No diga Argentina, diga Golpe de Estado (2. El genocidio de las Juntas Militares)

Escrito por Guillermo Ortiz el . Posteado en Monográficos

Esta es la segunda parte del monográfico sobre el golpismo en Argentina, que se inicia en 1928, con el gobierno Yrigoyen, y llega hasta principios de los 70, los años del auge y la caída del peronismo. Puedes consultar esa primera parte pulsando en este enlace.

Regreso y muerte de Perón. Los años incontrolables (1973-76)

Las elecciones se celebran en mayo y las gana Héctor Cámpora, cuyo único cometido es allanar el camino a Juan  Domingo Perón. Cámpora muestra simpatía por Cuba y Allende, con la lógica indignación de Kissinger y el ala dura de los militares. Sin embargo, estos aún no se han recuperado de sus luchas internas y de la fatiga de una represión continua. Siguen esperando. Apenas dos meses después de las primeras elecciones, se celebran unas segundas, en las que Juan Domingo Perón arrasa y se convierte, 18 años después, en Presidente de la República Argentina.

Sin embargo, Perón no es el de antes y de la República Argentina queda muy poco. Un montón de grupúsculos que hacen la guerra por su cuenta. De entrada, el coronel está enfermo y tiene 77 años. Los “peronistas” son aún más peronistas que él y se encuentra perdido. A su derecha, las AAA inician una ofensiva terrorista que incluye el asesinato de políticos y representantes de la izquierda. A su izquierda, los movimientos obreros le descolocan con continuas huelgas en el peor momento económico de Argentina en su historia. La crisis económica, interna y mundial, le supera por completo y solo es capaz de dar palos de ciego, reprimir como sus antecesores y negociar acuerdos insatisfactorios.

Un año después de llegar a la Casa Rosada, en julio de 1974, Juan Domingo Perón muere y deja en el poder a su tercera esposa, Isabel Martínez de Perón. Es el último error de su vida, un error de consecuencias nefastas.

Entierro de Juan Domingo Perón

Multitudinario entierro de Juan Domingo Perón.

Isabelita demuestra de inmediato que es una nulidad política. Un desastre. Su gobierno en realidad es el de López-Raga, una especie de “Rasputín” de extrema derecha, fundador de las AAA y que empieza una “guerra sucia” contra movimientos de izquierda, comunistas e incluso facciones de los antiguos defensores del difunto marido de la presidenta. Los extremismos son incontrolables y la política económica roza lo cómico: en mayo de 1975, López-Raga decide combatir la crisis con una bajada brutal de los salarios, lo que provoca una catarata de protestas sin represión posible.

Tras dimitir su asesor y marcharse del país, Isabel está más perdida que nunca. Dispara a todos lados, todos son “subversivos” que amenazan su legado. La inflación se dispara a cifras históricas, así como el desempleo. Los grupos paramilitares de izquierda y derecha siguen matándose por las calles y para tranquilizar las cosas, a la presidenta no se le ocurre otra cosa que colocar como Jefe de las Fuerzas Armadas a un “hombre leal”, como lo fuera Pinochet durante el Gobierno Allende en Chile. Se trata del funesto General Videla.

Las Juntas Militares: Los años de Videla y Massera

Gracias al cine y a los testimonios de miles de personas que tuvieron que huir de su país, los españoles hemos desarrollado la idea de que la represión militar comenzó en Argentina un 24 de marzo de 1976, cuando Videla y Massera depusieron y detuvieron a la viuda de Perón y la expulsaron del país, asumiendo el poder. Es complicado encontrar en la historia contemporánea de Occidente un ejemplo de mayor barbarie, inhumanidad y salvajismo como el que pusieron en marcha los jefes de las Juntas Militares que asolaron Argentina de 1976 a 1983.

El objetivo de este artículo es entender que, desgraciadamente, esta tendencia represora venía de mucho antes y que no conviene olvidar a todos los que la sufrieron. El golpismo en Argentina de 1930 a 1976 es una epidemia contra la que hay que vacunarse.

Jorge Videla, en su época como presidente de las Juntas Militares

Inicios de la presidencia de Videla al frente de las Juntas Militares. 

