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La tos del tertuliano

Escrito por Hughes el . Posteado en Columnas

Ildefonso Alamares estaba en un momento dulce. Además de escribir sus columnas, colaboraba en varias tertulias políticas en radio y televisión. Incluso le llamaban para participar en Tertulias Plurales, que era donde más pagaban. Cierto es que estas tertulias tenían sus riesgos. Un día Pilar Gramola le mordió un pie. En otra ocasión, un antagonista le interrumpió tantas veces que tardó una hora en construir su primera frase.

Ildefonso sabía bien que no era una vida fácil. Todas las mañanas se levantaba tempranísimo para leer los periódicos. Luego se quedaba un rato consigo mismo para formarse una opinión (tenía algo de yoga de la información) y después, mientras se duchaba y afeitaba, empezaba a hablar solo. No era fácil, porque a esa misma hora, en otros lugares de la ciudad sus rivales de tertulia (los contertulios o contertulianos) estaban haciendo lo mismo. Lo que más le costaba era preocuparse tan pronto por las Instituciones. Normalmente era así, pero otras veces Ildefonso se sentía peligrosamente nihilista y sólo deseaba quedarse en la cama abrazando fuertemente a su mujer. Para cuando se tomaba el café, Ildefonso ya debía tener una opinión, un par de réplicas y alguna matización por si las moscas.

Pero en su momento de mayor solidez opinativa, las cosas empezaron a torcerse. Al principio fue un carraspeo que quiso considerar como elegante. Entre los tertulianos del conservadurismo de corte liberal, aquellos que tenían fama de intelectuales, se acostumbraba opinar arrancando una pequeña flema. Era la flema anglosajona. Se opinaba carraspeando y eso dejaba una impresión de desinterés y de facilidad (virtuosismo de tertuliano). Por un lado iban las palabras, por otro el organismo, tosiendo ligeramente, con esa desenvoltura de las conversaciones que se tienen al orinar.

Pero lo que empezó como un carraspeo se hizo habitual. Ildefonso empezó a echar fama de crónico. Iba siempre con unos caramelillos de miel y limón y trataba de hablar poco para evitar toser, de modo que su estilo opinativo se fue puliendo, haciendo conciso. Era un tertulianismo de frases cortas muy contundentes, que no podía permitirse demasiadas explicaciones.

El problema fue cuando empezó a toser interrumpiendo a los demás:

-Hay que acabar con las diputaciones, porque…

-¡Cof, cof, cof!

Su tos, que al principio era la tos del que tiene la garganta irritada, empezó a ser un espasmo imposible de controlar. No le bastaba con estarse callado, porque rompía a toser en cualquier momento. En la profesión se le empezó a mirar con una mezcla bien proporcionada de lástima e irritación.

Se conocían casos de tertulianos que habían acabado mal. Alguno llegó a perder amigos, mujer e hijos. El caso de Carlos Disenso era tristemente célebre. En el apogeo de su éxito participaba en tres tertulias al día, después de cada comida (con envidia le apodaban el Gragea), pero no supo parar y se perdió. Llevado por un delirio opinativo empezó a opinar de todo en su vida privada. No había hecho de su existencia que no mereciera una opinión coherente. Su mujer, harta de que le opinara constantemente, le abandonó por un vendedor de Ocaso y después fueron sus hijos los que, cansados y al límite de la resistencia filial, repudiaron del padre. Fue el primer caso de repudio inverso. Pero es que ya lo habían intentado todo, incluso le habían costeado una estancia en una Clínica de Desinformación.

Pero no era el único tertuliano-juguete roto. Alfonso Inciso, excepcional cronista parlamentario, acabó tan obsesionado con la transición que empezó a aparecer en las tertulias con la peluca de Santiago Carrillo. La cosa degeneró y luego fue visto en locales de ambiente disfrazado de Victoria Prego. Fascinado con ella, acabó operándose y ahora intenta volver a las tertulias con el nombre de la Trans Ición, el primer travesti constitucional.

Ildefonso podía ser el próximo. Asustado, se retiró de las tertulias con la excusa de escribir un libro sobre la influencia del Greco en el consenso de Los Pactos de Toledo. Contrató un carísimo personal trainer para que le preparara como en Pasapalabra:

-¡Accidente en la M30!

-Modificar la ley de Tráfico

-¡Subida del IPC!

-Sentarse inmediatamente con los Sindicatos y…

-¡Venga, opina!

-… ¿revisar la cesta de alimentos del índice?

- Mal, Ildefonso, mal: lento, impreciso y excesivamente técnico.

Quería volver siendo el mejor. Como el periodista riguroso, discreto y directo que todos conocían. Lamentablemente, el retorno fue un desastre. La tos de Ildefonso no sólo permanecía, sino que empezaba a ser ideológicamente significativa. Cada vez que un tertuliano (o contertulio, o incluso contertuliano) elogiaba al gobierno él empezaba a toser. Esto minaba su posición de periodista afín, su nicho ideológico. Lo que tenía ya no era tos, era un espasmo insidioso e izquierdista.

Ildefonso fue echado del mundo de las tertulias de la derecha y luego del mundo de las Tertulias Plurales. Decía una cosa, pero tosía la contraria. Afortunadamente, pudo encontrar un puesto en el Centro Superior de Investigaciones Científicas, donde ahora dedica su tiempo a intentar precisar en silencio el momento exacto (fecha, lugar y hora) en que nació y murió La Transición.

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Hughes

De formación no periodística, rompió a escribir sobre actualidad hace un año. Mantiene el blog losobjetosimpares, que ya hay que tener moral, y escribe en ABC. Por alguna razón imprecisa, dado que aún es joven, le gusta este verso de Gerardo Diego: y a la luz derivada del periódico yo no me siento viejo. http://losobjetosimpares.blogspot.com.es/ 

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