Corresponsales, crónica de una muerte anunciada

Escrito por Carlos Camino el . Posteado en Reportajes

“El periodista destacado en un lugar sabe lo que ve, mientras que el jefe, que está en Madrid o Roma, tiene la información de varias fuentes. Al final, el periodista, en vez de llevar a cabo sus investigaciones, se dedica a confirmar lo que el jefe le pide desde la redacción. El sentido del trabajo ha cambiado mucho”. El 23 de enero de 2007 fallecía Ryszard Kapuscinski, maestro de periodistas, Moisés de los corresponsales. Alejado de las revoluciones que él narraba con pasión en sus crónicas, este reportero polaco asistía antes de morir a otra revolución que estaba llevándose por delante el oficio que se encargó de mimar durante toda su carrera: el de corresponsal.

En lo alto de la sección de Deportes de la destartalada sede de la Agence France Presse en la plaza de la Bolsa de París, un letrero ilumina a sus periodistas: “Mejor tarde y bien, que pronto y mal”. Un motto extraño para un lugar en el que la velocidad es una cualidad apreciada y que intenta desembarazarse poco a poco de sus restos del pasado, de sus impresoras de teletipos consumidoras de papel, de los dictáfonos y de otros cachivaches testigos de la historia del periodismo. La AFP sigue contando con la red de sedes más extendida del mundo, mitad reminiscencia colonial, mitad reminiscencia periodística.

Ryszard Kapuscinski, Moisés de los corresponsales.

La AFP teme la tijera. Sabe que tarde o temprano llegará, pero mientras tanto sigue siendo un refugio para muchos exiliados que sueñan con libros de reporteros y con firmar una noticia que incluya el nombre de una ciudad extranjera detrás del suyo. Así, pues, un día pasaron por allí Mario Vargas Llosa o el ex primer ministro François Fillon, pero también nombres más modestos, familiares, a veces, para los que todavía miran quién está detrás de un artículo. Vincenç Batalla, por ejemplo, aprovechó su paso por AFP para apoyarse en su sueño de ser corresponsal en Francia, pues a finales del siglo XX, cuando él llegó allí, ya se empezaba a imponer en los medios la dictadura de “trabajar a la pieza”, una forma barata de tener corresponsales que obliga al periodista a rebuscar mucho para ganarse sus habichuelas.

“Hay tres tipos de corresponsales: aquellos a quienes la empresa les paga toda la logística, incluida la casa; los que disponen de un contrato, pero de carácter local, y que, por tanto, tienen que pagarse la logística doméstica; y los que no tienen ningún tipo de contrato y cobran a tanto la pieza”, explica Vicenç a los ajenos a la aventura, mientras concreta que él siempre ha estado en el tercer grupo. Vicenç no llega a los 50 y tras un paso por diversos periódicos catalanes y una aventura en la organización de eventos musicales, dio el paso más grande de su vida viajando a París. Allí coordinó sus pasos con un contrato temporal por la AFP, con diversas experiencias en medios como Ona Catalana, El Punt, la Agencia Catalana de Noticias o Punto Radio entre otros.

En verano de 2008 salió por última vez del edificio de AFP, poco después también dejaba el devastador mundo de los corresponsales para intentar tener un poco de calma y un trabajo estable, sin dejar Francia, pero esta vez en la plantilla de Euronews (Lyon). Vincenç cuenta la historia de corresponsal a corresponsal, en ese tono mezcla de rabia, desilusión y pasión: “El modelo de los corresponsales de plantilla está en vías de desaparición porque, evidentemente, es un lujo para las tesorerías de las redacciones. Catalunya Ràdio, por ejemplo, a causa de los recortes, pasó de tener a alguien de plantilla para sucederme cuando yo ya no acepté más las condiciones, a no tener ahora a nadie. Bravo por la gestión de sus responsables”.

En el cacareado mundo globalizado, parapetado en su periodismo ciudadano, es difícil hacer ver la importancia de un corresponsal cuando en 140 caracteres condesamos una noticia. “Para que la información no favorezca los estereotipos y propague ideas recibidas, el rol del corresponsal es indispensable”, explica Batalla, que cree en un modelo en el que haya “un equilibrio de gastos entre la redacción y el periodista. Y en función de cada país, porque no se puede pagar lo mismo dado los diferentes costes de la vida en cada lugar”. En definitiva, trabajar con contrato de local para el medio en cuestión. La vida de los corresponsales a gastos pagados es un recuerdo de otra época, explica este periodista catalán, mientras que “el corresponsal a tanto la pieza es una figura de transición, para jóvenes, gente de paso o haciendo otras colaboraciones. Nunca una forma de vida única y permanente y menos en estos momentos en que todos los medios están recortando en presupuesto o directamente ya no pagan para las colaboraciones”.

