Convocatoria Premios Monóculo de Oro IV

Escrito por Perro con Monóculo el . Posteado en Relatos

La semana pasada el fantasma del insomnio se instaló en mi humilde mansión. Hasta ayer tenía los ojos rojos, los párpados hinchados y el monóculo sucio.

Durante estos días he encadenado noches en vela en las que he probado de todo: vapores relajantes, masaje de almohadillas traseras con aceite de almendra, tazones de leche caliente con miel. Nada de esto me devolvía el sueño, así que después de tres días de absoluta desesperación entre ahuecados cojines de terciopelo y con el vinilo de las Variaciones Goldverg de Bach sonando a todo trapo, reconozco que fui víctima de las zarpas de la desesperación. Casi sin poder evitarlo, caí en los hábitos de una nueva vida alternativa y a oscuras. Yo confieso haber pasado dos noches seguidas quemando cartones en algo llamado www.binguez.es, pidiéndole los números mágicos a mi monitor, dando tragos largos de whisky seco y engullendo barras de regaliz negro con el ansia de un refugiado de guerra. Estas noches de excesos me devolvieron la felicidad… ¡y, oh, el sueño! Ahora vuelvo a estar descansado, pero también tremendamente disgustado. Mis siete cabezadas diarias sobre la silla Luis XVI se me antojan ahora insípidas. Y yo me pregunto, ¿podré alguna vez estar satisfecho con mi existencia?

Creo que la única cosa que podría aliviarme en un momento tan delicado sería una alta participación en la siguiente edición del concurso de los Monóculo de Oro. En esta ocasión, la palabra clave es ALMOHADA y el premio para el autor de la mejor historia es el libro “Enlazados”, de Carlos García Miranda (quien se ha comprometido personalmente a escribir una dedicatoria para el ganador).

 

  1. La palabra ‘ALMOHADA’ debe aparecer en el microrrelato.
  2. La longitud del microrrelato no debe sobrepasar los 1.000 caracteres.
  3. El plazo para escribir historias finaliza el 7 de junio.
  4. Los cuentos se escribirán en los comentarios de esta entrada.
  5. La persona que deje el comentario debe ser autor del cuento que participa (¡obviamente!)
  6. El jurado es unipersonal, insobornable y con un pelaje blanco de exquisito brillo: yo.
  7. El premio al mejor microrrelato con la palabra ‘ALMOHADA’ consiste en el libro “Enlazados”, dedicado por su autor, Carlos García Miranda.

 

¡Suerte, amigos!

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Perro con Monóculo

Aquellos malpensados que vean en mi monóculo aspiraciones de grandeza han de saber que soy miope de un solo ojo. Vivo en una humilde mansión y me gusta proponer retos literarios http://perroconmonoculo.com/

Comentarios (20)

  • Manu Riquelme

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    Me fui a consultarlo con la almohada. Aquella situación había ido demasiado lejos, de modo que lo único que podía hacer era resignarme a otra noche de insomnio dando vueltas en la cama. Llevaba ya varios meses sin ser capaz de conciliar el sueño y mi organismo parecía haberse vuelto completamente inmune al efecto narcótico de los sedantes. Cerré los ojos, en un desesperado intento por evadirme de la realidad; sin embargo, los sudores fríos no tardaron mucho en volver a aflorar. Lo había probado todo: tilas, pastillas e incluso aquel tedioso programa de la Tele-tienda presentado por un orondo individuo que anunciaba cuchillos. No había obtenido resultado alguno más allá de la irrefrenable necesidad de hacerme con uno de aquellos maravillosos y relucientes cuchillos de cocina.

    El cuchillo japonés “Misato” ha sido reconocido internacionalmente debido a su extraordinario filo y precisión para el corte. Corta prácticamente de todo: alimentos, cables y hasta un bote de cerveza. Estaba forjado a mano, en acero inoxidable, por una ancestral tradición de samuráis afincados en Mallorca, cosa que me fascinaba y desconcertaba a partes iguales. Hace años trabajé para una empresa cuyo director era mallorquín y no pude evitar imaginarme a mi jefe, embutido en un kimono, repartiendo estopa a diestro y siniestro entre hordas de nipones enfurecidos. Volví a cerrar los ojos pugnando por desterrar aquella absurda estampa de mi mente, pero me fue imposible, de tal manera que me levanté deambulando en busca de un vaso de agua.