Sin embargo, todos estaremos de acuerdo en que los siete años de Videla, Massera, Viola, Galtieri y Bignone son incomparables al resto, aunque, en un principio no todo el mundo lo tuviera tan claro. El 19 de mayo de 1976, cuando aún no se han cumplido dos meses del Golpe de Estado, Videla organiza un almuerzo con varios intelectuales argentinos como Horacio Esteban Ratti, Ernesto Sábato y sobre todo Jorge Luis Borges, quien, en ese momento, es junto a Julio Cortázar, posiblemente el máximo exponente de la literatura argentina en todo el mundo.

Conseguir la legitimación intelectual de las Juntas es clave para Videla, pues la social, en parte, ya la ha logrado. En un principio, buena parte de la ciudadanía y no solo los militares y sus aliados, ven el Golpe como una esperanza, como el inicio de una época de un cierto orden social y económico que acabe con las guerrillas y enderece el caos de la última administración Perón. Figuras como Mirtha Legrad o el campeonísimo Juan Manuel Fangio ya han mostrado su apoyo a las nuevas Juntas y en ese sentido el almuerzo es un éxito: Sábato, que luego dirigirá la famosa comisión contra los crímenes de la dictadura, esa especie de Nüremberg argentino, sale satisfecho y habla de “sintonía” con las propuestas de Videla.

El más entusiasta, sin embargo, es Jorge Luis Borges. Y le costará muy caro.

Borges tiene por entonces 77 años, vive aún con su madre y su visión de la política pasa por un odio furibundo a Perón, que le relegó en su momento del puesto de director de la Biblioteca de Buenos Aires y ordenó encarcelar a su madre, algo que nunca perdonará. A eso se le añade un desprecio total de la democracia, que entiende, no sin cierta razón, como un “abuso de la estadística”. Si el joven Borges destacaba por su ironía, su ingenio de herencia inglesa, su cinismo a lo Oscar Wilde, el viejo Borges se ha condenado a vivir en un mundo que ha avanzado demasiado deprisa y para él, todo es caos, sin matices. En ese contexto y más aún teniendo en cuenta que siempre se había vanagloriado de contar con un abuelo o bisabuelo militar, un alto cargo en la lucha por la independencia, tampoco es tan de extrañar su apoyo incondicional a Videla. Después del famoso almuerzo, declara: “Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno”.

Cuando Borges dice “ignominia” quiere decir “Perón”, pero lo que no intuye es que cuando él habla de “responsabilidades del gobierno”, lo que Videla entiende es perseguir, matar, torturar, secuestrar y volatilizar –en sentido estricto- a decenas de miles de sus conciudadanos. Esa es la idea del Ejército, tomada sin duda de las instrucciones de la AAA y del experimento Pinochet, con quien, insisto, la relación será más de odio que de amor. El apoyo de Borges, que luego matizaría, por supuesto, cuando las Abuelas y Madres de la Plaza de Mayo fueron a visitarlo y acabó firmando la “Solicitada por los desaparecidos”, editada en el diario Clarín, resulta una decepción para sus lectores de todo el mundo y especialmente para sus compatriotas, admiradores como Cortázar que no pueden creer que el viejo maestro tome partido por la barbarie que él, como buen esteta, siempre había despreciado.

Este posicionamiento político y la simpatía nunca ocultada por la figura del General Pinochet, incluyendo una visita cultural en pleno bloqueo al régimen del dictador, probablemente le costó a Borges el Premio Nobel. Eso es lo que él afirmó en múltiples entrevistas y nadie se ocupó en desmentirlo. Igualmente cierto es que, cuando descubrió los horrores de la represión durante los juicios orales a la Junta Militar, Borges se lamentó públicamente de su toma de posición, levantando su propio “No era esto, no era esto” bien claro y alto.

El problema en 1976, sin embargo, no es el Nobel de Borges sino la represión llevada al extremo. Jorge Videla y Roberto Viola controlan la situación política, prohibiendo por supuesto cualquier asociación “subversiva”, es decir, cualquier asociación, mientras Massera se ocupa de la represión política y militar… y Martínez de la Hoz se encarga de las finanzas, consiguiendo incluso empeorar los logros del gobierno Perón y disparando la inflación al 100% mientras los militares se dan baños de masas en El Monumental con motivo del Mundial de 1978, un Mundial que jamás se debió haber celebrado bajo esas circunstancias políticas.

Para conseguir mayor apoyo interno en un contexto de brutal crisis económica y quiebra sistemática de los derechos humanos, los militares empiezan a inventar enemigos externos. El primero es Chile, con las islas del  Canal de Beagle como foco de enfrentamiento. Videla ordena ejecutar la “Operación Soberanía” –como ven, no ahorran literatura a la hora de dar nombre a sus sandeces-pero en el último momento y ante los informes de que Chile prepara una contraofensiva aún mayor, recula. Las relaciones nunca se volverán a recomponer entre ambos países en estos años negros de su historia.

