Rafael Lasso de la Vega, el poeta ‘poseur’ que se comió un perro

Escrito por David Álvarez el . Posteado en Monográficos

La famélica bohemia del Madrid de los 20 tuvo en este poeta sevillano un ejemplar insólito. Habitual sablista de tertulias y cafés, Rafael Lasso de la Vega no llegó a ser tan conocido por su obra como por la multitud de anécdotas que sembró a su paso, desde su entronque genealógico con media realeza europea y precolombina hasta aquella leyenda que señala que se comió con patatas la mascota de una amiga. Conquistada al fin la estabilidad económica y hasta el título nobiliario, su última pirueta le dejó atrapado en la puerta giratoria del Ateneo de Sevilla, de la que “costó Dios y ayuda sacarlo”. Había sufrido un infarto. Eran los últimos días de 1959.

Ilustración: Gabriel Salvadó

Firmaba sus poemas como Rafael Lasso de la Vega de Castilla, Túpac, Médicis y Lancaster y en su linaje computaba a príncipes incas, nobleza británica y florentina, a Garcilaso de la Vega y hasta a Pedro I El Cruel, que él, enmendando a la Historia, prefería llamar “El Justiciero”. Nace en 1890 y con apenas 18 años llega a un Madrid bullente de tertulias. Allí comienza a publicar sus poemas modernistas en Los Lunes del Imparcial y a cultivar una imagen de dandy decadente que le llevaría de cabeza al “reino de la calderilla”, expresión con que Emilio Carrere describía a esa bohemia de la que él mismo sería principal exponente.

Pronto rompería Lasso con los modernistas para engrosar las filas del Ultraísmo, su antagonista literario, mientras pasaba de “jovencito con trazas de efebo”, a pasearse en los años 20 “con los dientes podridos y llenos de mellas” y a llevar, como evoca César González Ruano, “una bohemia atroz, durmiendo donde podía, comiendo dos o tres veces al mes, pero muy estirado y muy cosmopolita”. Ruano le recuerda como “el más interesante y pintoresco” de los ultraístas, luciendo aun en los días peores de su vida a la diabla una sortija de oro, que jamás vendió, con el escudo de la familia y una corona de marqués con el cisne heráldico de la casa de Cisneros.

Fue un impenitente cultivador del parasitismo, una cocotte literaria “que se agarra a sus mecenas como una boa” y con un particular modus operandi que Rafael Cansinos Assens detalla en su Novela de un literato, catálogo imprescindible de los hampones y bohemios de aquellos años. No resulta raro que el sentido del olfato de Lasso –que podía oler “a kilómetros el tufillo incitante de un cochinillo en Botín”– y su hambre comenzaran a ser notorios en los figones de la capital, y de ahí surgiría una de las anécdotas más conocidas del poeta.

Por aquellos años Rafael Lasso se empleaba como cavaliere servente de Bettina Giacometti, una pintora holandesa algo loca y famosa, según Cansinos, por su falta de aseo. Parece que un día esta le pidió que durante un pequeño viaje cuidara de su piso y paseara a su perrito, lo que aprovechó el poeta para, desde el primer día, ir vendiendo uno a uno los muebles de la casa. En uno de mayor apuro mató al perro, lo asó y se lo comió con patatas. De aquel episodio queda una cuarteta que Ruano atribuye en sus memorias a Paco Vighi, aunque probablemente sea de Carrere:

“Pobre perro de Bettina

que se lo ha comido Lasso

un día que andaba escaso

de acuñación argentina”

Otro de sus rasgos típicos fue su vestimenta, sucia y desflecada, con una chalina grasienta pero sin prescindir nunca de botitos y monóculo. Y es que Lasso se jactaba de conocer al dedillo el protocolo de la indumentaria británica –también había sido íntimo del Príncipe de Gales–, y sabía cuándo hay que llevar gorro o tocarse con hongo o chistera, cuándo smoking o levita, “y, en fin, cómo hay que proceder para ser un Brummel”. Tal erudición de guardarropía le servía a Ramón Gómez de la Serna para pincharle señalando que había sido ayuda de cámara, a lo que Lasso respondía impostando su flema aristócrata:

“Lo dice [Ramón] porque él es plebeyo y no sabe de estas cosas. Si supiera de Heráldica, conocería la rancia nobleza de los Lasso, que venimos de la rama bastarda de don Pedro el Justiciero. Nuestra familia vino a menos cuando la Revolución, pero yo me he criado con ayo y ayuda de cámara, y volveré a tenerlo, cuando se resuelva a nuestro favor un pleito que sostenemos en Sevilla con el Cabildo.”