    De vuelta a la habitación, me detuve unos instantes frente al espejo del baño recreándome en todo el esplendor de mi deteriorada imagen. La pálida tez de mi rostro hacía juego con el blanco aséptico de los azulejos y el pasmoso grosor de mis ojeras empezaba ya a ser francamente alarmante. Estaba totalmente desvelado, así que opté por la vía fácil y decidí drogarme.

    Escudriñé el interior del arrugado paquete de tabaco y me colgué de los labios el último cigarrillo, desplegando la parte superior de mi ordenador portátil a los pies de mi cama. El brillo de la azulada luz que desprendía la pantalla me cegó durante unos segundos hasta que toda la suerte de iconos fue dibujándose religiosamente ante mí uno tras otro. Hice click un par de veces en el navegador de turno y entré con resignación a mi página de Facebook. Apenas recuerdo en qué momento me convertí en un “stalker”, un mero espectador omnisciente y testigo mudo de las vidas virtuales de propios y extraños. No deja de resultarme paradójico el hecho de cómo las redes sociales han contribuido a acercarnos y alejarnos al mismo tiempo entre nosotros. Mi vecina, Tania, es el máximo exponente de mi teoría.

    Tania vive con sus padres desde hace años en el quinto piso de mi edificio, concretamente, justo debajo de mi apartamento. Es una chica joven, cuya edad oscila los veinte años, ni fea ni guapa. Del montón. Tania sale a correr todos los días (menos los fines de semana) hacia las seis de la tarde y vuelve aproximadamente treinta minutos más tarde, coincidiendo con la hora a la que yo salgo del trabajo. A menudo nos cruzamos en el ascensor y hablamos de meteorología. Una vez, en un alarde de originalidad, acabamos charlando distendidamente sobre las diferencias sustanciales entre beber Coca-Cola y Pepsi. El caso es que un buen día Tania decidió agregarme como amigo a Facebook y desde entonces todo ese halo de misticismo que la rodeaba se desvaneció por completo a golpe de ratón. A partir de ese preciso instante, supe que el padre de Tania se dedicaba a la docencia y por eso ella estaba estudiando oposiciones. Descubrí que había empezado a correr porque hasta no hace mucho salía con un chico que le dijo que tenía el culo gordo. Me enteré también de que su hámster, Rigodón, había fallecido la semana pasada víctima de un desgraciado accidente con una plancha de pelo. Me hice eco de que su actual grupo de música favorito son unos tal Lori Meyers, pese a que hace apenas unos meses era fan incondicional de Andy y Lucas, y de que su película preferida es la adaptación cinematográfica de su novela preferida: “Crepúsculo”. Sé que le gusta comer en Mc Donald’s, beber Malibú con piña y que usa condones Control.

    En definitiva, un torrente de información inútil que no me ayuda a conocer mejor a la persona que hay tras la foto de perfil de su hámster, sino a hacerme una idea abstracta en base a estereotipos dictados por los engranajes de una enorme maquinaria. Jamás podría conocer a aquella chica lo suficientemente bien como para determinar si quiere ser profesora voluntariamente o por imposición de su padre. Nunca llegaría a saber si decidió beber Pepsi de forma consciente o a causa de una campaña publicitaria que le marcó de niña. Me pregunto si duerme bien por las noches o alguna vez ha padecido insomnio como yo. Me pregunto si está al tanto de la prestancia y elegancia del juego de cuchillos “Misato”.

