Convocatoria Premios Monóculo de Oro II

Escrito por Perro con Monóculo el . Posteado en Relatos

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo sería protagonizar vuestro propio anuncio de colonia? Yo lo hago constantemente. Sería un lento zoom hiperrealista que pasaría de un plano general en una habitación colmada de oro y terciopelo rojo al primerísimo primer plano de mi ojo. Cuando la pantalla estuviera empapada en negro, una voz masculina y gangosa pronunciaría en perfecto francés: “Monocle”.  Todavía no he decidido a qué debería oler mi fragancia, pero lo más importante en estos casos es tener claro el anuncio.

En otro orden de cosas, es hora de inaugurar la segunda edición de los premios Monóculo de Oro. En esta ocasión quienes ceden el regalo son los responsables de la librería “Tipos Infames”, ellos mismos han elegido el título:  “Me llaman Capuchino” de Daniil Jarms. Permitid que me levante la chistera y les diga: ¡Gracias!

Las normas para participar en el concurso son las siguientes:

  1. La palabra ‘ANTIBIÓTICO’ debe aparecer en el microrrelato.
  2. La longitud del microrrelato no debe sobrepasar los 1.000 caracteres.
  3. El plazo para escribir historias finaliza el  2 de febrero
  4. Los cuentos se escribirán en los comentarios de esta entrada.
  5. La persona que deje el comentario debe ser autor del cuento que participa (¡obviamente!)
  6. El jurado es unipersonal, insobornable y con un pelaje blanco de exquisito brillo: yo.
  7. El premio al mejor microrrelato con la palabra antibiótico consiste en el libro de relatos cedido por la librería Tipos Infames:  “Me llaman Capuchino” de Daniil Jarms.

¡Brindo con champaña para inaugurar la segunda edición de los premios Monóculo de Oro! Mucha suerte a todos los participantes.

¡EL CONCURSO HA TERMINADO! PUEDES LEER EL MICRORRELATO GANADOR Y FINALISTA EN ESTE ENLACE.

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Perro con Monóculo

Aquellos malpensados que vean en mi monóculo aspiraciones de grandeza han de saber que soy miope de un solo ojo. Vivo en una humilde mansión y me gusta proponer retos literarios http://perroconmonoculo.com/

Comentarios (31)

  • Francesco Ripa

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    Apenas me había fijado en ella cuando entré en la farmacia. Una señora pedía antibióticos y ella esperaba detrás. Mientras esperaba mi turno curioseando, la señora salió y ella se adelanto a pedir:
    -Necesito un bote grande de lubricante. Durex. Una caja de preservativos con estrías y otra de sabores. También Durex-
    Me giré hacia el mostrador. Sobre todo porque la voz que había hablado era segura, no bajó el tono ni hizo inflexión ninguna durante toda la comanda. Miré al farmacéutico, que tardo tres cómicos segundos en reaccionar. Ella se movió y pude comprobar que su cara era delicada y su piel limpia. Era bastante guapa, joder. Moviéndome discretamente intenté atisbarla un poco mejor. Sólo lo ajustado de su jersey ya anunciaba un torso de escándalo.
    Mientras el encargado cobraba, lo único que me venía a la cabeza era un compendio de tórridas escenas que algún afortunado cabrón iba a gozar, seguramente sin merecerlo, por el simple hecho de haberse cruzado en el sitio y el momento adecuado con esa amazona sexual.
    La chica recibió el cambio y se dirigió a la puerta y a la calle, muy lejos de todos nosotros.
    Al pasar junto a mí se giró y mirándome directamente a los ojos dijo con el mismo tono acerado
    -¿Vienes conmigo?-

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  • Carlos

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    La acetilcisteína disuelve la mucosa, la amoxicilina es un potente antibiótico y las sopas de ajo con azafrán templan el cuerpo. Hasta aquí todo es ciencia. Lo que probablemente no sabrás es que si mezclas estos tres principios activos (recordemos: acetilcisteína, amoxicilina y azafrán) lo que obtienes es un potente cóctel psicotrópico. Hacedme caso, no es mi primer viaje.

    Cuando el catarro me atacaba siendo un niño, cerraba los ojos y me trasladaba así a las verdes praderas que pueblan el sistema límbico de mi cerebro. Otros tendrán playas, pero yo soy un hombre de campo. Cuando ya era un adolescente, las praderas empezaron a llenarse de tías desnudas con el pelo cardado (los 80, en fin), y con la primera juventud seguían allí, sin ropa, pero llevaban gafas de pasta y bambas. Cosas de la madurez.

    Pues anoche andaba con fiebre y, todo ilusionado, me hice mis sopas y me tomé mis sobres. No sé qué coño pasa pero he vuelto a la pradera y ahora resulta que allí… estoy trabajando.

