Ilustración de Hughes, columnista de UNFOLLOW. Ilustración de Gabriel Salvadó

Correr

Escrito por Hughes el . Posteado en Columnas

Empecé a correr al tiempo que me inventaba una extraña dieta: la de la sopa. Ingería solamente sopa, sin seguir consejo alguno. Pensaba yo, ignorante de que el fideo también es hidrato (para mí, entonces, el hidrato era sólo el misterioso protagonista de esa canción, deliciosa cara b de Manic Street Preachers, Mr. Carbohydrate), que así conseguiría afilar mi cuerpo, esbeltizándome. Nada sabía de dietas, de proteínas. La sopa me llevaría a estar cañón.

Yo era valenciano, proyecto de tete, pero quería llegar a tete comiendo sopas.

Pronto encontré en ello una confortación espiritual. Había un placer mortificante en la dieta de la sopa. No era dieta, era un voto de pobreza y yo me imaginaba que tomaba mis fideítos en una escudilla de preso o monje de clausura.

-Hijo, ¿te preparo otra cosa?

-No, mamá, sopa y si acaso me partes un pepino.

Pronto me empezó a sobrar la sal del pepino.

Y entonces, en ese clima ascético, decidí correr. Lo hacía de noche, antes de irme al trabajo. No había nadie en las calles. Los panaderos y yo. De hecho, correr lo tengo asociado a una intensa sensación de peligro. Cuando empiezo a trotar me pongo alerta, se me disparan los pezones y se me encoge el miembro. Correr es intensificar el riesgo urbano.

A las seis de la mañana en las afueras de Valencia uno teme al loco o al ladrón, pero por el día están los perros. La playa, los paseos, los parques están llenos de perros sueltos mientras sus dueños alternan. Básicamente, la gente a partir de los treinta y cinco años o pasea niños o pasea perros y los parques están divididos en esas dos áreas. Incluso hay gente que pasea las dos cosas. La vida social es la zona canina o la zona infantil del parque. La gente habla, se conoce. Puede que hasta liguen, pero siempre en esa zona acotada. Luego están los que corren, los ascetas, que son gente condenada a pasar de largo.

Los parques, que yo atravieso a toda pastilla, pero con la oreja puesta, tienen ahora la fascinación que tenían las discotecas en mi adolescencia o los clubes de intercambio en mi primera juventud.

Es como un 101 dálmatas con tensión sexual.

Quiero tener un hijo para meterme en esos círculos llenos de milfs y potenciales colegas con los que tomar cervezas y tener conversaciones sobre cómo el niño llena nuestras vidas de regocijo metafísico.

Esa gente es dueña de una felicidad cerrada de la que excluyen al que no es padre.

¿Por qué no hay una palabra para el que no tiene niños?

Somos seres innominados.

El caso es que antes de llegar al perro, enemigo natural del runner, yo me repito siempre lo de que no debo temer, que el temor lo huelen, pero no hay día en que no salga uno detrás de mí como en la cacería del zorro.

Esto del perro es quizás lo único malo de correr, aunque también me molesta el rollo trascendental. Recuerdo vagamente las páginas de Mailer describiendo el día en que salió a correr con Mohammed Alí. Se sorprendía de lo lento que iba. Mailer era un completo fantoche hasta en el running. Sus sesiones deportivas, sin embargo, eran “un ajuste del ego”. Yo prefiero esa visión de correr, o la de Cioran, la alegría de la velocidad de la sangre, antes que la de Murakami.

Murakami, autor de De qué hablo cuando hablo de correr, es un corredor abrumadoramente serio. Corre hasta perder la conciencia, hasta que su voz interior se funde con su respiración (a mí la voz interior se me confunde con el rozar de los muslos, cada cual tiene su epifanía personal). Esto, bien mirado, es una especie de romanticismo. El artista busca la alteración de la conciencia, pero en lugar de la droga usa el deporte.