    De hecho, me pregunto si el orondo presentador de la Tele-tienda también tendrá su propia página de Facebook. Dicho y hecho. El chef Toranosuke tiene una media aproximada de tres mil amigos en Facebook y unos treinta mil seguidores en Twitter. Si ambos bandos se uniesen, obtendríamos un flamante ejército de trasnochadores en pijama capaz de hacer frente, cuchillo en mano, a sus samuráis mallorquines. El chef Toranosuke me sonreía arrogante desde su foto de perfil. Fue entonces cuando tuve una revelación y lo vi todo claro. Apuré los restos de la colilla exhalando una última calada y expulsando el humo a través de mis orificios nasales. Acto seguido, cogí el teléfono y marqué rápidamente el número de la Tele-tienda. Había tomado una decisión. Mañana, a primera hora de la mañana, tendría en mi poder la colección al completo de cuchillos “Misato” y, para cuando caiga la noche, llevaría a cabo el crimen perfecto. Iba a cortar el cable de mi router para dejar a todos mis vecinos sin Wi-Fi.

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  • Julie

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    Al llegar las primeras horas del día, me recogía en contra de ella.

    Lentamente dejaba pasar los minutos que precedían la alarma para apresurar suavemente mi cuerpo al suyo.

    Mis sueños todavía quedaban enredados a los suyos.

    Oía luego la sonora alarma que me llamaba al mundo.

    Horible grito de bruja que me obligaba a separar mi cuerpo del suyo.

    Alzaba el brazo y medio cuerpo para poner fin al doloroso ruido y me dejaba abrazar unos minutos más por su impeccable forma.

    Durante este tierno momento robado al señor tiempo me despedía de ti.

    Almohada mía / Amor de mi vida.

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  • Neysa

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    Cuando volví de urgencias, mi marido estaba en el sofá dormido y seguramente borracho, como hacía cada vez que me pegaba. Esta vez me había dado un puñetazo en la cara y el ojo se había puesto morado. Al médico le dije que me había golpeado con el lavabo.
    Cogí su almohada, me puse encima de él y le tapé la cara con ella. Empezó a moverse e intentar liberarse pero estaba demasiado borracho. Cuando dejó de moverse, salí de casa con la almohada, me fui a la orilla del río y la tiré con una piedra atada. Vivo muy cerca del río, todo fue cuestión de minutos.
    Llamé a la policía, me hicieron todo tipo de preguntas, les conté que cuando regresé del hospital me lo encontré en el sofá. Durante unos días dudaron de mí, me dijeron que mi marido había muerto asfixiado y que tenía gran cantidad de alcohol en el cuerpo. Miraron por casa y preguntaron por la almohada de la cama. Les dije que mi marido nunca utilizaba almohada y se lo demostré con unas fotos que había tomado de la habitación unos meses antes cuando la remodelé y en la que aparecía sólo mi almohada.
    Mi ojo se ha recuperado y mi vida también.

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  • Marta Ros

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    — Oje pihoooo…

    Le gritó Javi al herrero de la calle Último Cuplé.

    — Quéeeeee…

    — Que si me tienes los cuchillos preparados…

    — Sí, nene, sí. Voy a la trastienda a buscarlos.

    — Ojeeeeee…¿Sabes que se ha muerto la Sara Montiel?

    — No me digas…¿y cuando ha sido?

    — Pues no me sé…eso han dicho. Oje que te iba a decir, ¿me servirán para desplumar no, piho?

    — Sí Javi, sí. Que tus gallinas lo vivirán como una caricia.

    — Es que ya sabes tú lo que me quiero yo a mis niñas. Pero la pluma es la pluma ¿eh?. Aunque las mate yo antes.

    — Ala, aquí los tienes.

    (1 month later)

    — Oje Pilloooow…

    — Quéeeee…

    — Que si sabes que se ha muerto el Landa.

    — No me digas…¿Y cuando ha sido?

    — Pues no me sé…eso han dicho. Oye, que la güenorra de Unfollow regala libros si escribes palabras en rollos chicos. Y la verdad jo te digo que entre desplume y desplume algo habrá que leer ¿no? Vamos digo jo…

    — ¿Y qué harás cuando termines el libro? Si en tu vida has pisado la Municipal, Javi!

    — Pues habrá que plantar un árbol luego ¿no? Vamos, digo jo…

    — Eso era si lo escribías, atontao!

    — Pues eso, plantar un árbol y aprovechar el camino para enterrar el libro luego, coño.

    — Anda…anda! ¿Y como va el desplume de tus gallinas? ¿Y los cuchillos?

    — Pues finito y divino. La mujer me ha pedido que lo que sobra de plumaje se lo deje a parte porque quiere rellenar no sé qué.

