Colores para una revolución a medias

Escrito por Cristina Rojo el . Posteado en Reportajes


Las calles de El Cairo cuentan la historia de la última transformación de Egipto a través del graffiti

Son más de las dos de la madrugada. Keiser saca sus sprays de la mochila por segunda vez en la noche y se dispone a sombrear la silueta de una mujer en una calle desierta de El Cairo. El tráfico incesante de la ciudad se escucha a lo lejos, pero en estos momentos los únicos que observan al artista son un par de perros callejeros. Han pasado ya meses desde que, en una de sus muchas noches sin horario, el joven compartiera el ejercicio de derramar sus mensajes sobre la pared con un policía que le acechaba. Todavía recuerda, incrédulo, cómo el oficial se ofreció a ayudarle en su trabajo y le pidió permiso para pintar con él. Después de terminar el panda que había plantado sobre un muro, le ofreció el pincel al guarda. Sin pensarlo mucho, éste le dibujó una delicada lágrima al animal. Contradicciones como ésta son sólo un retazo de lo que supone para los egipcios la vertigiosa transformación de un país que sigue luchando para conseguir la estabilidad.

Las palabras llenas de rabia, hartazgo e indignación fueron lo primero en aparecer sobre los muros cercanos a la plaza Tahrir, en el centro de la capital. Los trazos de frases desgarradoras pronto dejaron paso a los colores, y decenas de graffitis comenzaron a tomar la ciudad esquina por esquina, en cada rincón, bajo cada uno de sus puentes. El inicio de la Primavera Árabe en Egipto empujó a sus gentes a tomar la calle no solo con su presencia, sino también a través de duras palabras de ira e insatisfacción, de forma que la expresión de sus sentimientos encontrados se convirtió en una auténtica ola que cubrió toda la ciudad. Dos años después de la caída de Mubarak, la proliferación de pintadas en El Cairo está ampliamente documentada en libros y revistas que recogen las imágenes creadas tanto por artistas profesionales como ciudadanos anónimos, muchos de los cuales nunca habían tenido contacto con la pintura hasta 2011. Algo cambió en sus vidas en aquel momento que les transformó en los auténticos historiadores gráficos del Egipto contemporáneo.

Keiser se prepara para alzar un graffiti. Marzo, 2013. El Cairo. FOTO: Cristina Rojo

Keiser [nombre de un tipo de pan en árabe] es uno de los últimos. Pese a ser muy conocido en las calles cairotas, donde se pueden encontrar muchas de sus obras, su persona continúa siendo una figura anónima.  Escondiendo sus facciones bajo unas gafas de sol, una gorra amarilla y una sudadera con capucha que desafían el calor de un mediodía de marzo dice que escogió su seudónimo una semana antes de la Revolución, inspirado por la clase trabajadora. “Siempre he sido una persona crítica con el sistema político, y aunque tenía un lado creativo nunca había hecho nada relacionado con el arte hasta entonces. La Revolución hizo que estas dos facetas se unieran y ahora ya no puedo imaginarme haciendo otra cosa”.

El trabajo que empezó hace ahora dos años le ha llevado a viajar al extranjero y exponer sus dibujos en Europa, le ha dado incluso la posibilidad de vivir de lo que hace, pero no deja de ser un artista callejero que prefiere la clandestinidad de la noche a la frialdad de una sala de exposición. Como peaje por esta elección, dejar su emblema en la pared le acaba de costar su segunda detención en los últimos meses. “Acabo de pasar doce horas retenido, pero no ha habido ningún problema más allá de la pérdida de tiempo”, dice. Keiser explica que suele dialogar con las autoridades que cuestionan su trabajo, y “todo depende de la persona con la que tengas que tratar. Hay quienes te arrestan sin mediar palabra y otros que hasta te apoyan mientras sigues con lo tuyo”.