Las tensiones internas en las propias Juntas continúan durante estos años. Un militar argentino no puede evitar la tentación de dar un golpe incluso cuando el golpeado es también un militar argentino. Así, en marzo de 1981, la Junta destituye a Videla y coloca en su lugar al vicepresidente Viola, quien apuesta por un gobierno tecnócrata, menos militarizado, pero igual de incompetente. Con Lorenzo Sigaut como ministro de economía, la inflación llega en 1981 al 131%, lo que sume a la ciudadanía en una pobreza extrema.

La Guerra de las Malvinas y el principio del fin

Durante la presidencia de Viola llegan noticias de un intento de refundación política del país en lo que se llamó la Junta Multipartidaria, liderada especialmente por la UCR, que busca una salida democrática al horror aprovechando la palpable debilidad de un régimen acosado interna y externamente. Los coqueteos de Viola con los Balbín y compañía son entendidos como una deslealtad por el resto de la cúpula militar, quien ordena su cese antes incluso de acabar el año, siendo sustituido por el férreo Leopoldo Galtieri.

Desembarco británico en las Islas Malvinas

Desembarco británico en las Islas Malvinas.

Decir que Galtieri es un loco sería desmerecer al resto de su compañeros de dictadura, pero digamos que se trata de un hombre especialmente sonado al que no se le ocurre otra cosa que embarcarse el 2 de abril de 1982 en la “Operación Rosario”, que no es ni más ni menos que la ocupación de las Falkland Islands, también conocidas como Islas Malvinas, seguro como estaba de que aquello le daría una gran popularidad a él y a su ejército y de que Margaret Thatcher no se molestaría en cruzar todo el Atlántico de este a oeste y de norte a sur por unas islas de nada.

Como ya sabemos, se equivoca de plano: Thatcher acepta el envite encantada –ella también tiene sus problemas internos que ocultar tras una cortina de humo- y, con el apoyo de Pinochet, que lleva años esperando su oportunidad, desaloja a las tropas argentinas en un visto y no visto, causando numerosas bajas y dejando en ridículo al país y a sus militares. Si se preguntaron en su momento por qué Thatcher defendió tanto a Pinochet cuando el juez Garzón ordenó su detención en Londres, aquí tienen una de las razones más poderosas.

En fin, volvamos a 1982: los desaparecidos siguen volando sobre los acantilados, las madres y las abuelas protestan silenciosamente cada día en una Plaza de Mayo cada día más llena, los militares andan culpándose unos a otros y cambiando de líder cada pocos meses, Galtieri es sucedido por Reynaldo Bignone y la inflación consigue llegar al 200%. En esa situación, la permanencia de la Junta Militar, que por lo demás cree haber hecho su trabajo de eliminar toda oposición comunista y ya se ha repartido incluso a los bebés de sus militantes, se hace insostenible.

Bignone convoca elecciones para 1984 pero luego las adelanta a octubre de 1983, no sin antes caer en la última ignominia: el 28 de abril de 1983 dicta el decreto 2726/83, que ordena la destrucción de la documentación existente sobre la detención, tortura y asesinato de los desaparecidos, que a partir de ese momento se les considera legalmente como “fallecidos”.

El decreto sería posteriormente revocado en tiempos de Alfonsín, pero los registros perdidos nunca se recuperarían. Apenas un mes antes de las elecciones, riza el rizo garantizándose una “autoamnistía” bajo el eufemismo de “Pacificación Nacional”, gracias a la ley 22.924, que exonera a todos los miembros de las Fuerzas Armadas de los actos cometidos durante “la guerra contra la subversión”.

Pese al miedo y al evidente control militar, el 30 de octubre de 1983 los argentinos acuden masivamente a las urnas por primera vez desde que eligieran a Perón diez años antes. Los propios peronistas son los favoritos, pero algunos de sus excesos –como la quema de un ataúd con las siglas de la UCR en el último mitin de campaña- hacen que la UCR de Raúl Alfonsín les iguale en los sondeos. Hasta cierto punto, Alfonsín es una cara nueva, porque Ítalo Luder el candidato peronista había sido vicepresidente con Isabel de Perón y llegó a sustituirla en algunos períodos de 1975 por problemas de salud.