    — Ala, dile a la Mati que se pase a ver a la Puri. Que ambas están ultimando tu asesinato.

    — Ok.

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  • Dominique B.

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    Mujer fatal

    Caminando hacia ninguna parte, pasé delante de un escaparate y me enamoré de aquellos zapatos de charol rojo y tacón de aguja. Me pasó exactamente igual cuando conocí a Miguel. Quise tenerlo. No fue fácil conseguirlo porque tampoco quise que lo fuera. Siempre he pensado que todo lo que requiere un esfuerzo se valora más después, cuando se tiene. Así fue. El tiempo avanzaba; la seducción, las ganas y las expectativas, también. Por fin lo tuve, entre mis brazos, entre mis piernas, entre sus sábanas. Un desastre. Me fui. Lo asfixié y me fui con la certeza de que jamás volvería a robarme tiempo ni ilusión. Mi arma fue la almohada. La suya, claro. No meto en casa a cualquiera…

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  • Pablo

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    Amateurs
    -Plumas de pato. No me jodas. Y están por todas partes las hijas de puta.
    -¿Cómo sabes que son de pato?
    -No lo sé, joder, pero si te compras una almohada de plumas te la compras de plumas de pato, ¿no? No van a ser de plumas de avestruz. Pero eso cuesta dinero y este parecía un pobre hombre. Le pegaba una almohada de gomaespuma.
    - No lo era. Si nos lo encargaron lo único seguro es que no era un pobre hombre.
    - Me la suda si era un cabrón o la Madre Teresa pero esto no puede seguir así. En las películas queda muy bonito eso de usar la almohada pero luego lo haces y el tiro suena igual que si no pones nada y mira lo que ha pasado hoy. Vamos a dejar tantas huellas que es como si les pusiéramos a los maderos nuestro DNI con un lacito y un taxi pagado para que vengan a nuestra casa. Basta del truco de las almohadas de los cojones. Para el próximo encargo hay que conseguir un silenciador.
    -No sé…
    -¿Qué pasa? ¿Te preocupa que te miren a los ojos?
    -Me preocupa que me salpique la sangre.

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  • La Chica

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    Estar enamorado es permitir que con la vana excusa del ahorro y la lucha por el medio ambiente, tu ser amado no tire nunca de la cadena y, de paso, deje la tapa del water abierta para que se airee la micción. Amar es soportar que la primera noche, por eso de la confianza de la intimidad, tu alma gemela arree una ventosidad mientras duerme y tú te hagas el dormido para no perturbar sus dulces y olorosos sueños.
    Estar enamorado es no decirle a tu pareja que vendría siendo hora de ducharse, que hace ya tres días que lleva los mismos calzoncillos y empiezan a presentar un aspecto un tanto sospechoso. Amar es permitir que el ser amado no cambie las sábanas en semanas aunque hasta la almohada esté llena de lamparones de baba onírica. Estar enamorado es pasar noches en vela por no despertar al ronquido con patas que te desvela. Eso es estar enamorado. Las mariposas y la química son tremendas tonterías.

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  • Gin C.

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    Abrazada a la almohada en lugar de al que ya no sé si es mi novio, reparo en este concurso. Mientras leo los relatos de otros la aprieto contra mi cuerpo. Es la almohada de él, la mía tras la espalda me sirve de apoyo para seguir leyendo. Ahí vienen las lágrimas, otra vez. La pongo sobre mis piernas, acerco el ordenador y pienso: – vamos a tener que querernos mucho tú y yo. Eres todo lo que tengo ahora.

    Quiero escribirte una carta de amor, almohada.

    Sé que podría irnos bien, que me dejarás elegir película siempre y que aunque te moleste que fume en la cama no me lo dirás. También sé, de buena tinta, que sabes darme placer.

    Pero es que este miedo a que cambies de ajuar no me deja, almohada, quererte como quisiera. No me deja.