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  • Larisa

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    Hacia un día que había encontrado al perro y desde entonces no dejaba de arrepentirse por haberlo recogido.
    No entendía aquella debilidad que le asaltó cuando lo vio escondido junto a los cubos de basura.
    Lo había llevado a casa, y desde el momento en que lo puso en la terraza no dejó de pensar en la forma de quitárselo de encima.
    Al día siguiente, en el periódico del barrio apareció un anuncio que decía: Perdido perrito de seis meses, raza indefinida, color canela. Responde al nombre de Antibiótico. Se recompensará.
    Apuntó el teléfono y se fue a trabajar. Por la noche, al volver a casa, el chucho, con cara triste, estaba tumbado sobre el suelo de la terraza.
    Al abrir la puerta, el animalito se acercó y se le enredó entre las piernas; a punto estuvo de caerse por no pisarle.
    Sacó de la bolsa que llevaba, una lata de comida para perros y una botella de leche. Lo puso en dos platos y salió.
    Desde el salón, volvió la mirada y vio el perrillo que se había levantado y comía con ganas.
    Rompió el papel con el teléfono anotado, fue al baño, cogió una toalla usada grande y regresó a la terraza; pensaba que el suelo estaría muy frío.
    Después de ducharse fue a ver a Natillas; el nombre ese de medicina, no le gustaba.

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  • H.

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    La levanté del suelo por una oreja mientras seguía tanteándole la mandíbula con el bate. Su nariz no dejaba de sangrar.

    –No te lo volveré a preguntar –le advertí.

    Ya había perdido la cuenta de las veces que se lo había dicho, pero esta tampoco respondió. En lugar de hacerlo, se desplomó sobre sus rodillas, bajó la cabeza y sollozó.

    –Muy bien –le dije–. Ya está. Tú lo has querido.

    De modo que agarré el bate con fuerza; las manos me sudaban. Lo sentía sudar a él también, pero era imposible que un bate metálico sudara. Lo elevé sobre mi hombro, con decisión, calibrando bien dónde tendría que impactar exactamente para matarla de un solo golpe. Odio tener que rematar a mis clientes. Sólo he tenido que hacerlo dos veces en mi vida y no es nada bonito.

    Ella seguía callada y yo me debatía entre odiarla por su testarudez o admirarla por su valor. Pero fue un debate muy breve, de 20 segundos, que fue lo que tardé en reventarle la cabeza.

    Entonces me despertó Emma:

    –Salgo. No olvides tomarte el antibiótico.

    –Muy bien –le dije.

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  • Alberto Higueras

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    - “El novato” hase las noshes. – Parodiaba yo, con voz burlona y aflautada, a aquel teniente de bacilos ahora a cargo de la sección de zapadores, mientras caminaba por aquella galería circular, comprobando de reojo que ningún chivato me costase un consejo de guerra.

    Hacía un par de días que habíamos tomado aquella región, cerca del estómago; nos habíamos introducido en una fruta pocha, y tras haber sacrificado a dos espirilos, habíamos conseguido atravesar la pared mucosa del estómago. Ahora nos asentábamos en aquel cruce venoso, reagrupándolos tras la que llamamos “Batalla de Repanto”, porque al parecer un vigía que sesteaba repantigado había permitido que los glóbulos blancos nos tomasen por sorpresa. Tras contener el asalto apenas sobrevivimos un pequeño grupo al que ahora el teniente arengaba con orgullo: – Le hemos dado su merecido a esos hijos de puta lechosos -, a pesar de lo cual cundía el desánimo. La misión había fracasado.

    De pronto lo vi, el horror, la sorpresa, aquello para lo que no habíamos sido entrenados. Me volví y eche a correr con todas mis fuerzas mientras gritaba: ¡Nazgul! Digo… ¡Antibióticoooo!

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  • Garcés

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    Había de todo, y todo malo. Vinos de reserva de treinta años que estaban picados, puros habanos resecos como un verano en La Mancha, drogas cortadas y pegadas de todos los colores, antibióticos caducados del tiempo de los visigodos, comida enlatada llena de abombamientos sospechosos, ginebras inglesas con faltas de ortografía en la etiqueta y colonias que se podían beber con total confianza por parte de cualquier achispado; en fin, que no faltaba de nada.
    El chamizo donde se alojaban tantas y tantas maravillas era un lugar lóbrego, de la época del pus, y resultaba difícil de encontrar si no se formaba parte de su selecta clientela.
    Una vez traspasada la entrada, un calor enfermizo junto a un olor apestoso, se unían a la horrible jeta del crápula que lo regentaba, lo que originaba unas ganas locas de dar media vuelta y salir corriendo.
    Al que conseguía aguantar el tipo, le llamaba la atención la música de fondo que se oía; era el “tema de Harry Lime”, que sonaba una y otra vez, sin parar.
    Tenía su razón de ser, equivalía a un “no diréis que no estáis advertidos”. Y es que, hasta los más sinvergüenzas tienen su punto de honradez, incluso han llegado a ver alguna buena película en su vida.

