Carmen Pacheco

Pospongan el Apocalipsis, no sé si darle al “Me gusta”

Escrito por Carmen Pacheco el . Posteado en Columnas

Llevo suficiente tiempo sin pisar un andén de metro como para que al hacerlo, y dejar la mirada suspendida mi visión a lo lejos, tiemble y ondee, no por el efecto del calor, sino de la memoria. Por un segundo, bien podría ser 2005 o incluso 1999 y eso me provoca un escalofrío de terror. No quiero volver al pasado, que se joda el pasado, que se joda la nostalgia. ¿Por qué lo pasado debería parecerme mejor? ¿Porque era más joven? Bueno, sí, y también más imbécil. Mientras no empecemos todos a cagarnos encima, la juventud física me parece un matiz sobrevalorado.

¿Pero qué hay en el presente que me haga aferrarme a él con tanto ahínco? No es que el presente de estos días sea el mejor lugar en el que estar. Yo aún no lo sé, porque el metro ni siquiera ha llegado, pero en unos minutos veré a una mujer que se pasea por los vagones con una notificación de desahucio colgada del cuello y un puñado de pulseras que vende para comer. El presente no está siendo una fiesta.

Capturo el sentimiento y lo pongo sobre mi mesa mental de autopsias para examinarlo. Las conclusiones del análisis son indignantes. ¿De verdad es tu iphone, tus aplicaciones web, tus redes sociales lo que te hacen tan feliz en el presente, Carmen? ¿Es esa mierda superficial por la que miras al pasado de hace cinco años como si fuera una época medieval de incomodidad y barbarie? ¿En serio? ¿EN SERIO? Por favor, abandona este cuerpo.

El tren llega y me subo al vagón escandalizada. Pero no hay duda, es eso. No querría volver cinco años atrás solo por no tener que desprenderme de mi teléfono con conexión a internet.

Miro a mi alrededor. En la parte del vagón en la que me encuentro hay una china mirando unas fotos en su móvil y un señor sentado a su lado a punto de romperse una vértebra con tal de atisbarlas. En los asientos de en frente un niño da instrucciones precisas a su padre de cómo tiene que operar en un juego sobre la pantallita que ambos miran.

A mi derecha alguien toquetea también su móvil, y a mi izquierda, una mujer rumana despliega un folleto de papel ­–material milenario– con fotos y precios de smartphones y se la muestra a una amiga sentada en frente. Lejos de representar ese temido escenario lleno individuos aislados por las nuevas tecnologías, en el vagón hay más trajín que en una corrala.

Me sumerjo sin reparos en mi propia pantalla. Mi prima ha actualizado su estado con la foto de la página de un libro. El fragmento dice:

Gabriel pensaba que las familias eran otro invento extravagante de Dios. Nada provocaba a la gente más alegría y a la vez más preocupación, más entusiasmo y a la vez más espuma de rabia en la boca que la familia. La vida de los humanos, pensó Gabriel, sería mucho más sencilla si, en temas de reproducción y crianza, Dios los hubiera concebido como a las lombrices de tierra.

A mi prima la he visto hace apenas una semana en el funeral de mi abuela. Después de varios años sin tener apenas contacto nos habíamos escrito justo una semana antes. Estoy al tanto de su vida y ella de la mía porque nos tenemos en Facebook, pero sentí el impulso de escribirle al ver una actualización. No fue su nombre, ni un comentario, ni una foto de ella rodeada de gente, sino la imagen de mi prima sonriendo mientras se liaba un cigarro lo que activó un mecanismo de añoranza implacable que hizo que le escribiera en ese mismo momento y le pidiera que nos viéramos. Quedamos en reunirnos a la semana siguiente, y unos siete días después, entre lágrimas y abrazos de consuelo nos dijimos que vaya ironía del destino venir a hacerlo de esta manera.

¿Debería darle a “me gusta” en ese texto que ha compartido mi prima? ¿Sería como decir que sí, que viviríamos más felices como lombrices, sin familia, sin que por lo tanto ella y yo fuésemos primas? ¿O dándole a “me gusta” le estaría mostrando mi apoyo, le estaría diciendo “te entiendo y sé exactamente por qué pones eso, entiendo la alegría y entiendo el dolor”? ¿De verdad lo sé o lo estoy malinterpretando? ¿Lo sabe mi prima o ha puesto ese fragmento porque lo estaba leyendo y le ha parecido curioso y no ha reflexionado más de un segundo al respecto? Mi dedo pulgar se encuentra suspendido en el aire, indeciso. Una interacción directa que concretara mis dudas está fuera de cuestión. Sólo puedo darle a “me gusta” o hacer como que no lo he visto. Son las dos únicas opciones válidas.

El niño que jugaba en el móvil con su padre pasa por mi lado y antes de bajarse del vagón, alarga su cuello de nativo digital y mira mi móvil sin ningún disimulo. No me observa a mí, ni a mi ropa, ni a mi aspecto, ni trata de sacar conclusiones a partir de mi apariencia. Lo único que le importa es lo que hay en mi pantalla. Trata, directamente, de asomarse a mi mundo.

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Carmen Pacheco

Carmen Pacheco ha publicado varios libros para el público infantil, escribe en distintos medios y colabora como guionista en el webcomic Let's Pacheco! Actualmente, reside a tiempo completo en internet. Carmenpacheco.es @carmen_pacheco

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