A diferencia de muchos artistas relacionados con la Revolución, Keiser sigue actuando de forma regular en la calle. No quiere oír hablar de calles como Mohamed Mahmud, donde docenas de graffiteros han dejado su seña, porque considera que aquello es un lugar que ha perdido la esencia de un espacio “independiente” para convertirse en un mural colectivo y, demasiado controlado, en el que ya no hay espacio ni desafío. Un par de noches después intenta plasmar una silueta bajo uno de los puentes del céntrico barrio de Zamalek, pero parece que a un vecino no le gusta la idea y Keiser tiene que cambiar de emplazamiento. Con tranquilidad y sin perder la sonrisa recoge sus cosas y coge un taxi hasta una calle mucho más tranquila cerca del Ministerio de Agricultura, en Dokki. Allí nadie le interrumpe mientras alza el perfil, que después remata, en otro graffiti, con un crítico lema: “No eres lo que posees”.

Según su punto de vista, el cambio de régimen no ha facilitado las cosas para los graffiteros, que “siguen arriesgando su vida” cada vez que sacan sus ‘armas’ de la mochila. “Muchos tienen que pedir dinero prestado para comprarse un par de botes de spray, tienen muchas agallas”, opina. Pero son precisamente estas dificultades las que “hacen” a un graffitero lo que es. “Tienes que vivir en la calle para desarrollar tu forma de expresión. Yo no habría llegado a esto a través de abundancia y comodidad”.

Seif Alah Mustafa, estudiante de 16 años, mártir de la Revolución. Pieza de Ganzeer. FOTO: Mostafa Hussein.

De la misma forma que Keiser, activista que denuncia el lado más negativo del consumismo, el corporativismo y el capitalismo, su compatriota Ganzeer (Mohamed Fahmi) empezó a pintar en la calle el mismo 25 de enero de 2011. “Estaba allí en la concentración de protesta más grande que había visto nunca, pero los medios de comunicación no prestaban ninguna atención a lo que estaba pasando. No se me ocurrió otra cosa que dejar escritos en las paredes los mensajes que escuchaba entre la muchedumbre”.“La gente estaba furiosa y sus palabras eran muy hirientes, se escuchaban muchos insultos hacia el sistema”. Poco a poco, Ganzeer fue incorporando colores y siluetas a estas frases simbólicas, hasta delinear en las paredes de El Cairo algunos de los graffitis más grandes y reconocidos de los últimos meses.

A diferencia de otros artistas, Ganzeer comparte sus diseños con otras personas mediante las redes sociales, de forma que cualquiera puede imprimirse uno de sus stencils (plantillas) y colocarlo en la calle. “Todo esto requiere un trabajo previo. Un mural de varios metros de ancho deja de ser algo espontáneo y se convierte en una pieza para la que trabajas durante días”. En cualquier caso se reafirma en que el graffiti, como forma de protesta, debe ser provocador y funcionar como espejo de lo que está pasando. Para el joven cairota, está claro que el graffiti ha jugado un rol importantísimo a lo largo de la Revolución, documentando el día a día, mientras agitaba conciencias: “Cada lado de la Revolución tiene sus armas, y ésta era la nuestra, respaldada por las inquietudes de la gente de la calle”.

 

Un presente “desordenado”

Si algo han demostrado los meses que han pasado desde aquel 25 de enero de 2011 es que Egipto está todavía en plena transición o, como también se dice estos días, viviendo la ‘Nueva Revolución’. La censura no ha desaparecido. Muchas de las nuevas pintadas de la ciudad, pese a compartir espacios con otras viejas, desaparecen en cuestión de días, según el contenido más o menos hiriente del mensaje. Pero la mayor traba para el cambio, según varios cairotas, no está en el Gobierno, la policía, ni las autoridades militares. “Creo que la gente se sigue censurando mucho a sí misma. Ese es nuestro mayor reto”, explica Ganzeer, para quien lo necesario sería una verdadera revolución cultural, algo que implicara que el cambio empezase de abajo hacia arriba.