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  • Roberto

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    Odio a Mozart

    Cuando terminó de ver cómo aquellos insectos devoraban el último átomo de la cucaracha, Webern me miró con una sonrisa en los labios.
    -¿Sabes? Odio a Mozart.
    Yo no le tengo especial cariño a Mozart, quizás tampoco a Webern. Si le cortas la cabeza a una cucaracha, tarda dos semanas en morir. De hambre. Con o sin antibióticos.
    -¿Por qué lo odias?
    -Anda desnudo por casa, lamiendo.
    No hago el más mínimo esfuerzo por mostrar interés. Escupo un hueso de pollo y espero que se atragante con él.
    -Se atragantará.
    -Mozart, bonito, ven aquí.

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  • Rubén

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    AMNESIS

    ¿Está acusado de cohecho? ¿Prevarica a diario? ¿Ha sido denunciado por tráfico de influencias? ¿Cobra comisiones ilegales? Pues no se preocupe porque ahora llega Amnesis, el nuevo antibiótico de los laboratorios Politicus con el que usted no se acordará de nada.
    Amnesis está prescrito para todos aquellos alcaldes, concejales, cargos públicos, diputados, senadores, parlamentarios y presidentes que se han visto salpicados por el virus de la corrupción. Se recomienda administrar en grandes dosis para eliminar e inhibir el crecimiento de organismos infecciosos tales como personas decentes y jueces que pretendan empapelarle.
    Con varios comprimidos de Amnesis, usted no recordará ni quién es y menos que tenía un Jaguar en su garaje, un ático en Benidorm regalo de una constructora al recalificar unos terrenos municipales o una cuenta en Suiza con 20 millones de euros.
    Conserve este prospecto. Puede tener que volver a leerlo.
    Si necesita más información, consulte a su farmacéutico.

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  • RaKel

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    7 de la mañana. Reviso de nuevo mi capacidad para mantenerme un día más oculto en mi papel de viandante.
    Orden del día: desayuno, ducha, vestirme….transporte público y verte de nuevo

    Tan solo anticipar tenerte cerca ya provoca reacción adversa, mi flora se revuelve y como siempre, quince minutos tarde por la rutinaria diarrea

    Amortizaría mucho más el café si no te conociese

    Mi antibiótico para no quererte, tu expresión de desagrado, tu novio, tus chistes malos, tus quejas meteorológicas y lluvia que te rizan el pelo…eres preciosa.

    Ocho meses de tratamiento, que se dice pronto eh! Y ahí sigo, revolviéndome en el wáter cada mañana debido a tu toxicidad selectiva.

    Esto no funciona

    Erradicar el patógeno no es sencillo, quizá la dosis no sea la correcta y gradúo, y te imagino más fea, con más novio y con más chistes que solo tú entiendes, y que yo rio porque no tengo freno

    Viandante, y es que así me siento, ni persona, ni animal, ni planta, solo vago, como y meo y mientras tanto me medico a base de música alta y el más turbio de los recuerdos que me regalaste, aquel que yo invento, por miedo a que seas quien siento y yo siga de perpetuo zombie que rumia tu risa y bebe ácido amargo y mea tedio y que cada mañana llega 15 min tarde porque estoy cansado de este contagio

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  • Holton Judge

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    Los egoístas siempre ganan

    -Escucha: “Los egoístas siempre ganan”. Rebátelo.
    -No puedo.
    -Tú pierdes.
    -Y tú ganas.
    -¿Y sabes por qué? Olvídate de las consecuencias para los demás, de ese antibiótico llamado moral. ¿Sabes por qué los egoístas, hagan lo que hagan los demás, siempre ganan?
    -Sólo sé que tú eres parte del mundo.
    -Cierto. Pero, mira, los egoístas siempre ganan por la misma razón por la que el amor nunca se equivoca.
    -Pero… Tú no me haces feliz.
    -Ya, pero yo me amo por encima de todas las cosas, mi cosita linda.