Ciertamente, hay una forma de redención. Yo antes de correr y tomar sopas dividía mi vida en dos actividades: imitar a Jota de Los Planetas por las noches e imitar a Juan Manuel de Prada por el día.

Mi cuerpo vivía en esa tensión.

Cómo se ha maltratado el cuerpo desde la (contra)cultura.

Yo tenía que decidir: ¿un torso erudito y un culo roquero o viceversa?

De eso quise salir corriendo.

El caso es que Murakami lleva lo de correr a un sacerdocio y como si fuera el Coelho del correr ha dado alas a una secuela de reportajes y declaraciones de ese estilo: el correr orientalista y la autoayuda del salir pitando.

La gente quiere darle trascendencia a correr convirtiéndolo en un acto de reflexión. Una especie de meditación. Un yoga dinámico.

Al tipo físico africano del corredor de fondo, que ya cargaba una dudosa literatura, Murakami le ha dotado de un discurso raro: un ser maniáticamente metódico en la disposición de sus rituales y, a la vez, muy trascendental.

Uno ve a un keniata corriendo y es un keniata corriendo. Una sombra negra que cruza la sabana de modo natural. Cuando aparece un corredor en España yo veo a un intenso maniático que encima ahora persigue un nirvana. Son como voluntariosos sudorosos, hipertróficos de la constancia, con un total look Decathlon.

Mailer decía que correr era un equilibrio difícil entre piernas y corazón. O fallaban unas u otro. Y esta visión era real. Correr, como casi todo, es precario, dudoso.

El tipo de corredor chamánico  es muy de cintas de gimnasio (donde no hay perros, aunque hay otras cosas). La persona que se pone el ipod, mira al infinito y entra en trance. Correr al lado de un hare-krishna en mallas es bastante incómodo. Uno empieza a girarse, asombrado, o a mirar de reojo y pierde pie.

Perder pie en la cinta, ahora que lo pienso, es una metáfora para el fracaso contemporáneo.

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Hughes

De formación no periodística, rompió a escribir sobre actualidad hace un año. Mantiene el blog losobjetosimpares, que ya hay que tener moral, y escribe en ABC. Por alguna razón imprecisa, dado que aún es joven, le gusta este verso de Gerardo Diego: y a la luz derivada del periódico yo no me siento viejo. http://losobjetosimpares.blogspot.com.es/ 

Comentarios (5)

  • TheoSarapo

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    Cioran corría?

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  • Margarita

    |

    Gracias. Me ha hecho reír y te he comprendido perfectamente. Yo corro para sentirme bien cuando acabo de correr, pero siempre siento una pereza infinita antes de salir. Lo mismo me pasa cuando debo sentarme a escribir, que trato de posponer el momento de empezar y por eso tengo la casa tan recogidita y tan limpia.
    Me gustaría leer el artículo de Mailer al que haces referencia.
    Gracias.

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  • Norman

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    Siempre me ha producido rechazo ponerme a correr. Después de lo leído casi me ha entrado miedo. Gracias por el artículo.

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  • Marta

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    Yo es que a pesar de no tener ni perro, ni niños.. tampoco voy a correr, pero sí… tienes toda la razón: los solteros sin hijos ni perro (y/o gato, que no da para tanta vida social, pero puedes comentar por internet) somos los parias de este mundo nuestro.

    Y de los corredores… soy la hermana pequeña de dos flipados del deporte, uno atleta el otro ciclista, de los de antes, de los que, mientras yo leía libros y aprendía inglés, ellos iban a entrenar. Lo hacían antes de que existiera el Decathlón y lo seguirán haciendo cuando ya no exista (¿llegará ese momento?), creo que siguen buscando ese “equilibrio difícil entre piernas y corazón” y no publicar en Twitter cuantos kilómetros han hecho hoy gracias a la app de Nike. Esos molan (moláis), los otros… yo me canso sólo de leerlos..

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