Las Humanidades al rescate de la Universidad: el programa de los “Grandes Libros”

Escrito por Mario Crespo el . Posteado en Monográficos

En tiempos de especialización creciente, ¿tiene sentido basar la enseñanza universitaria en la lectura reposada de los autores que han dado forma a nuestro mundo, desde Homero hasta Einstein? En Estados Unidos muchas universidades creen que sí: prescinden de los libros de texto para estudiar directamente las obras esenciales.

“Sócrates era un hombre de firmes principios, Jojo. Prefirió suicidarse a… Bueno, sea como sea, tenía que ver con sus principios. ¿Y sabes una cosa, Jojo? Eso es lo único que te hará falta saber acerca de Sócrates en toda tu vida. Eso es lo único que le hace falta saber a nadie. Aún eres muy joven para entenderlo, pero te bastará con tener una vaga idea de quiénes son unos personajes cuando salgan sus nombres en una conversación. Y tampoco vas a conocer a nadie que sepa más que eso, salvo por algún que otro empollón, que en cualquier caso es gente que no cuenta para nada”. Son palabras de Buster Roth, profesor de la Universidad de Dupont. En realidad Dupont no existe, aunque se parece inquietantemente a cualquiera de las universidades de la Ivy Leage: es el escenario principal de la ácida novela ”Soy Charlotte Simmons”, de Tom Wolfe. Uno de los padres del Nuevo Periodismo lanza en su libro una dura requisitoria contra la universidad de hoy, menos universal que nunca: la pinta como un refugio de lo vacuo y de lo frívolo, lejos de cualquier amor por el saber.

 

Portada de “La Odisea”, de Homero. Licencia Creative Commons: Jemimus

La preocupación de Wolfe no es nueva. A comienzos del siglo XX ya existía un cierto estado de alarma entre las élites intelectuales norteamericanas, que consideraban que el mundo universitario estaba perdiendo su naturaleza humanística para convertirse en una escuela de especialidades profesionales. La discusión la abrió John Erskine, de la Universidad de Virginia, pero fueron Mortimer Adler y Robert M. Hutchins quienes dieron forma al movimiento de los Grandes Libros en Chicago y configuraron una sólida selección de obras. Poco después, Scott Buchanan implantó el método en el Saint John’s College, una histórica universidad que había perdido la acreditación por sus problemas financieros y necesitaba una reforma en profundidad. Todos ellos proponían una solución radical: recuperar las fuentes primarias como herramienta básica del aprendizaje frente a los libros de texto. Entendían la civilización occidental como una “gran conversación” entre grandes autores, desde la Grecia clásica hasta la actualidad, y creían imposible parcelar este diálogo en compartimentos estancos. El resultado es una educación multidisciplinar, que obliga al alumno a trabajar directamente con los textos filosóficos, literarios y científicos que han configurado nuestro modo de pensar y de vivir.

Pero pronto llegaron tiempos agitados. La II Guerra Mundial y la Guerra Fría ahogaron en parte esta corriente e inauguraron una era de predominio de lo técnico y de lo especializado en las universidades de EEUU. Esta tendencia se solapó con otra algo posterior, la politización de los campus, que llevó las inquietudes estudiantiles hacia las preocupaciones inmediatas (la Guerra de Vietnam, la amenaza nuclear, los derechos civiles, la ecología) en detrimento de la cultura elevada. Sin embargo, los defensores de los programas humanistas persisten. Muchas universidades estadounidenses incluyen los Grandes Libros en su “core curriculum”, su núcleo formativo obligatorio. A su vez, en las últimas décadas ha surgido una constelación de pequeños colleges especializados en educación humanística.