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  • CLARA

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    “Tómatelo y ya hablaremos”, me aconsejó a la salida del tanatorio. Incluso velando a los muertos siguen los vivos recomendándote la pócima de la vida eterna, ilusa idea de juventud inmortal para enclenques neuronas batiéndose en duelo por la Santa Hermandad del pueblo del Pillo, que así le llamaban sus amigos por el “aquí te pillo” del parque infantil y, posteriormente, el “aquí te pillo” confesado a la muchachilla top fashion en la plaza del barrigón, justo en época de verbena. Siglo XXI, más ciencia y más vida, pero siempre igual, el Pillo vive para matarse hasta morir. ¿Un caramelo de antibiótico? ¿Eso me había recomendado? ¿Una pastilla contra la existencia de microbios y demás bacterias de mi sociedad corporal? Nos habíamos hecho amigos y a mis veinte años deseaba que en aquel invierno me matasen. Hablé con mi cuerpo justo antes de tirar aquella primera y última pastilla a la basura: “Tú sabrás lo que haces”, le dije vacilándole. Setenta y siete años y sigo vivo. Siglo XXI, más ciencia y más vida, pero siempre igual. ¿Y para qué tanto de lo mismo si uno ya se lo conoce?

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  • KMKZ

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    El Inglés hasta entonces solo había abierto la boca para comerse grandes trozos de tortilla.

    - Lo mejor de España, la tortilla y la Dama Española.

    Se pavoneaba de su ingenio. Los aledaños de Sol, un bar de tapas de mentira en el que ni los camareros son españoles, una terraza en la que tampoco dejan fumar. Ella, una profusión de risas y movimientos de melena. La duda a la que mi orgullo se aferraba se había desmoronado. Estaba de más. Una provocación para partirle la cara. La Dama Española, la gripe mortal, ni sulfamida ni antibiótico, ni barco ni honra. Las cifras avalan su poder de destrucción. Millones, los más jóvenes, los mejores. Serás uno más y no tan bueno. Orgullo patrio, corsario ahorcado. El fin de semana es largo, el vino traicionero y las noches peligrosas. El balcón, tal vez lo intente. Noche de guardia, en vela. No merece morir, merece que lo maten.

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  • Adrián Álvarez

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    - Papá, ¿vamos a morir? – preguntó la niña.
    - No lo sé – contestó el padre, seco, con un ojo en la ventana y otro en su mujer.
    Todo empezó con Apple, por supuesto. Señalada por la historia como la idea más irresponsable de diversificación empresarial, Apple lanzó su primer medicamento, el iBiotic.
    Antibiótico de monstruosa eficacia, provocó un comportamiento monstruoso entre sus consumidores: se usó desde el tratamiento de afecciones a la conservación de cuberterías.
    En el 2018, no había persona o tenedor que no hubiera probado iBiotic.
    En el 2020, las bacterias desarrollaron tal resistencia que abandonaron el mundo microscópico y nos invadieron.
    En el 2024, ganaron las bacterias.
    La madre observó la calle: treinta Estreptococos Pyogenes aullaban por carne humana. Luego miró la pastilla de iVir que sujetaba su marido, y que representaba la segunda idea más irresponsable de diversificación empresarial.
    - Nos quedan los virus – se justificó el hombre -. Con ellos uno siempre puede negociar.

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  • José

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    Este antibiótico ha sido mano santa. Puedo decir con indiferencia superior que este dolor injusto se ha marchado por fin de mi vida. Por que puedo aceptar los dolores y sufrimientos que me causa mi propio pensamiento, mi manera imperfecta de ver las cosas. Es verdad que tampoco puedo eliminar este dolor sentimental de mi cuerpo dichoso. Pero un dolor como el que he tenido, sin causa clara en la que yo pueda incidir para su solución definitiva, me irrita, no me gusta. Ya estoy recuperado, lo veo todo muy claro, pienso abandonar toda tarea que no sea dormir ajeno al dolor. Varias cajitas de este medicamento me lo van a permitir. Así dice el contrastado prospecto. Tengo vida suficiente para soñar. He visto nacer muchas veces las cebollas en la tierra labrada. Ahora voy a soñar que planto, cuido y recojo cebollas, de esas ricas que nacen limpias, todo un día silencioso y soleado. Que no me moleste nadie durante algún tiempo…

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  • Gomeze

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    ”Lust for Life” es el disco bueno que menos he escuchado en mi vida.

    Antes de que empezara a sonar, Fran me dijo por sms que Noe estaba con otro. Que la había visto. Que no tenía dudas.

    Tuve que llamarla.
    –¡Pero oye, Noe! ¿qué estás haciendo!
    –Nada.
    Dejé de salivar. Silencio en alta fidelidad.

    Tronaban ya los primeros compases del álbum, pero no tuve ánimos para seguir escuchando.
    Desde entonces me repatea la sonrisa de Iggy.