Así, pese a tener esa fecha histórica de ‘Revolución’ ya impresa en el calendario, Egipto está inmerso en un caos que muchos describen como peor aún a lo que se experimentaba durante la etapa de Mubarak. “Hemos pasado de un sistema muy duro a un sistema que no existe”, sintetiza Khalid Aki, profesor y artista que participa en una exposición colectiva organizada de forma informal en un edificio abandonado del centro de la ciudad. En cada una de las habitaciones del destartalado Hotel Venoise, ‘Sixth Floor’ ofrece un tipo de expresión artística: de la pintura a la escenificación, del video-arte a las piezas conceptuales e interactivas. Todas tienen un punto en común. Están hablando del caos, del poder, de la tristeza de un país destartalado y roto por dentro en todas sus formas.

“La gente hoy se comporta como si no hubiera normas, piensan ‘¡Nadie pude controlarme!’ y terminan actuando como animales”, lamenta. Su compañera, Hannan El-Sheij, con quien ha dado luz a una pieza que presenta uno de los lados de la plaza Tahrir como un campo de enormes cerillas consumidas, subraya el mismo mensaje con un paralelismo. “Egipto ahora mismo es como ese escritorio que quieres ordenar. Antes de poner cada cosa en su sitio, cuando sacas todos los papeles y los pones encima de la mesa te encuentras con un desorden mucho mayor, pero necesario antes de que cada objeto pueda ir a su lugar. Ese es el momento en el que vivimos ahora”.

Ambos destacan el importantísimo papel de la juventud en el presente de su país, confían en ellos y están orgullosos de muchas de sus aportaciones. Y es que, en lo que al arte se refiere, la juventud egipcia vive hoy en día un momento de creatividad incontenible, que se desparrama y al que es difícil seguirle la pista por la ciudad. No importa si el pintor, el escultor, el músico o el fotógrafo tienen apenas 20 años. Lo que han vivido hasta el día de hoy, sumado a la herencia cultural de sus antepasados les hacen ser críticos y punzantes, además de brillantes en su ejecución.

“¿Has visto esta exposición?”, le pregunta la artista Huda Lofti a su amiga y compañera de profesión Nermine. “Hay tantas últimamente que no doy abasto”, suspira. De forma paralela a la proliferación de los graffitis en las calles, decenas de galerías en El Cairo renuevan el contenido de sus salas sin respiro, y los espacios dedicados a la cultura surgen a borbotones.

“Intento asistir a la mayoría de muestras, porque quiero estar en contacto con lo que piensa la juventud”, explica Lofti, cuyo trabajo está reconocido a nivel internacional, tras varios años de  muchísima intensidad creativa. De la misma forma en que los acontecimientos políticos se suceden de forma vertiginosa, así ocurre con el arte. “No quiero perderme nada, es vital seguirle el hilo a los jóvenes, son nuestro futuro”.

 

Desde su céntrico piso en la zona de Downtown, en El Cairo, Lofti escuchó el clamor de la calle cuando se proclamó la caída de Mubarak, y todavía se estremece cuando intenta explicar con palabras lo que siente al ver a su país inmerso en tal caos, dos años después. “Hemos pasado por un auténtico calvario, pero aún no ha terminado y sigue siendo muy doloroso”. Lofti identifica estos pasos lentos y amargos de su gente con los de un enfermo que se apoya sobre muletas. Ella moldea sus propios ejemplares estampando sobre las muletas dibujos de cactus. Como si el país se asiera para caminar sobre finos y duros pinchos. En su delicado símil, Lofti va aún más allá: en la raíz de la palabra  ‘cactus’ en árabe ‘sabbar’ está también la que parece, por el momento, el único antídoto para la cruda realidad, la ‘paciencia’, ‘sabr’.

Huda Lofti se declara una gran fan del graffiti. “Es una herramienta útil y punzante que ha jugado un papel muy importante ayudando a la gente a entender el significado de todo lo que está sucediendo”, dice, subrayando la inmediatez de esta forma de expresión y cómo han sabido cuestionar muchos asuntos de trascendencia, situándolos ante la opinión pública antes incluso de que los medios de comunicación reparasen en ellos. Temas tabú como la homosexualidad, o la marginación y los abusos a las mujeres en Egipto son algunos de los que se pueden ver en las paredes de El Cairo.