El movimiento de los Grandes Libros no es, en realidad, un fenómeno aislado. Se encuadra en una corriente intelectual amplia que reclama un regreso de las “artes liberales”, esto es, de la formación humanística clásica. Sus defensores creen que la universidad debe estar orientada a la búsqueda de conocimientos universales, de explicaciones y respuestas coherentes a las realidades del mundo de hoy, y no al mero adiestramiento profesional. En este contexto, los programas de Grandes Libros, tan debatidos en la actualidad, son sólo un pequeño campo de batalla en la gran guerra cultural: ¿debe la universidad aspirar a la excelencia humanística o ha de limitarse a formar profesionales eficientes?

 

De Aristóteles a Marx

La Biblia, la Política de Aristóteles, El Quijote, El contrato social de Rousseau, la Divina Comedia, las Reflexiones sobre la Revolución Francesa de Burke, La riqueza de las naciones de Adam Smith, la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres de Kant, el Manifiesto Comunista o  Las aventuras de Huckleberry Finn son algunas de las obras incluidas en el programa del aludido St. John’s College, con campus en Maryland y en Nuevo México. Los títulos se repiten en la práctica totalidad de los programas. Según proclama el Thomas Aquinas College, su canon “se compone exclusivamente de los textos fundamentales que, para bien o para mal, han configurado la Civilización Occidental. Todos ellos hablan de la realidad de la experiencia humana, una realidad que trasciende el tiempo y el espacio”. En las listas predomina la filosofía, pero también tienen cabida la novela, la poesía, la historiografía y el ensayo científico.

Hay cuatro pequeñas universidades que se basan exclusivamente (o casi) en los Grandes Libros, obligatorios para todos los alumnos: los citados Saint Johns’s y Thomas Aquinas, el Gutenberg College (Oregón) y el diminuto Shimer College (Illinois), que no llega al centenar de alumnos. En la Universidad de Chicago, tierra natal de los Grandes Libros, todos los estudiantes han de cursar un “common core” obligatorio que incluye la selección de Hutchins y Adler (aunque su peso se ha reducido progresivamente), al igual que en otras universidades. Muchas proponen los Grandes Libros como un contenido opcional o como parte de sus programas humanísticos. En la lista hay instituciones religiosas y laicas, de tendencias liberales o conservadoras y de orígenes muy distintos. El programa también puede cursarse de modo virtual gracias a centros como The Angelicum Academy.

 

Portada de “El príncipe”, de Maquiavelo. Licencia Creative Commons: Adrian Clarck

Partiendo de los textos y de la discusión, con una metodología multidisciplinar, cada institución matiza el enfoque. Por ejemplo, todos los alumnos del St. John’s College reciben las mismas clases: cuatro años de griego clásico y francés, cuatro de matemáticas, cuatro de estudios interdisciplinares, tres de ciencias (biología, física y química), un año de música y una conferencia semanal. Por su parte, en el Gutemberg College se estudian dos de griego clásico, dos de alemán, dos de matemáticas, dos de Civilización Occidental, dos de Gran Conversación (lecturas en profundidad), cuatro de “microexégesis” (análisis detallado de textos difíciles) y clases prácticas de física, biología, química o artes. En general, todo gira alrededor de los libros. De la mano de Maquiavelo, pongamos, se estudian los cambios en la ética moderna, mientras que Newton o Einstein sirven como base para analizar la evolución de la ciencia.

En la práctica, es cada profesor quien concreta el acercamiento a los textos. Y los profesores han sido tan ilustres como el filósofo Leo Strauss, que se apasionó por el sistema. En su reciente biografía, Gregorio Luri explica la mécanica de sus lecciones:Strauss no hacía grandes descubrimientos ni proponía teorías revolucionarias en sus clases. Simplemente leía, poco a poco, con el máximo respeto por el texto, recogiendo todos los detalles, acumulándolos y acompañando con ellos la lectura de cada nuevo párrafo para ir avanzando a la vez lineal y acumulativamente. Tenía todo en su mente y eso le permitía profundizar más y más en el texto para arrancarle nuevas interpretaciones”.

 

¿Monolíticos o relativistas?