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  • Aixa Bonilla

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    Hizo la maleta como cada viernes y doblando con cuidado aquella vieja chaqueta marrón de algodón, se la puso sobre el brazo y salió por la puerta. Caminaba con el ceño fruncido, como los hombres que miran a la vida como un castigo. Hacía tiempo que no sonreía, hacía tiempo que sus músculos no recordaban como tenían que reír. Con el paso lento caminaba mirando los escaparates de reojo, ya nada se exponía en ellos para él. Tenía el pelo canoso, aunque no lo normal para su edad, llevaba las gafas en el bolsillo, porque ya nunca miraba más allá de la punta de sus pies. Como un perro sin dueño andaba arrastrando la maleta con las ruedas raídas, destartalada por el uso y por los viajes interminables a ninguna parte. Si alguien le saludaba, movía la cabeza con precisión mecánica y emitía un sonido que en algún momento fue un “hola”. Ya no hablaba, no había palabras que él necesitara usar. Se sentaba en el metro leyendo un libro que había leído mil veces, mirando aquella dedicatoria con el estómago encogido mientras acariciaba las páginas amarillentas del libro que fue para él. Y ya no viajaba por placer, solo por no estar, por no quedarse donde ella no estaba. Y la buscaba en cada viaje, en cada camino, en cada paso y en cada parada. Pero ella se había ido, dejando aquel libro para él. Porque él fue sus palabras.
    Llegó al anochecer a una nueva ciudad, una con un nombre gastado, con las calles mojadas y las esquinas agotadas de historias sin final. Se hospedó en un hotel sin encanto. Con una cena mediocre, mirando al frente sin hablar, sin sonreír, solo, con su libro de ella, porque ella era el libro, entonces ya no estaba tan solo.
    Ya en la cama recordaba como siempre buscó la soledad de los lugares, como siempre buscaba el silencio, la calma, palabras que llenaran su cabeza de ideas. Y ahora que tenía todo lo que siempre pensó en tener, ya no lo quería. Miraba aquel libro “con amor para mi amor”. Ojalá no hubiera libro y solo ella en silencio, agarrada a su brazo usándolo las veces de almohada mientras a él se le cerraban los ojos.
    Al día siguiente salió del hotel para andar, más mascullos que fueron un “hasta luego”, más simpatías con desconocidos exigidas por qué era. Y miraba a la puerta de cristal del hotel como si ella estuviera fuera esperándole, como siempre solía hacer. Salió y anduvo y anduvo sin saber a donde tenía que ir. Se movía por las calles más oscuras y las zonas más lúgubres de la ciudad, allí y solo allí se sentía cómodo, entre el polvo de viejos discos y el sonido de una antigua gramola mugrienta que nunca sonó del todo bien. Y la buscaba a la fuerza en las puertas de la tiendas, allí donde ella solía esperarle con una sonrisa.
    “Con amor para mi amor” pensó, eso quedaba.
    La vida es muy larga, tan larga, tan llena de callejones por los que ir, en los que perderse, llena de cosas que hacer. Y ahora ¿dónde estaba ella para contarle lo que había visto? Estrujaba aquel libro, lo estrujaba con fuerza y rencor, ¿dónde estaba ella maldita sea? Y volvía sobre sus pasos al hotel, recogía su maleta, otros mascullos para el adiós definitivo.
    “Vuelva pronto” le decían.
    “Que tenga un buen viaje” le decían.
    ¿Y dónde estaba ella maldita sea?

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  • Veva

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    Cuando despertó, la almohada todavía estaba allí.

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  • Jose

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    Cuando era pequeño y estaba solo podía dormir de cualquier manera, de lado, boca arriba, boca abajo, con la almohada entre las piernas, o agarrada de costado, sin almohada, y me despertaba siempre en cualquier sitio y descansado. Ahora doy mil vueltas a tu lado y tu calor me despierta, me es pesado. Siento más estar cansado y no puedo empezar a dormirme hasta que olvido lo que hube empezado.

    Por favor Ana, Variaciones Goldberg.