El recuento no deja lugar a dudas: Alfonsín gana por 317 diputados a 259. El nuevo presidente electo jurará el cargo y será investido pocos días después: el 10 de diciembre de 1983. Recibe la banda presidencial de manos del infame Bignone.

Conclusión: los años de Alfonsín y el ruido de sables

El presidente electo Raúl Alfonsín

Raúl Alfonsín, primer presidente electo tras la dictadura militar.

Volvemos al principio del artículo, a los años de rumores constantes de golpes y de “carapintadas” amenazando con la involución. Alfonsín empieza fuerte, legitimado por el resultado electoral. Cinco días después de llegar a la Casa Rosada ordena la investigación judicial le las tres Juntas Militares (Videla, Galtieri, Bignone) y abre una Comisión política para esclarecer los casos de los desaparecidos, presidida por Ernesto Sábato y que acabará llevando su nombre para la posteridad.

¿Por qué los militares no hacen nada para evitarlo? Es difícil saberlo. Como hemos visto, ellos también necesitan sus pausas, sus reestructuraciones, y al fin y al cabo el descrédito interno había acabado con sus pocos apoyos. Alfonsín no es un revolucionario, al fin y al cabo, no es un montonero ni un peronista vengativo y supongo que en todo momento hay la sensación de que se le podrá moldear. La detención y los juicios orales a los oficiales encargados de la represión a lo largo del año 1985 así como el dictamen de la Comisión Sábato suponen el punto más alto de popularidad nacional e internacional de Alfonsín, pero la cosa no puede durar.

Prácticamente todos los oficiales involucrados en la dictadura son condenados de por vida por crímenes de lesa humanidad. Como contrapartida y temiendo la asonada, Alfonsín ofrece la llamada Ley de Punto Final, el 24 de diciembre de 1986, que impone un plazo de 60 días para procesar a acusados de delitos durante el gobierno militar y que de hecho supone el cierre en falso de cualquier nueva investigación al respecto. Como hemos visto, a Aldo Rico y sus carapintadas no les bastará y todavía Alfonsín tendrá que tragarse el sapo de firmar la Ley de Obediencia Debida (4 de junio de 1987).

El descrédito de Alfonsín es tal que en 1989 llega Carlos Menem al poder, un populista que pretende convertirse en heredero de Perón y en parte lo consigue gracias a sólidos apoyos internos y externos. Para calmar las aguas por las bravas, Menem ofrece una amnistía total para todos los militares, lo que supone la salida a la calle de los Videla y compañía y la imposibilidad de volver a juzgarles por sus crímenes. En lo exterior, gracias al rescate del Banco Mundial y el FMI –el primero de varios, como ya sabemos- controla la hiperinflación y hace creer a Argentina que ya no está en crisis.

Desde entonces, el ejército argentino al menos ha estado tranquilo. Es histórico porque hemos visto que, entre golpes y movimientos de sillas, durante 46 años se vivieron más de una decena de intervenciones militares. A partir de 1999, las asociaciones de derechos humanos consiguen abrir un resquicio al silencio impuesto por Menem con la investigación de un nuevo delito: el negocio y lucro con el secuestro y venta posterior de niños de desaparecidos a familias pudientes. Aquello fue traumático pero necesario a la vez. Los oficiales volvieron a pasar por los tribunales y muchos de ellos regresaron a la cárcel sin que nadie del Ejército se preocupara esta vez por defenderlos.

El goteo de condenas en los últimos años viene siendo constante: Alfredo Astiz, Jorge Acosta, Antonio Pernías, Oscar Antonio Montes, Raúl Scheller, Jorge Radice, Alberto González, Néstor Savio, Ricardo Cavallo, Adolfo Donda, Julio César Coronel y Ernesto Weber… hasta llegar a los propios Videla y Bignone este mismo 2012. Massera se libró de ser juzgado. Una demencia senil diagnosticada en 2005 hizo que le declararan incapaz y pudo morir en su casa, rodeado de sus familiares, en 2010. Hay que entender que la diferencia entre la democracia y la barbarie es precisamente esa: poder morir sin que nadie te arroje drogado de un avión sobre el mar.

 

Galtieri, un psicópata al frente de Argentina

Galtieri, un psicópata al frente de Argentina.

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Guillermo Ortiz

Cofundador de UNFOLLOW. Escritor y filósofo, colaborador de revistas como JotDown, El Imparcial o Neo2. Blog: http://bretguille.blogspot.com

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