“Es muy importante recalcar que hubo un momento en el que, con el ánimo de criticar al sistema, había graffiteros que comparaban al estamento militar con una mujer por su debilidad, o dibujaban a Morsi con ropa femenina. Su intención crítica era buena, pero intelectualmente no se daban cuenta de que así no hacían sino perpetuar los esquemas sociales que tanto hemos luchado para eliminar”, dice. “Es muy difícil, porque la auténtica Revolución, la que todavía hoy estamos viviendo no tiene que ver con la estructura política, sino con la posibilidad de Egipto de cambiar su propia forma de ver las cosas”, reflexiona.

Aun así, muchos otros artistas eligieron celebrar la feminidad desde el primer momento. Para ello se han valido de iconos de la cultura popular como la cantante Oum Kalthoum, la actriz Soad Hosni o la bailarina del vientre Tahiya Kayouka, a quienes han representado junto a emblemas tales como “La chica es igual que el chico” o las letras de poemas del folklore tradicional egipcio. “Entre los artistas callejeros hay de todo,  no estoy segura de si son más los que cuentan con una buena educación o los que unen el gran entendimiento de lo que sucede a nivel político con la sabiduría que da la calle”.

 

Educar con botes spray

El barrio de Ard El Lewa, en El Cairo, es uno de los más pobres y marginales de la ciudad. Situado a escasos kilómetros de algunas de las principales arterias de circulación de la urbe, la vía del tren que limita parte de su perímetro significa también que a este lado de la misma las calles no cuentan con asfalto. Son pocos los taxistas que se aventuran a entrar y por su entorno apenas circulan ‘toc-tocs’, además de los coches de vecinos, los carros tirados por burros o caballos y alguna motocicleta. Este vecindario, cuna tradicional de artesanos de la madera, vio surgir hace un par de años en sus calles el espacio cultural ‘Artellewa’.

 

Desde una mínima sala de exposición que comenzó como una apuesta personal del egipcio Hamdy Reda, su establecimiento aquí ha ido cambiando poco a poco el carácter de la zona, que se ha abierto a muchos artistas nacionales (seguidos de algunos internacionales) que han conseguido un lugar donde trabajar, interactuar y exponer sus creaciones. Entre los muchos que han acogido las redes de Artellewa está un grupo de jovencísimos graffiteros que se hacen llamar ‘Brigadas de Mona Lisa’. Su emblema ha sido elegido a conciencia como un icono de arte internacional a la que han hecho partícipe de la Revolución tapándole un ojo con un parche (muchos activistas y ciudadanos perdieron un ojo en los incidentes de la calle Mohamed Mahmud a finales de 2011). Sus mensajes, críticos hacia el antiguo régimen, siguen apuntando hoy a los problemas endémicos del país y la caótica situación actual, con especial énfasis en potenciar el papel de la mujer dentro de la sociedad egipcia.

Entre sus miembros, la mayoría de ellos estudiantes de bellas artes en El Cairo, Mohamed Ismail, de 21 años, explica su trabajo en un proyecto con el que quieren implicar a los niños del barrio. “I want to be’ ['Quiero ser'] es parte de la iniciativa ‘People of Artellewa’ [Gente de Artellewa], una idea mediante la cual pretenden que los vecinos se enriquezcan culturalmente. Muchos de los pequeños del barrio querían aprender a hacer graffitis como ellos. Así, pensando en la forma de que las pintadas pudieran continuar en la calle y no se eliminasen, les preguntaron qué querían ser de mayores. Dibujaron su retrato en la calle y lo acompañaron de una frase que identificaba el sueño de cada uno. “Me gusta mucho trabajar y ver los graffitis, ha alegrado el barrio y además, nosotros también somos artistas”, dice un ebanista cuyo taller está justo frente a uno de los murales.