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  • Sara Twee

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    Llegará el día en que pierda mi billete de vuelta para este viaje que hago hacia ti cada noche, cada tarde del estío y ciertas mañanas de amor. Cualquiera podría decir que no somos más que el eco de lo que fuimos ayer, pero tú conoces la verdad. No es un tropezar constante, sino un divagar aleatorio que, a menudo, viene y va como el baile de la mar. Eres la madre de mirada atenta en la noche espantando todas las sombras. Eres quien, callada, se bebe todas mis lágrimas; la juez de todas mis decisiones y la mano dulce que acaricia a mis amantes. Volver a ti es un día que empieza después del día, una noche que no es noche, un duermevela, que no es sueño ni es conciencia. Volver a ti es el sentirse en casa, a gusto, a salvo de todo lo que ahora podría ocurrir. Volver a ti, sabiendo que un día no habré de volver y sólo quedará la forma de mi cráneo en la almohada.

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  • Jon

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    Había acabado una noche de tantas donde a través de un serie de relatos inconexos compuestos por sus sueños lo habían guiado. Lo peor no fue despertarse con la sensación de desorientación por vagar por un conjunto de historias sin sentido encadenadas de forma totalmente arbitraria. Lo peor fue despertarse abrazado a la almohada OTRA VEZ. Una situación que venía repitiéndose ocasionalmente desde hace algo más de un año cada vez que el amor y por que no reconocerlo, el deseo por la mujer que amaba lo envolvían de forma insoportable. El despertarse de esa manera era todo un prolegómeno a encontrarse embotado y distraído algo que un hombre como él encontraba frustrante y al punto intolerable acostumbrado como estaba a que sus pensamientos navegasen por las aguas de los más altos pensamientos u orientados a resolver los problemas que la vida le planteaba. Por lo menos la situación de hoy no era embarazosa, todavía podía recordar las veces que durmiendo compartiendo cama con otras mujeres se había despertado y le habían visto así. Las caras de las mujeres junto con la situación eran como un castigo divino como si el destino le recordase que no importaba que diera rienda suelta a sus instintos sexuales, nunca podría escapar de si mismo ni de sus sentimientos más profundos.

    Mirando hacia atrás le resultaba imposible recordar cuando fue el momento en que empezó a sentirse de esa manera pero si recordaba todos los intentos infructuosos de olvidar y dejar pasar ese amor no correspondido que habían sido una larga fila de fracasos cada uno más sonoro que el anterior. El último que había terminado por rematarlo había consistido en intentar conocerla lo mejor posible imaginando que de esa manera conocería sus defectos y una forma de ser, que fuese sólo fuese aunque sólo fuera un poco, insoportable. No sólo no había funcionado sino que el hecho de conocer sus defectos había conseguido que cayese todavía mucho más prendado de ella dado que había pasado de esa ensoñación fantasiosa que todos tenemos cuando inicialmente nos quedamos prendados de alguien a apreciarla y a amarla por el conjunto de su persona tanto por sus virtudes como por sus defectos.

    Lo que más le dolía era la impotencia de derrumbar el muro que le rodeaba, un muro tan intangible como invisible. Podría soportar el amor no correspondido con sus altibajos pero el hecho que incluso a nivel de amistad ella demostrase apreciar mucho más a recién llegados a su vida que a él, compartiese elementos importantes de su vida con ellos mientras que para llegar al mismo punto le requería muchísimo más esfuerzo.

    Últimamente no hacia más que pensar en irse a otro sitio, a otro lugar de residencia creía que marcharse podía ser la única manera de librarse de todo el tiempo que ocupaba en su mente, de volver a ser dueño de su corazón, de sus pensamientos y de su voluntad. Había recibido una oferta laboral en Amsterdam una ciudad que siempre había querido conocer e irse al extranjero siempre era una oportunidad de reinventarse, de empezar desde cero, de dejar todo atrás e intentar ser feliz a su manera. El exilio holandés podía ser la solución última y definitiva a este amor no correspondido y terminar con ello de curar las heridas que todavía estaban por cicatrizar.

    Mientras esa idea rondaba su mente cada vez de forma más atractiva un libro se callo una de sus baldas repletas de libros, el titulo fue algo revelador “Por quien doblaban las campanas”. Este hecho le saco de su ensoñación viajera al hogar de sus tulipanes y tan rápido como vino apareció un pensamiento en su mente “es peligroso despertarse abrazando a una almohada pero aun más peligroso es basar en ello una decisión tan importante”. Seguía sin saber como superar ese amor tan intenso pero esa impotencia no podía ser la causa de tomar una decisión tan importante. Seguiría luchando por ser feliz, las incógnitas del mañana seguirían estando ahí y ese amor seguiría ocupando un lugar fundamental en su corazón para su desgracia sentirse así no era una opción.