 

Como gran poseur, era capaz de fotografiarse delante del Retiro y titular la instantánea “Rafael Lasso delante del jardín de su hotel”; si algún colega se mofaba de su cultura, él se sacaba del gabán un libro escrito en griego y fingía leer lo que en realidad era una edición bilingüe –“sí, pero yo leo el texto griego” –. También componía sus poemas en francés, y si otro le afeaba que sus composiciones no eran más que un rompecabezas de palabras sueltas sacadas del diccionario, respondía: “Es un poema Dadá, yo soy president dadá”. Y en verdad que lo era, investido por el mismísimo Tristán Tzara gracias a la mediación de su principal benefactor, el chileno Joaquín Edwards Bello, a quien su sobrino nieto Jorge Edwards inmortalizaría en su novela El inútil de la familia.

A partir de los años 30 la biografía de Lasso entra en una zona de sombra de la que regresa recorriendo una Europa en llamas. Según Juan Manuel Bonet, antólogo del Ultraísmo y responsable de la edición de su obra, “ya no será el poeta de anécdotas truculentas, sino un poeta casado con una pianista que le otorga las apariencias de un banquero”. Había contraído matrimonio en Suiza con Florine, una compositora judía, y recuperado el marquesado de Villanova. Así le encuentra González Ruano en Roma, año 1936: “Estaba Rafael como nuevo, con dientes recién adquiridos y deslumbrantes, muy bien vestido y encantador”.

En esta época de desahogo Lasso vivió en Florencia dedicado a autofalsificar su obra, publicando libros nuevos como si hubieran sido escritos décadas atrás, haciendo así más moderna su escritura y con la ventaja de haber leído a toda la vanguardia que llegó después. “Algo casi borgiano”, explica Bonet. Había recuperado además el brío aristocrático y como recuerda el nobel Eugenio Montale –a quien trató, según una semblanza que de Lasso hizo Julio Caro Romero–, “despreciaba a casi todos sus contemporáneos y opinaba que era el único poeta español. Cuando estuve en Madrid, pregunté por él pero muy pocos le conocían”.

En sus últimos años, ya enfermo, regresa a su Sevilla natal, donde refuerza su amistad con Joaquín Romero Murube, escritor y custodio de los Reales Alcázares, a donde va Lasso a visitarle casi a diario. Allí se queda irremediablemente dormido mientras lee la prensa. “Es mi cadáver predilecto. Todos los días se me muere un poco para irme acostumbrando”, decía Romero, que escribiría un libro recordando unas últimas anécdotas que muestran su excéntrica personalidad. Así, cuando hablaba de “mi entrañable” Apollinaire como el padre de la poesía moderna, “como he dicho mucha veces en mis conferencias sobre estética moderna en los cursos de la Sorbona”, o cuando decía:

“D’Annunzio y yo no nos entendimos nunca. ¿Y sabéis por qué? Muy sencillo. Yo montaba a caballo mucho mejor que él (…) ¡No me lo perdonó nunca!”

Finalmente la muerte, tan esquiva en los 20, atrapa al marqués de Villanova en las puertas giratorias de cristal del Ateneo, donde sufre un infarto y queda aprisionado varias horas, poniendo así un colofón a la altura de su estrafalaria trayectoria. “Murió como vivió, en un fanal de vidrio”, borrando rastros y sin dejar que su vida imaginaria tuviera “apenas roce con los horrores de la vida real”, como dejaría escrito el literato Aquilino Duque en su necrológica para Ínsula.

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David Álvarez

Periodista (Madrid, 1977). Pasó 11 años escribiendo sobre emprendedores cuando todo el mundo prefería ser funcionario, y ahora mira. Satírico coñón algo vergonzante, tiene una columna mensual, un blog y casi un libro. Quiso ser, pero ya casi no. @davdelamorena

Comentarios (1)

  • manuel

    |

    Se dice “de El Retiro”, no “del Retiro”.

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