Sin embargo, el lento crecimiento de los Great Books Programs no suscita unanimidad en EEUU. Su origen y su funcionamiento están en el centro del debate sobre la función de la universidad en el país.

Desde la trinchera progresista, los defensores de lo políticamente correcto denuncian el carácter cerrado de la selección de libros. Norman Davis, por ejemplo, considera que el canon habitual adolece de una sobre-representación de las letras anglosajonas en detrimento de otros ámbitos culturales. Según su cálculo, en la selección de libros de la Enciclopedia Británica, modelo para varias universidades, de un total de 151 autores había cuarenta y nueve británicos o estadounidenses, veintisiete franceses, veinte alemanes, quince de la Grecia clásica, nueve de la antigua Roma, seis rusos, cuatro escandinavos, tres españoles, tres italianos, tres irlandeses, tres escoceses y otros tres provenientes del Este de Europa. Por otra parte, algunos denuncian también la escasez de mujeres o de las llamadas minorías raciales. En respuesta, Adler sostuvo que su selección se basaba exclusivamente en la importancia de los libros y no en cuotas ni cálculos matemáticos de ninguna clase.

Frente a la tesis anterior, algunas voces conservadoras denuncian precisamente lo contrario: el peligro del relativismo. Para autores como Patrick Deneen, profesor de Georgetown, someter al alumno a una sucesión de sistemas de pensamiento opuestos (del tomismo a Nietzsche, del Quijote a Freud) sólo puede sembrar dudas en la mentalidad del alumno, que podría considerarlos todos igual de válidos. La mixtura de ideas se ha plasmado en una divertida definición de la Universidad de Chicago: “Una universidad baptista en la que profesores ateos enseñan filosofía católica a estudiantes judíos”. Los defensores de los Grandes Libros, por su parte, argumentan que el programa será relativista si lo imparten profesores relativistas y no lo será si tiene raíces firmes, al igual que ocurre con la educación con fuentes secundarias.

Portada de “La Divina Comedia”, de Dante. Licencia Creative Commons: Stefano Maffei

La tercera amenaza, quizás la más peligrosa para la pervivencia de los programas, es el pragmatismo. En 1998, el economista Hugo F. Sonnenschein, a la sazón presidente de la Universidad de Chicago, propuso una reforma del curriculum para reducir el peso de la formación humanística, con el fin declarado de aumentar el número de estudiantes. El intento chocó con las protestas masivas de profesores, alumnos y donantes. Sonnenschein dimitió en 2000, agobiado por las críticas, pero desde entonces, con menos ruido, los cambios han ido reduciendo en Chicago la carga lectiva de los Grandes Libros. Es una tendencia constante en las grandes universidades, que se han ido decantando por lo práctico y lo rentable. No ocurre así con las universidades de pequeño tamaño, muchas de ellas creadas recientemente, que defienden un mayor peso de lo humanístico.

Frente a las variadas críticas, los partidarios de los Great Books sostienen que su método enseña a leer y a razonar, educa en la libertad y aporta una formación completa, lejos de la hiperespecialización. Otro argumento: la lectura pausada de los clásicos combate la cronolatría, la inclinación a creer que lo actual es siempre superior a lo antiguo, que las ideas posmodernas son siempre una superación del pensamiento anterior. En suma, el gran argumento a favor de este experimento educativo es la formación del criterio del alumno: ¿quién necesita los libros de texto pudiendo leer de primera mano, y con ayuda de un buen profesor, a Homero o a Faulkner?

 

¿Y en España?

En los exámenes de doctorado de nuestro Siglo de Oro, los candidatos no sólo debían probar el conocimiento de su propia materia, sino que se sometían a las preguntas del claustro de profesores de la institución y debían reaccionar ante preguntas de lenguas clásicas, filosofía, teología, astronomía o medicina. La situación actual no puede ser más distinta. Pese a los esfuerzos de  pensadores como Ortega y Gasset y de movimientos como la Institución Libre de Enseñanza, el sistema universitario español ha ido experimentando una especialización progresiva y constante desde el XIX. La enseñanza humanística se encomendó a la educación secundaria, donde ha ido perdiendo terreno en las distintas reformas en favor de asignaturas de nueva creación.