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  • Esaú Monzón

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    Nunca he creído en el amor. Me parece el sentimiento más traicionero que he sentido; Hoy con helio fluyendo por mis venas, y mañana bajo las raíces de mi limonero.
    No pretendo mentir diciendo que no lo necesite, porque, para bien o para mal, soy como todos, pero créeme que si alguien se personificara en el amor me encantaría asfixiarlo con una buena almohada como hacen en las películas.
    Tal vez sea que todavía tenga gusanos en el estómago en vez de mariposas, que no me extraña, o que sea por culpa de leer tantos libros con finales felices en donde todo es perfecto: nunca hay broncas, ni desconfianzas, ni celos, y la llama de la pasión permanece más encendida que la cola de un Charmander.
    Así que, futuros escritores, reivindico la necesidad de conocer finales “no felices” para estar más preparado en esta estupidez llamada amor.

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  • Uska

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    No entendía como podía volverme a estar pasando aquello a mí, había vuelto a caer en su trampa a pesar de haberme prometido que el desprecio de aquella noche iba a ser el último. Mi lagrimas se deslizaban por la cara dejando ríos de rimel que en cualquier momento acabarían decorando la almohada, pero eso no me preocupaba, necesitaba desahogarme y tratar de entender como a toda esta locura alguien la podía llamar amor. Deje que el tiempo pasara hasta que me canse de llorar no se muy bien si porque me quede sin fuerzas o porque al fin y al cabo llorando no soluciono nada pero aproveche ese momento de incertidumbre para ayudarme a mi misma ¿Cómo? borrando su número de teléfono, su conversación de whatsapp y todo el rastro que encontré en ese momento de desesperación. Me acababa de regalar la oportunidad de buscar un nuevo camino para ser feliz y estoy segura que en algún momento me lo tendré que agradecer.

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  • Carla

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    Siempre se preguntó porque las relaciones con las chicas eran tan difíciles. Tobias había intentado muchas veces tener algo serio con alguna, y cuando por fin encontró a la que parecía la adecuada… descubrió que Annie no era como las otras chicas, ni siquiera como las otras personas. Ella tenía un poder especial: veía el futuro.
    Annie no tenía pensado contárselo a Tobias, si no fuera porque lo había visto morir.
    Tobias pensó que Annie estaba loca, y le dijo que nunca la buscara. Tobias murió en un accidente de coche.
    Annie, al enterarse de la inevitable muerte de Tobias, empezó a llorar en su ALMOHADA, y justo allí, decidió que su vida había terminado. Se cortó el cuello, y su sangre se derramó sobre la ALMOHADA.
    Muerta.

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  • Daniel

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    No quería la almohada, tampoco la cama, quería seguir sentado en la silla, leyendo Enlazados hasta terminarlo. Estaba atrapado en esta historia distópica en una sociedad robotizada con una base tan original, Solo me había raptado y ahora no tenía más escapatoria que terminar para poder salir.

    ¡No quiero! Quiero seguir, un libro, otro, otro más… No quiero dormir, quiero seguir, quiero vivir sin moverme de ahí, en esos fantásticos pero a veces terroríficos mundos, junto a personas que me entienden, que comparten mis aficiones.

    Llega la hora, el sueño me invade y tengo que parar. Involuntariamente. Mañana seguiré, resistiré hasta que, como hoy, todos puedan conmigo. Aún así en el sueño ellos estarán junto a mí y aunque no esté tocando el libro seguiré viajando, pues la lectura es eso, un viaje, un sueño, una ilusión, un deseo…

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  • Ganador Premios Monóculo de Oro IV | Unfollow Magazine

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    [...] asuntos profesionales bien cerrados. Y por eso voy a anunciar el nombre del ganador y finalista del concurso de microrrelatos con la palabra ‘almohada’. El ganador recibirá en su casa el libro ‘Enlazados’ con dedicatoria personalizada de [...]

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