Adolfo Valor

Tardes con Matilde

Escrito por Adolfo Valor el . Posteado en Columnas

Conocí a Matilde en un tiempo cuando las cosas eran más sencillas y los besos más voluptuosos. Yo acababa de llegar a la capital para estudiar agrónomos y ella era ya toda una leyenda en la facultad gracias tanto a la rotundidad de sus piernas como a su pasión por el revisionismo.  Como era el primero de mi familia en estudiar una carrera, mi formación cultural era más que limitada. Matilde, en cambio, escribía en revistas como Tanteos y Ayeres con la facilidad con que otras se apuntaban a yoga.

En nuestra primera cita me llevó a la filmoteca a ver “El Nacimiento de una Nación”. Cuando el líder del Ku Klux Klan apareció en la pantalla, pude ver por el rabillo del ojo cómo a ella se le escapaba una lágrima. Al salir la acompañé hasta su colegio mayor, deseando que la noche no acabara nunca mientras ella recitaba de memoria pasajes enteros de Oriana Fallacci. Reuní el valor para confesarle que no había leído nada suyo y ella respondió  echándome el humo de su pall mall en la cara. La besé con los ojos cerrados. Me coló de tapadillo en su cuarto, cuidando de que ninguna monja nos descubriera. Dejó caer mi cuerpo sobre la cama con la soltura de un transportista y, en el tiempo que yo tardé en desabrochar su sostén, ella sacó su zippo del bolso y quemó mis pezones con dulzura. Metió mi cabeza bajo su axila, ignoro si por puro placer o para tapar el eco de mis sollozos, y tras mi rechazo inicial acabé rindiéndome a lo cómodo de la postura, quedándome dormido allí mismo.

Durante el resto del año no hubo sitio al que no fuéramos juntos: por la mañana asistíamos rigurosamente a Fertilidad de los Suelos 1 y por la tarde la acompañaba al campo de tiro donde no tardó en sacarse su licencia de armas. Puedo decir sin temor a equivocarme que, por primera vez en mi vida, experimentaba una felicidad plena. Pronto nos convertimos en la comidilla de la facultad. Mis compañeros de clase, corroídos por los celos, criticaban que pasara tanto tiempo con ella. ¡Pero qué me importaba lo que dijera la gente mientras pudiera estar cerca de Matilde! En nuestro primer aniversario, le compré un perfume francés con lo que había ahorrado trabajando los fines de semana. Ella me regaló un puño americano y un cd de Manolo García.

Conforme el tiempo avanzaba, Matilde me hizo también partícipe de sus proyectos culturales. Cuando me pidió que la ayudara con la producción de su primera obra de teatro mi corazón estuvo a punto de explotar. Se trataba de una representación de la noche de los cuchillos largos donde ella interpretaba todos los papeles. El día del estreno, antes de que la policía cerrara el teatro, nos abrazamos bajo la luz de los focos y nos juramos amor eterno.

Muchas noches nos quedábamos despiertos hasta el amanecer, ella rememorando las glorias de un pasado que nunca llegó a conocer y yo untando pomada sobre mis quemaduras.

Era una tarde de enero cuando pasé por delante de una joyería y sentí el impulso irrefrenable de comprar un anillo de compromiso. No sabía de qué íbamos a vivir, sólo sabía que la quería. Cuando llegué a la facultad, la Guardia Civil aún no la había metido en el furgón de atestados. En cualquier otro país un catedrático de Agronomía habría puesto a Matilde matrícula por su complejo sistema de irrigación, pero aquí Don Miguel Monterde la denunció por querer contaminar los depósitos de la ciudad con botulina. La condenaron a seis años. Los dos primeros la visité todos los fines de semana. El tercero me mandó una carta en la que anunciaba que había montado una secta en su módulo y me prohibía volver a verla jamás.

El mes pasado la vi por la calle. Ahora tiene una tienda macrobiótica y es feliz. Jamás he sentido por otra lo que sentí por ella.

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Adolfo Valor

Adolfo Valor es guionista. Ha escrito pelis como Promoción Fantasma y programas como El Intermedio. Actualmente desarrolla proyectos secretos para Spectra.

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