paraguay, con Stroessner, y empieza unos años de exilio y regreso, regreso y exilio, con compañías tan poco recomendables como la del propio general  Franco.

El hombre fuerte de la nueva Junta Militar, la enésima Junta Militar, es Aramburu, que inicia una brutal represión anti-peronista, cebándose en especial con los “montoneros”, un grupo armado anticlerical, pro-peronista, que se enfrenta a los nuevos dictadores y que ven en Perón un auténtico liberador del obrero sin importarles demasiado que el propio Perón esté protegido por el único fascismo que queda en Europa. Las batallas constantes entre grupos militares y paramilitares ya no cesará en los siguientes años. El Ejército quedará de un lado, con sus apoyos de las clases altas y los fanáticos religiosos y del otro quedará una amalgama de sindicalistas, obreristas, nostálgicos de un futuro que no llegará jamás y con el recurso de la  “lucha armada” y la “guerrilla” como forma de protesta.

El punto culminante de esta lucha interna entre peronistas y antiperonistas llega el 9 de junio de 1956, cuando Juan José Valle, un militar defenestrado por su apoyo a Perón decide alzarse en armas contra Aramburu. La reacción es brutal: no solo Valle es fusilado inmediatamente sino que hasta 27 civiles y militares serían asesinados durante los siguientes días, dándole al régimen de Aramburu el nombre de “La fusiladora”. En 1970, los montoneros no olvidarían la masacre y acabarían con la vida de Aramburu en un atentado.

Los revolucionarios por excelencia: Fidel Castro y el Che

Los revolucionarios por excelencia: Fidel Castro y el Che.

Con el peronismo prohibido por ley, los militares deciden arriesgarse de nuevo a unas elecciones democráticas en 1958. No sé si llevan la cuenta pero entre golpes militares con éxito, asonadas que acaban en nada y auto-golpes del Ejército llevamos ya seis alteraciones constitucionales en menos de treinta años. El vencedor de esas elecciones sin Perón es Arturo Frondizi, un hombre que debería ser del régimen… pero que se dedica a acabar con el régimen: se asocia con la izquierda latinoamericana, simpatiza con Castro y el Che y legaliza a los peronistas, que se presentan como máximos favoritos a las elecciones de 1962.

El resultado: un nuevo golpe de Estado, con el general Raúl Poggi como principal líder, quien rodea la Casa Rosada y exilia al presidente a una isla perdida, colocando en su lugar a José María Guido, un títere de los militares –pese a ser civil- que anula los resultados de las elecciones locales ganadas por los peronistas, convoca unas nuevas para el 7 de julio de 1963 y por supuesto vuelve a prohibir el Justicialismo cuando Perón ya preparaba el regreso triunfal.

La primera “Revolución Argentina”: Alsogaray y Onganía (1966-1973)

Las elecciones del 63 salen rana para los militares, de nuevo. La lucha constante entre la realidad y su empeño en negarla. El ganador, como no puede ser otro sin la competencia justicialista, es la Unión Cívica Radical de Arturo Umberto Illia. Son los tiempos de Kennedy, Lyndon Johnson y la intervención total de los Estados Unidos en una paranoica “lucha contra la extensión del comunismo desde Cuba al resto de América Latina”. Puede que los 60 fueran una muestra de libertad y hermandad en el mundo occidental, pero no lo fueron en Argentina, o no durante demasiado tiempo.

Illia consigue, hasta donde puede, desafiar el férreo control militar. Sus políticas son más sociales, el ultracatolicismo pierde poder, los sindicatos –una fuerza de enorme calado en Argentina- se reorganizan… y el peronismo vuelve a ser legalizado. El propio Juan Domingo Perón, a sus 71 años, anuncia su regreso pero el Ejército le para los pies. Pese a todo, los peronistas ganan las elecciones locales de 1966 y parece inevitable una victoria de su líder en las siguientes legislativas.

El general Onganía, que ya fuera una figura clave en el gobierno-farsa de José María Guido pocos años antes, ve toda esta algarabía con una desconfianza absoluta y como buen “salvapatrias” decide intervenir con un nuevo golpe de estado, violento, cruel, aliado con los militares de Uruguay, de Brasil, de tantos otros sitios donde la represión es un modo de vida. El 28 de junio de 1966, junto a Alsogaray, Onganía comienza lo que él mismo llama la “Revolución Argentina” y que consiste, de nuevo, en la clausura de la vida política, la confiscación de los bienes de los partidos y el cese de su actividad y una política totalmente conservadora y de capitalismo voraz.