    A media tarde la cabeza me zumbaba. Estornudé repetidas veces.
    Dicen que el Frenadol no hace efecto si luego bebes alcohol, pero es mentira, eso sólo sucede con el antibiótico.

    Con las primeras copas me entró sueño.
    –¿Sabes que una amiga de mi novia es adicta al Frenadol? –preguntó Víctor–. Ve con ella y os pegáis un viaje de lo vuestro escuchando ”The passenger”. Y a dormir, ricamente.
    –Lo tomé porque me dolía la cabeza del modo en que me duele cuando me resfrío.
    Reían entre sí. «¡Está como Woody Allen!».
    –Y porque quiero estar a gustito –añadí.

    Y no pensar.

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  • Ángela BE

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    Por supuesto ella no podía recordar los sucesos del 20 de diciembre de 2053, ni siquiera había nacido. Posterior a la catástrofe solían llamar a todos los que varias generaciones después habían irrumpido en un mundo bastante más frío, según decían los pocos ancianos que aún no habían perdido la memoria.

    De cualquier modo, -¿qué importaba?- resultaba imposible no conocer el Gran Desastre casi como si uno lo recordase. En cada rincón hasta los confines del mundo el ambiente se asfixiaba desde hacía ya varias décadas. “Es importante no olvidar”, rezaban los spots en gigantes carteles a lo largo y ancho del territorio.

    El apartamento estaba helado, y la chica se maldijo a sí misma por no haber pagado la factura de la calefacción central por tercera vez en un año. “Las energías renovables también son caras” –pensó, y tras buscar su chaqueta más gruesa acercó el café a uno de los hornillos de la diminuta cocina, y llenó un vaso de agua sucia para tomar su antibiótico –“malditos médicos”-.

    Había decidido no encender la televisión durante las próximas 24 horas, la programación parecía poco halagüeña. Tanto en el canal 16 como en el 25 las noticias repetirían martilleantes las imágenes de aquel día.

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  • JAN

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    Estábamos los de siempre en el bar: el armenio de orejas peludas que lee el sport, el grupo de peruanos con sus cervezas que mira con atención las noticias, el viejo carajillero con el taburete pegado al culo que fija su mirada en un punto del bar donde no hay nada, las dos madres criticonas en su esquina hablan excitadas de otra madre que les suele acompañar. Entra Nacho cargado de dinamita y se percata de que ni son las 7:35 ni ese es su bar. Seguimos todos con nuestro papel, yo sigo con el periódico. Pido otro cortado. De pronto entra un tío en chándal, jadea, lleva un bolso que no le pega, todos estamos a lo nuestro y ese detalle pasa inadvertido. Una cerveza. Pide el caballero. Ping se la trae. ¿No tendrás draxicilina?. ¿Cómo?. Contesta Ping. Draxicilina tío, ¡un antibiótico para perros! ¿Los chinos no coméis perros?. No. Contesta Ping de malas maneras, no le ha gustado el comentario. ¡ Eh! Grita una de las madres criticonas señalando al tío del chándal. ¡Es él! Ese es el que le robó el bolso a Conchi. Ping se gira y le da un sartenazo en la cabeza que lo deja tumbado.
    A la mañana siguiente en el mismo bar le cuento a otro parroquiano lo sucedido. A Ping no le hace gracia que use su nombre para describir el sartenazo en la cabeza.

    FIN

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  • Marc

    |

    Hay creaciones hechas con tal maña que parece que fue el mismísimo Diablo quien se manchó las manos de barro dándoles esa forma. Salomé, sin duda, es una de ellas.

    -Chao, cariño-. Me dice con un susurro que se le escapa entre los labios, recién maqueados de rojo carmín.

    Todas las mañanas me levanto para despedirla y verla contonear sus ceñidas posaderas al ritmo militar de sus tacones. El pelo suelto, las tetas bien amarradas y pidiendo sol como los lagartos, los ojos gordos de comerse el mundo y dos pecados rojos haciendo de boca. Una boca turbia, que se atisba a leguas que hasta su garganta sólo deja circular vicio, ya sea en textura cárnica, viscosa, o líquida.
    Un servidor la despide con la mirada, pues la palabras se me amotinan en el sobresalto de la nuez y de ahí no hay quién me las despegue. Para paliar esto he probado de todo; aspirinas y cocacola, alcohol y antibióticos y hasta con tranquis y birra. Pero nada de esto funciona como funciona frotar y frotar hasta escupir mientras veo sus tres fotos y su anuncio en internet: Salomé, ardiente chica española, joven y juguetona. Hago de todo, francés sin condón y griego. Deliciosas curvas de guitarra española. Te quedarás sin palabras.