De hecho, Vicenç recuerda sus luchas para colocar alguna pieza más entre los colaboradores del periódico: “Sabes que existe un presupuesto y que para que tú tengas que vender tu pieza, otro compañero tuyo, en otro lugar del mundo, se tiene que quedar sin vender”. En definitiva, una redacción todo en uno, ocupando no sólo el tiempo en las labores de periodista, sino situándose en un mercado, intentando ofrecer el mejor bocado a una familia corta de presupuesto. Una vida demasiado dura como para llevarla hasta la jubilación.

La Arcadia perdida

Tomás Alcoverro es uno de esos corresponsales plenos de los que habla Vicenç Batalla. Alcoverro tiene una edad que hace que le acompañe siempre el adjetivo de maestro. Y es que a sus 70 primaveras, este corresponsal de La Vanguardia observa desde Beirut el ocaso del que fue su oficio, en una zona del mundo en la que los problemas siguen siendo los mismos -al menos cualitativamente – que cuando llegó allí al comienzo de los 70, pleno de ganas y de juventud.

Alcoverro no ha perdido ninguna de esas dos cosas pese a lo que diga su carné. “Me siento francamente un privilegiado. Soy uno de los últimos que ha tenido una buena época como corresponsal. Ya no hay contratos como los de antes, sólo quedan precarios que trabajan a salto de mata”, explica.

Sin embargo, las ganas sí que eran las mismas que las de los aspirantes a corresponsal del siglo XXI: “Lo anhelaba, tenía mucha ilusión. Salir al extranjero tenía muchas ventajas. Lo primero de todo es que no tenía que estar en una situación de censura”.

Ana Salvá en Túnez. FOTO: Buscandohistorias.com

La censura, en todos los sentidos, pues en una época carente de las comunicaciones de hoy en día, la libertad también se refiere a la figura del director o del redactor jefe del periódico. “Ahora hay veces que en los temas te aconsejan o te imponen. Entonces había una absoluta libertad de enviar lo que se creía que interesaba. En la actualidad cada vez se está más vinculado a una redacción central”.

Pero la información internacional vive un declive en todos los sentidos. Alcoverro ve dos razones en la desaparición de los corresponsales: “En primer lugar es la crisis económica de España que fuerza a cerrar los periódicos, por otro lado está el tema profesional. Antes éramos los ojos del periódicos, pero ahora una persona con un teléfono en la mano puede hacer de corresponsal”.

Pese a todos los buenos recuerdos, Alcoverro no cree en la resurrección del oficio: “La firma del corresponsal está muy en declive. Somos dinosaurios. Cada vez hay menos dinero”. Sin embargo, pese a este pesimismo, la raza de periodista se cuela explicando la necesidad del corresponsal: “La gente que compra el periódico ya sabe lo que ha pasado a través de Internet, Facebook, Twitter… pero el corresponsal sigue siendo la persona adecuada para contar lo que ocurre, ya que cuenta con un background y unos conocimientos extraídos de la gente que ha conocido. La gente que se gasta dinero lo hace en esto”.

El periodista inadaptado

“El corresponsal es un inadaptado en su periódico. Muy pocos saben volver. Es difícil integrarse en la estructura de la redacción cuando te has pasado 10, 15 o 20 años fuera, más aún si lo has hecho cubriendo guerras, revueltas, desastres naturales…”. El que habla es David Jiménez, promoción de 1971, corresponsal del diario El Mundo en Asia. Fuera de la redacción desde 1998, esta entrevista se realiza en la distancia mientras él trabaja de viaje por Camboya. “La de Asia es una corresponsalía peculiar, porque cubro cerca de 25 países y algo así como el 60% de la población del mundo. Es difícil aburrirse. Podría vivir tres vidas y no habría contado un 1% de las historias que ofrece este continente”.