“La Revolución Argentina” consiste en la estructuración del poder a partir de las denominadas “Juntas Militares” que alcanzarían su esplendor a finales de la siguiente década y que serían copiadas casi al milímetro por los primeros gobiernos de Pinochet en Chile, aunque, como veremos posteriormente, las relaciones entre Chile y Argentina durante los tiempos de sus dictaduras militares no fueron precisamente apacibles.

La represión de Onganía a montoneros y no montoneros, es decir, a cualquiera que se le pusiera en su camino, tuvo su momento más cruel el 29 de mayo de 1969, en lo que ha pasado a la historia como “El Cordobazo”. Los estudiantes argentinos están viendo lo que pasa fuera: saben qué ha ocurrido en París y en media Europa durante la primavera del 68, están fascinados por los movimientos revolucionarios en Bolivia, encabezados por el muy argentino Che Guevara hasta su muerte… e incluso los más católicos tienen como referencia al Papa Juan XXIII, un reformista.

La sucesión de protestas acaba poniendo de los nervios al Ejército, que arremete en Córdoba contra manifestantes y “subversivos” causando 30 muertos y 300 heridos.

Incluso para el ejército argentino, en esa época, la cifra es exagerada. Luego no pondrían tantos reparos, pero el Estado Mayor insta a Onganía a dimitir, cosa a la que él, por supuesto, se niega, porque al fin y al cabo, en su mente, está librando a su país de la insurrección comunista. Ante su negativa, se produce un “auto-golpe” militar. El Jefe de las Fuerzas Armadas, Alejandro Lanusse, toma el poder con el apoyo de sus compañeros oficiales y empieza las negociaciones con montoneros y sindicalistas, aceptando el simbólico regreso del cuerpo de Evita Perón al país, casi veinte años después de su muerte.

Sin embargo, Lanusse no consigue la “normalización” del país, porque no es normal que cada dos o tres años un militar decida tomar el poder y ese poder solo se pueda mantener a tiros. Aparte de los montoneros, se crean diversos grupos guerrilleros, especialmente en las provincias y en la siempre incontrolable Patagonia. La dictadura militar no negocia en estos casos y a toda esta situación de “pre-guerra civil” hay que añadirle un contexto económico terrible, con una inflación disparada y una pobreza desesperante. Lanusse, junto al resto del ejército, se rinde, aunque solo sea para tomar aliento y volver con más fuerza.

En 1973, meses antes de que Augusto Pinochet derrocara a Salvador Allende con un Golpe de Estado salvaje, bombardeo incluido de la Casa de la Moneda, se convocan nuevas elecciones. El resultado es el esperable.

Sigue leyendo sobre el golpismo en Argentina, las Juntas Militares de Videla, Massera, Galtieri, Viola y compañía… La represión convertida en genocidio, el Mundial 78 y la vuelta a la democracia con Raúl Alfonsín, pulsando en este enlace a la segunda parte del monográfico.

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Guillermo Ortiz

Cofundador de UNFOLLOW. Escritor y filósofo, colaborador de revistas como JotDown, El Imparcial o Neo2. Blog: http://bretguille.blogspot.com

Comentarios (3)

  • No diga Argentina, diga Golpe de Estado (2. El genocidio) | Unfollow Magazine

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    [...] Escrito por Guillermo Ortiz el 16/12/2012. Posteado en Monográficos La historia del golpismo en Argentina es inabarcable en un solo artículo. Esta es la segunda parte del monográfico que se inicia en 1928, con el gobierno Yrigoyen y llega hasta principios de los 70, los años del auge y la caída del peronismo. Puedes consultar esa primera parte pulsando en este enlace. [...]

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  • Chaviol

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    Es increible lo que sabe de historia. Aparte de enseñar explica y hace que cada artículo deje un buen sabor de boca con ganas de continuar leyendo.
    Con tanto golpe de estado me recuerda un poco nuestro siglo XIX y primera mitad del XX.
    Como siempre, enhorabuena

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  • Ignacio J. Dufour García

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    Muy buen artículo de unos hechos que en España no son muy conocidos, voy a por la segunda parte.

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