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  • Oskar

    |

    Mano izquierda

    Te echo mucho de menos. Desde que me faltas no levanto cabeza, me siento débil y torpe en todo lo que hago, como si un antibiótico hubiera destruido de golpe todas las defensas de mi organismo. Fue tan repentino. Si al menos lo hubiera visto venir, y así disponer del tiempo suficiente para entrenarme y aprender a estar sin ti. Estar sin ti… Me había acostumbrado tanto a tenerte conmigo, a que fueras una parte de mí. ¿Acaso no lo entiendes? ¡Me pertenecías! Y el dolor; no me refiero al dolor preciso de la pérdida, sino al dolor vago ante la certeza de que no volverás nunca. ¿Sabes cuándo se me hace realmente insoportable? No, no se trata de los grandes proyectos que imaginé, ahora convertidos en deseos truncados. Cuando rompo a llorar, tres veces al día, es al lavarme los dientes. Sostengo el cepillo con la mano derecha, te ordeno estrujar el tubo de la pasta dentífrica, y te sueño aquí al lado, a mi otro lado, completándome.

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  • Simbarba

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    Mi ordenador blanco y mi flexo de los chinos sin caparazón desde que soñé que le pegaba una hostia al caparazón ese y luego resulta que no estaba soñando. Los coches pasaban por mi calle al ritmo que marcan los miércoles. Todos trabajando; yo, mirando a la pared. “¿Quién es ahora el perdedor, eh?”, y esbocé una sonrisa de James Dean putrefacto. El pánico al folio en blanco de los meapilas que quieren ser García Márquez me invadió. Nada. La nada. Perdón, la Nada, la de la Historia Interminable. El teclado, sucio de cojones. Lo del ordenador blanco me venía grande. Me sumí en un profundo éxtasis de tabaco, lanzando el humo hacia la cortina, con aires de escritor. Mi vida era bastante gris en mi casa que daba a una calle ruidosa, así que fingía. En medio del chorro que invadía mis venas en mi estado Santa Teresa de Jesús, apareció la diva de la inspiración; cuerpo de unicornio y cara de Arévalo. Y escribí. Tecleé con intensidad: “Los antibióticos por el culo molestan bastante”.

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  • David Arias

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    La tarde del fin de mi submundo

    Recuerdo aquella tarde. Ni muy soleada ni muy fría. Tenía un infame dolor de cabeza. Nadie suele recordar sus cefaleas esporádicas, pero un día como aquel no se olvida.

    Caos, decepción, pesimismo existencial, era el caldo de cultivo idóneo para aquel dolor. Las causas evidentes de las heridas abiertas no suelen ser el único motivo por el cual nos hacen daño. Es algo más intrínseco. A mi alrededor, el mundo se derrumbaba entre gargantas que se ahogaban sin estruendo pidiendo lo que les arrebataron. Esas voces mudas tampoco parecían perturbar mi psique como para quebrantar de manera tan virulenta aquella fuerza interior que yo sentía antaño.

    Era una herida mucho más profunda y el agotamiento de pensar en cuanto me odiaba a mí mismo. A lo que fui, a lo que no seré ni volveré a ser. Ya no recordaba una sonrisa. Tampoco una caricia. Tan sólo un adiós. Únicamente conocía una forma de mitigar aquel dolor. Esos males se curan destruyéndose a uno mismo. Eso pensaba yo. Era lo más sencillo. No requería mucho esfuerzo. Un viaje a un submundo cercano a mi casa. No mucho más. Un trayecto corto, unos escasos y no tan escasos euros. Un final glorioso.

    El coche que te conduce en un viaje de este tipo no es una calesa engalanada. Simplemente se trata de un vehículo, destartalado, que no desentona con el decorado que encuentras en el destino buscado. A la salida de un pueblo prohibido para la condición humana, tal y como la conocemos en el centro de la ciudad, encontré un amable lugareño que me indicó dónde se encontraba el lugar donde dispensaban el remedio que buscaba.

    No fue difícil encontrar mi antibiótico para el alma en aquel lugar. Varias conversaciones se entrelazan entre recelos y fascinación mutua. Dos estilos de vida contrapuestos buscando beneficios diferentes; espirituales y económicos en cada caso. El camino de regreso se torna largo y nervioso. Coches uniformados y transeúntes curiosos fijan mi mirada y perturban mi mente. Es fascinante contemplar como cambia la calle cuando se observa fijamente a esa sociedad que trata de escapar de ella misma. Una vez en casa de nuevo, me senté y me inyecté una dosis alta de ese antibiótico marrón cuyo efecto logró mitigar mi tristeza y transportarme a otra realidad donde mi dolor de cabeza, mi herida abierta, se quebró por primera para dejar pasar el infinito delante de mí. Aquel día estando muerto me sentí más vivo que nunca. Por ese motivo nunca podré olvidar aquel dolor de cabeza ni aquella tarde.