Como a todos los corresponsales, su estancia en la redacción produjo un efecto muelle. El sopor actuó como compresor, estallando en la demanda de abandonar la silla y el ordenador : “Trabajé tres años en la redacción en Madrid, haciendo de todo. Cubrí sucesos, información de ciencia, tráfico, temporales… Pero la mayor parte del tiempo la pasaba en la redacción, editando. Pensé que las cosas realmente importantes no iban a pasar entre aquellas paredes. Tenía ganas de cubrir grandes historias, ser corresponsal de guerra y conocer mundo. Estaba harto de ruedas de prensa en ministerios”. Así pues, el resorte no podía tardar en saltar : “Cuando leía la crónica de algún corresponsal en un conflicto, me decía: “Esto es lo que quiero hacer”. Así que un día entré en el despacho del director y le propuse ser su primer corresponsal en Asia, porque era el único sitio donde no teníamos a nadie. Poco después estaba camino del Extremo Oriente, con 500.000 pesetas en el bolsillo y el encargo de abrir la delegación asiática”.

David Jiménez, corresponsal de El Mundo en Asia.

Como un penúltimo mohicano, David Jiménez sigue perteneciendo al cada vez más reducido grupo de los corresponsales de plantilla. Un grupo al que la crisis arrastra hacia la extinción o hacia la degeneración de la especie: “Los periódicos no están seguros de querer tener corresponsales fijos, con todos los gastos pagados y de plantilla. Me parece una duda legítima en tiempos de crisis. Pero la alternativa no pueden ser colaboradores que hacen de corresponsales y a los que se pagan 70, 50 o 25 euros la crónica. Para vivir tienen que trabajar para varios medios o publicar decenas de historias. Trabajan sin tiempo. No hacen llamadas. No van a los sitios. Si para llegar a fin de mes tienes que publicar 45 artículos, terminas mandando cualquier cosa. Como en todo, el material se ajusta a lo que se paga por él. Es lo que denunciaba en mi post Putas y Periodistas”.

La publicación de este post causó una ola de indignación en Internet, aunque sólo fuese el testimonio del perenne funeral que se vive en los medios de comunicación españoles, donde confluyen la crisis económica y la crisis de la profesión. Un luto en la planta de terminales, donde se mezclan el miedo al despido y la tristeza por la conversión del periodismo en un mutante sin sentimientos. “Me parece especialmente grave que los principales diarios nacionales falten el respeto a freelance que están cubriendo guerras u ofrecen material de muy buena calidad. Les dicen: “Tantas líneas, tantos euros”. Como si les estuvieran ofreciendo salchichas. La crisis no puede ser una excusa para remunerar indignamente a los que están en una situación más frágil. Y esto me vale también para el resto de profesiones”.

La lenta extinción de los corresponsales coincide con la tradición española del poco interés por la información internacional. Un reflejo general de la crisis de personalidad que atraviesa el país. Una crisis que no se sabe leer sin el espejo de la información internacional: “El poder es quien provoca la revolución. Desde luego no lo hace conscientemente. Y, sin embargo, su estilo de vida y su manera de gobernar acaban convirtiéndose en una provocación. Esto sucede cuando entre la élite, se consolida la sensación de impunidad”. Esta frase de El Sha de Kapuscinski podría trasladarse a la situación actual pasando de Irán a España o Grecia.

“El desinterés por la información internacional de los medios españoles es muy anterior a la crisis”, explica Jiménez al tiempo que da una de las claves para este hecho: “En la prensa anglosajona no se suele estar pendiente de la actualidad diaria salvo cuando hay una noticia realmente importante. Se espera de él que escriba reportajes a menudo intemporales, propios y exclusivos. Se le concede tiempo para trabajar las historias en profundidad. En España se ha valorado más la cantidad, la presencia. A menudo se valora a los corresponsales en función del número de veces que firman. Para mí eso no tiene ningún valor”.

En el camino del futuro se abre una pequeña esperanza en las palabras de David Jiménez: hace valer la información. Mientras que considera que el crowdfunding es una opción, pero no una solución, centra la cuestión en el medio masivo: “En el caso de los periódicos hemos acostumbrado a la gente a que la información que ofrecemos es gratis. Fue un gran error y está costando corregirlo, porque debes convencer a los lectores de que empiecen a pagar en Internet por lo que les estabas regalando. Al final volvemos a lo mismo: un periódico no puede tener corresponsales viajando por el mundo y no cobrar por lo que producen. Hay que volver al modelo de pago en Internet y que sobrevivan los mejores: los que no tengan un contenido por el que merezca la pena pagar desaparecerán”.