El resto de ‘Las brigadas de Monalisa’, compuesto por hasta treinta jóvenes cairotas, incluye también a graffiteras, jóvenes que todavía son excepciones dentro del fenómeno. “Cuando pinto en la pared me siento poderosa”, dice una de ellas. Al igual que estas brigadas, colectivos como ‘Noon el Neswa’ también han escogido la iconografía dedicada a desestigmatizar la imagen de la mujer como una de sus formas de expresión. Una de sus siluetas, compuesta por una mujer con velo, otra con pañuelo y una descubierta con el lema ‘No me etiquetes’, es una de sus armas callejeras.

 

 De la calle a la galería, y viceversa

La Revolución que en estos momentos todavía vive Egipto es una fuente de inspiración que alimenta a los artistas locales hasta la zozobra. Quieran o no, no pueden escapar a este momento vital de transformación, y las conversaciones entre algunos de ellos en los rincones de cafés esparcidos por la ciudad se convierten en sesiones de activismo con múltiples enfoques. “Tenemos que unirnos para enseñar lo que está pasando”, comentan músicos, directores de cine y escritores, así como escultores y artistas gráficos. Ammar Abo Bakr, uno de los artistas más respetados en el ambiente, muy prolífero sobre las calles de El Cairo desde 2011, defiende el carácter histórico y cultural de la pintura mural en Egipto como una forma de expresión que había estado ahí desde tiempos ancestrales, y que ha vuelto a resurgir con el graffiti.

“Mucha gente me pregunta de dónde viene la idea de pintar a los mártires en las calles de El Cairo y de hacerlo con alas, algo bastante chocante para un musulmán. La respuesta es sencilla, sigo mi inspiración y mis sentimientos, y el orgullo por una cultura muy rica que está en el interior de todos los egipcios, está en nuestro propio folclore”. Abo Bakr, cuyas obras han iluminado avenidas y han ‘abierto’ los muros levantados para impedir el paso a zonas restringidas durante la Revolución, vuelve la mirada hacia sus ancestros y recoge el testigo de las tumbas sufíes, en las que todos los familiares y conocidos del fallecido hacían un dibujo en la pared.

“El graffiti ha estado ahí todo el tiempo, pero muchas veces a la gente se le olvida, e incluso les cuesta sacar a la luz toda esa riqueza cultural que llevamos dentro”. Ammar cuenta que fue en las desiertas calles de Luxor, junto a un sencillo hombre local, donde entendió que el eslabón entre aquella gran civilización que fue Egipto y el momento presente nunca se había desvanecido, estaba ahí, en la gente sencilla del campo, aunque nadie le prestara atención. Después de observarle pintar durante semanas se llevó todo eso al norte, hacia El Cairo. Mientras se despertaba la Primavera Árabe, con su admirado maestro en mente, alzó uno de los primeros murales de la emblemática calle Mohamed Mahmud. No pretendía dar ejemplo, pero a su lado muchos otros habían sentido también la llamada a documentar lo que sucedía en su país con sus botes de pintura. El pincel que había estado guardado durante tantos siglos se adaptaba a otro milenio y continúa hoy su camino con naturalidad.

 

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Cristina Rojo

Periodista. Nómada. De Inglaterra a Ceuta y de ahí a El Cairo, África es su casa desde hace seis años. Algunos de los retales que se encuentra por el camino están en www.theredstories.wordpress.com. @cristinarojo

Comentarios (2)

  • Miguel Fernández González

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    Gracias Cristina por abrir un hueco y que a través de tus artículos podamos saber algo distinto sobre el discurrir de los egipcios, algo distinto y autentico de lo que cuentan los medios oficiales. Me parece fantástico conocer el sentir de Egipto a través de sus protagonistas que demuestran su dignidad y su lucha por que no se olvide los orígenes de su pueblo y su civilización. Egipto que hace miles de años nos regaló una gran civilización y que hoy se encuentra sumido en una depresión por la tiranía de unos pocos y el adormecimiento de muchos. Que las palabras y los graffitis egipcias nos hagan tomar conciencia de lo que puede pasar al resto de pueblos, aunque estos se crean o nos creamos inalcanzables.

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