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  • Laura Piqueras

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    ¿Qué probabilidades había de que le tocase su ex novio en aquel estúpido juego? Quiso morirse al leer en su pegatina la palabra Antibiótico. “Qué casualidad” le dijo él con sarcasmo mientras miraba lo que ella llevaba escrito “Enfermedad… La verdad es que te pega”. Habían pasado dos años y aún seguía dolido. “Pues a ti la tuya nada… porque a mí me sigues dando el mismo asco” Aquel tira y afloja duró más de media hora; los cuchillos volaban y el alcohol les hacía hervir la sangre. “¿Sabes cuál es tu problema? Que eres una inmadura”, “¿Y sabes cuál es el tuyo? Que eres un egoísta. Me voy, no tengo ganas de discutir.” Recogió sus cosas y salió del bar. Decidió mear entre dos coches; al volver no pudo evitar sonreír. A la mañana siguiente sonó el despertador. Cuando lo fue a apagar vio que tenía un mensaje “ERES UNA HIJA DE PUTA”. Lo borró y buscó entre las fotos de su móvil. Allí estaba, la foto del capó del coche su ex y en él, escrita con una llave, la palabra “Enfermedad”… sonrió.

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  • HombreRevenido

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    La historia de las grandes conquistas, de los más colosales imperios, se parece mucho a la nuestra. Sería mentir si dijera que fue un paseo. Nos estaban esperando los glóbulos blancos y también unos glóbulos verdes con tricornio y mala leche. Sin embargo, las bacterias también sabemos pelear. En 3 días de incubación nos hicimos fuertes. Si los romanos extendieron el latín, nosotras, la escarlatina.

    La I Guerra Antibiótica resultó sobrecogedora. Intentaron la división celular, pero nos mantuvimos unidas. Silbaban las enzimas por todas partes, fue horrible.
    La II Guerra Antibiótica nos hizo todavía más fuertes. Habíamos desarrollado una gran resistencia y, en un golpe maestro, conseguimos que la beta-lactamasa se pusiera de nuestra parte. ¡Victoria!

    Que nadie diga que somos parásitos, eso es rotundamente falso. Hemos traído el progreso a este organismo, trabajamos duro para perpetuar el orden y nunca ha faltado un mínimo de salud. Mantenemos a raya al cáncer, al parkinson y a otros bárbaros. Llevamos aquí 96 años y no hay día en el que no se escuche un “qué bien te conservas, amigo”.

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  • Guardagujas

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    Los calambres que dan al dormir en la pantorrilla son el mordisco de un súcubo, su forma de “tirar de las coletas”, de decirte que le gustas. Por si acaso ni me muevo, me quedo encogido, en posición fetal, aguantando el dolor que me ha despertado. Y que suele subir. Es una máxima del dolor: todo dolor que puede subir, sube. Es uno de mis dolores preferidos, de esos en los que te recreas porque los sabes inofensivos. Cotidianos e inofensivos. Me gusta el del padrastro, y el de las pequeñas llagas de la boca. Las agujetas a veces, siempre que sean suaves y no estén en las piernas. Las espinillas interiores de la nariz o las orejas, la heridita que hace el papel al cortar el dedo. Quizá también cierto picor de ojos y el entumecimiento de los pies. Pienso que funcionan como un antibiótico, o mejor una vacuna, dolores pequeños que te protegen contra los grandes. Esta vez el súcubo se está pasando, se está pasando mucho, que esto sube pero no me voy a levantar, no me levanto de la cama ni cuando me muero de ganas de mear. Calambre en la pantorrilla y morirte de ganas de mear en la cama. Y quedarte. Un placer extraño. Pero yo no me levanto.

    Responder

  • Luis

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    Celebra tus recuerdos. Los que pondrías presidiendo una mesa bien puesta, y los que prefieres en el fondo del cajón, todos. Son lo que tú eres, y el amanecer de lo que serás. Nunca dirías que no a un amanecer, ¿no? Ni siquiera después de que Carmen, toda, pasara por ti, nada, cuando tenías diecisiete años. El campamento fue tu regalo de fin de curso, y tú su regalo de cumpleaños. Y te dejó como cuando la cera cae sobre la nata si te despistas: con mal gusto y teniendo que tirar un trozo a la basura. Tenías diecisiete años y preferías enterrarlo. Ahora sabes algo más. Sabes que Carmen, Navalón y los pinos son lo que Ana, La Latina y los buzones: son armas. Armas contra ti, si no puedes levantarte un martes. Los recuerdos luchan a tu favor, atesóralos con orgullo.