Periodismo en regeneración

Sin embargo, parece que el periodismo no sea un estado de ánimo y pasando de la realidad, algunos se lanzan en busca de sus propios medios para trabajar como corresponsal o como enviado. Este es el caso de Ana Salvá, que apenas pasa la barrera de los 26. Ana vive el periodismo como un vicio. Mientras que el fumador rasca su bolsillo para poder comprar un último paquete de tabaco, Ana trabaja de lo que sea para poder pagarse un viaje para buscar historias.

Precisamente, así se llama el blog en el que trabaja junto a Joan, su pareja: Buscando Historias. La entrevista con Ana se desarrolla mientras buscan historias en el otro lado del mundo, en Yunán, en China. Un proyecto de documentales. “Para empezar esta aventura estuve vendiendo gafas de sol. Estamos invirtiendo nuestro dinero para intentar crear lo que nos gusta. Es un desperdicio trabajar en un medio en algo que no quieres”, explica Ana con una voz que transmite ilusión.

Ana ha trabajado para medios y agencias clásicas. En algunas hasta haciendo lo que le gustaba. Como es el caso de su cobertura del primer aniversario del inicio de la Primavera Árabe en Túnez para La Tercera de Chile. Todo ello, en una lucha continua por intentar hacer información internacional desde su etapa de formación. “Siempre me ha gustado viajar. La primera cosa que hice fue un reportaje a raíz de un viaje a Croacia y Bosnia. No lo publiqué, pero lo entregué en una asignatura”.

Ana Salvá en Kanlungan (Filipinas). FOTO: Buscandohistorias.com

Más adelante, en un viaje a Nepal, colaboró con El Diario de Mallorca. Sin embargo, en las redacciones se sentía en una jaula. “Estuve en Europa Press, pero me mandaban hacer temas de moda. Nada relacionado con lo mío”. Y es que para cumplir los sueños, no queda otra que salirse del raíl. Por lo que el ánimo inquieto de Ana a buscarse la vida.

“Tenemos que cambiar el chip todos, no sólo los periodistas”, explica Ana sobre la necesidad de “crearse una marca propia”. Y es que el crowdfunding es uno de los últimos clavos ardiendo a los que se agarran los que quieren salvar la profesión del corresponsal. “La profesión de corresponsal no se va a perder. Los periodistas van a ir financiando sus proyectos. Quizás el periódico no pague por ello, pero si que lo hagan los lectores”.

Y de esta manera, Ana se lanza entre la ingenuidad de la juventud y la valentía de la decisión en viajes por todo el mundo, luchando contra las dificultades que le salen del paso con un horizonte que se extiende todavía por 12 semanas de viajes. Por el momento, no se piensa en el medio plazo, sino en el día a día. Soñando con ese clavo ardiendo, es difícil despertarse: “El periodismo es más una forma de vida que un trabajo”.

Así pues, cada crónica, cada teletipo y cada vídeo quedan convertidos en flores. Flores que adornan la tumba de Ryszard Kapuscinski gritándole que el pulso es débil, pero que el periodismo todavía tiene vida. Los corresponsales españoles que pueblan el extranjero guardan silencio ante el solemne momento de clicar “enviar” en su correo electrónico, aliado menos romántico pero más fiable que los télex del ayer. Guardan silencio, pero no por la incertidumbre del mañana, sino pensando cuál será su siguiente pieza.

 

 

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Carlos Camino

A Carlos Camino nunca le gustó estar quieto, lo que le ha llevado a buscarse la vida en Niza, París, Milán y Leganés. Ahora vive en Turín, donde disfruta con el café y sufre con el 'Toro'. Ha juntado letras desde distintas partes para France Presse y para El Confidencial. Promete contarles con todo detalle quién era ese tal Lord Jones. @ccamino84

Comentarios (3)

  • Adrián Rodrigo

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    Buenos días, muy interesante el artículo. Me quedo con el “motto” de AFP
    Mejor tarde y bien, que pronto y mal”. En nuestro proyecto de Hemisferio Zero intentamos desarrollar el llamado “slow jounalism” o periodismo reposado, donde lo importante es contar una buena historia contextualizada sin prisas. Un saludo

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  • carmen

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    Lo q me indigna, es q haya vacas sagradas del periodismo q se forran sentados en los mismos despachos de los que pretenden que otros trabajen gratis.

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