De hecho, las reformas más recientes de la legislación universitaria van en una dirección diametralmente opuesta: tienden hacia una mayor especialización, lo que incluye la creación de grados y másters cada vez más concretos y sectoriales. La Declaración de Bolonia de 1999 expresaba su deseo de que “los sistemas de educación superior e investigación se adapten continuamente a las necesidades cambiantes, las demandas de la sociedad y los avances en el conocimiento científico”, una pretensión difícilmente conciliable con la lectura pausada de los clásicos.

Entre las razones del rechazo de los sistemas de grandes libros está, en primer lugar, la burocratización de las universidades españolas, que las hace poco propensas a los experimentos, a los riesgos y a todo lo que pueda reducir el número de alumnos. Por otra parte, la  dialéctica anti-elitista de nuestro sistema universitario, que busca facilitar el acceso de todos (o casi todos) a la educación superior, choca frontalmente con la concepción de la universidad como un reducto selecto del saber. Un tercer escollo, como en el caso de EEUU, es la búsqueda de lo práctico, es decir, de la mejor cualificación profesional: quizás nuestros días, con un 57,6% de paro juvenil en enero de 2013, no sean los más apropiados para animar a los jóvenes al estudio por mero amor al conocimiento.

La Universidad Tomás Moro de Madrid es una excepción en este panorama, algo que en parte se explica por la particularidad de su alumnado: el centro se dirige exclusivamente a alumnos mayores de cuarenta años que cursan estudios por puro deseo de aprender, sin motivaciones profesionales. Desde la creación del centro se imparte una asignatura de Grandes Libros coordinada por el profesor Manuel Abella. En su selección de doce obras están OvidioPetrarca, Pushkin o Gabriel Miró, entre otros. Según el centro, la asignatura se propone “situar la obra en el contexto histórico, social y cultural en que surgió, actuando así a manera de curso interdisciplinar que permita al alumno aplicar a la lectura y comentario de estos textos los diferentes conocimientos que adquiere en otros cursos”. Por lo demás, las iniciativas de lectura de clásicos en España se sitúan fuera del ámbito curricular, en colegios mayores o en asociaciones culturales.

Más allá de su importancia intrínseca, los programas de Grandes Libros son un desafío para el mundo universitario, que sufre hoy una crisis de identidad. En plena tormenta financiera, debemos decidir si alguien puede salir de la universidad sin haberse tropezado jamás con un párrafo de Cicerón y si, como opinaba Buster Roth, a un universitario le basta con tener una idea vaga y epidérmica sobre los hombres y los libros que han moldeado nuestro mundo.

 

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Mario Crespo

Mario Crespo (León, 1987) es licenciado en Derecho y escritor. Ha coordinado el libro de relatos El hilo invisible (Editorial Vita Brevis) y colabora habitualmente con diversas revistas culturales.

Comentarios (3)

  • Angel Ruiz

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    Excelente artículo. Ojalá hiciésemos aquí algo así.

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  • Mario Crespo

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    Muchas gracias, Ángel. Merecería la pena intentarlo, aunque no soy demasiado optimista.

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  • Chaviol

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    Mucho me temo que tu falta de optimismo esté justificada. hoy por hoy la necesidad de encontrar empleo condiciona la mayoría de nuestros objetivos. La cultura, con mayúsculas, cada vez tiene menos importancia. No hay ni tiempo ni ganas para leer, no digo ya para escribir. Los libros acabarán siendo un recuerdo, cuando no un problema; acordaos de Fahrenheit 451. Sin ir más lejos, ¿Cuántos españoles han leído el Quijote?; no quiero ni pensarlo, ni saberlo. Gracias por tu artículo.

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