    Suerte, Luís.

    - Tras todo el día viendo cartas te animas a escribir una… ¿para quién es?
    - Para el que va a quitarte todo lo que te sobra.
    - Aun no sé que te doy para que tengas ganas siempre.
    - Antibióticos de tiempo.

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  • norgodian

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    No me encuentro bien. Siento la presión cada vez más, creciendo desde mi interior. Creo que aquel gas con el que nos atacaron ha comenzado a afectarme. Noto cómo se extiende, cómo esa mierda me está destrozando poco a poco.

    Soy el último. He visto a todos los demás ir cayendo reventados, cazados sin piedad, uno a uno. Naa Bhot fue el último, justo antes de acceder a este recodo en el que me atrinchero a la espera de que acaben entrando y vengan a por mí. Pobre Naa Bhot, sólo le quedaban dos meses para jubilarse.

    La atmósfera es sofocante, apenas puedo concentrar mi atención en lo que debo hacer. O quizá no quede nada por hacer. Todo está perdido.

    Fuimos tan grandes… estuvimos tan cerca de conquistarlo todo, de hacer de estos rojos parajes nuestro dominio… Fuimos imprudentes y orgullosos. No supimos ver nada de lo que estaba ocurriendo ahí fuera. Nos confiamos. Y ahora soy el último, ahora estoy solo.

    Ya llegan. Oigo el rechinar de sus mecanismos. En nada estarán aquí enfundados en esas espantosas armaduras blancas con su aséptica presencia, impávidos y eficientes. Los antibióticos.

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  • Victoria

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    Él no entiende qué tanto hay que pensar. La fugacidad de los hechos no permite conservar una actitud ni un ánimo determinado ante nada. Todo asciende y decae, asciende y decae…

    Bajo estos pensamientos y una intensa lluvia, camina por la ciudad con la mirada fija en el suelo para evitar tropezarse, incluso con sus propios pies; y se pregunta si las personas con las que se cruza son conscientes del dilema de sus elecciones. Solo alcanza a ver semblantes que poco clarifican sus ideas.

    Sin aminorar la marcha que le devuelve a casa, empieza a recitarse algunos consejos que le ayudan a no resbalar en el mojado pavimento:

    …No interpretes los gestos de otros.

    …Deja que sus palabras se expresen.

    …No pienses en un posible mañana.

    …Siente tu presente.

    Justo antes de llegar a casa, recuerda que debe ir a comprar su antibiótico. La farmacéutica le mirará con desprecio por entrar tan empapado y no poder evitar dejar huellas en su suelo impoluto; pero a él, ¿qué más le da?

    La dichosa gripe ha venido a visitarle como en todos los inviernos, y la ha recibido con lluvia en los zapatos, el paraguas abierto y una sonrisa de esperanza.

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  • Xisca Minart

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    BACTROBAN® Pomada
    Las nueve, llegaría tarde y todavía estaba borracho. Olía a vino y a tabaco, la boca seca como el esparto. Vio sus ojos entelados en el espejo del cuarto de baño y cayó en la cuenta de que se había dejado las gafas la noche anterior en el bar de Paco. Vaya día le esperaba. Tropezó con una palangana llena de biquinis y bragas sucias, y al intentar agarrarse al toallero originó un pequeño seísmo en las estanterías; cayeron al suelo toda suerte de botes y tarros de crema, vacíos, llenos, medio llenos y medio vacíos. Por el resquicio de la puerta comprobó que María seguía durmiendo con la boca abierta al techo y aliviado, prosiguió sus pesquisas por el cuarto de baño. Era María una fiera tremendamente hermosa y su apartamento una auténtica leonera. Menos mal que accedió a dejar en el balcón a su chucho enano. En un vaso poco transparente, encontró dentífrico y cepillos de dientes. Sobre la yema de su dedo índice dispuso cuidadosamente un gusanito de pasta. Un colérico bramido despertó a María. Desorientada, miró su reloj, saltó de la cama y corriendo descalza hacia el balcón gritó: “¡Kimi, cariñito mío, es la hora del antibiótico!”

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  • Ganador Premios Monóculo de Oro II | Unfollow Magazine

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    [...] Perro con Monóculo el 10/02/2013. Posteado en Relatos Queridos amigos, ya tenemos ganador de la II edición de los premios Monóculo de Oro.  Recordad que el ganador se lleva el libro “Me llaman Capuchino” de Daniil Jarms (regalo de [...]

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  • Gurski

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    Buenas Me ha gustado bastante tu noticia asi que pense en dejarte un saludo. He tomado tu feed para no perderme tus articulos. Saludos desde Cadiz

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