La mejor sátira del siglo XX mordía en alemán

Escrito por Ramón Rodríguez el . Posteado en Monográficos

A veces pensamos, y a veces, con razón, que los alemanes no saben ser divertidos. Por cada Heine les salen mil como Hegel. Pero en pleno imperio alemán un grupo de ilustradores, periodistas y dramaturgos editó en Múnich un semanario con el que aún hoy es imposible aburrirse. Se reían de todo lo que había en su país con la humanidad y la finura que distingue a la verdadera mordacidad del moralismo. Hacían mofa de los pedantes y de los rancios; de los generales y de los obispos; de los poderosos, sobre todo, pero a veces de los miserables también, con unas lujosas ilustraciones de un encanto muy difícil de describir. Su frescura dejó una huella imborrable en quienes la leyeron y un siglo después de su época dorada se considera una de las mejores publicaciones de humor de cuantas ha habido. Se trata de la revista Simplicissimus, que divirtió a los alemanes en algunos de los momentos más negros de su historia.

Su aventura arrancó en abril de 1896. En aquel tiempo existían en Europa multitud de revistas satíricas, pero ninguna satisfacía los gustos de este grupo de intelectuales alemanes, que aspiraba a fundar un semanario libre y popular, de gran formato, que fuera un espejo de la sociedad de su tiempo y no un manojo de columnas afectadas. El nombre salió de una de esas pocas cosas graciosas que los alemanes nos han dado al resto del mundo: la novela picaresca “El aventurero Simplicíssimus“. Pretendían «despertar con palabras ardientes a una nación perezosa», como proclamaban sobre el plomo en su estreno, y declaraban orgullosos que sus cuatro enemigos eran la estupidez, la misantropía, la mojigatería y la intolerancia.

Pese a sus encendidas intenciones, al principio les salió bastante sosa y, además, la leyó poca gente: sacaron más de 300 000 ejemplares y solo consiguieron vender 10 000 del primer número. Eso no fue óbice para que la policía imperial les secuestrase el cuarto. Habían reimpreso unos poemas de un revolucionario del 48 y la censura fue implacable. Dos años más tarde salieron a los kioskos con una cándida portada en la que Federico Barbarroja se reía de haber hecho las Cruzadas para nada, porque al káiser Guillermo II le habían tomado el pelo los ingleses en Palestina. Evitaron por poco un juicio por alta traición, pero tanto el caricaturista (Thomas Theodor Heine, «dibujante en jefe» de Simplicissimus) como el autor de una poesía sobre el mismo tema en páginas interiores fueron a la cárcel. Y en 1906 lograron lo que parecía imposible: poner de acuerdo a protestantes y católicos, que encontraron blasfemo un artículo de opinión de su editor, Ludwig Thoma. Pasó seis meses entre rejas y le impusieron una altísima multa por un delito de «ofensa a las religiones». Así, «religiones», a las dos. Pero todos estos problemas con la justicia dieron a la revista una publicidad, literalmente, impagable y los lectores comenzaron a comprarla intrigados. Entonces en Simplicissimus adoptaron como mascota a un bulldogrojo y mordieron de verdad.

«Sí, niño, un día tú también te preguntarás de qué demonios va la vida. Entonces, dejarás de coger flores.» Reinhold Max Eichler, 1900

En sus inicios los dibujos eran solo el acompañamiento de los artículos. En la revista colaboraron Rilke, Hermann Hesse, Thomas Mann, Arthur Schnitzler, Gustav Meyrink, Hugo Ball… Hasta Proust escribió para Simplicissimus, pero a los pocos meses quedó claro que su razón de ser eran sus extraordinarias ilustraciones humorísticas, que eclipsaban los textos. El estilo de los artistas del semanario era un popurrí de todas las corrientes underground de entonces, —de Toulouse-Lautrec a Munch, pasando por Aubrey Beardsley—, adaptadas al gusto popular. La revista solo tenía diez páginas y había una competencia feroz entre los dibujantes para salir en el siguiente número, por lo que su calidad acabó siendo asombrosa, teniendo en cuenta que sus ilustraciones se preparaban casi siempre a toda prisa. Hoy, en Internet se venden láminas para enmarcar que reproducen estos mismos dibujos, a veces, con el one liner de la parte inferior mutilado.

De todos modos, su exquisito estilo fin de siècle era solo era el guante que envolvía la zarpa del ácido naturalismo que la hizo célebre. Cuando los dibujos tomaron el control de la revista, las páginas de Simplicissimus se transformaron de pronto en un carnaval rugiente de militares, curas, rameras, «señoras que», gitanos, oficinistas, alcohólicos, insomnes, lesbianas, violinistas, perros, mendigos, niñas de papá y campesinos: la vida real de Alemania (y la fantástica; los trolls de Kittelsen se hicieron famosos aquí) contada mediante el humor gráfico. Era un vendaval de aire fresco en una sociedad cerrada y reprimida. Cuando prácticamente nadie más lo era, sus dibujantes fueron antimilitaristas, anticolonialistas, anticlericales y anticasitodo, aunque no era una publicación de izquierdas al uso: el partido socialdemócrata alemán siempre los miró con recelo, porque no respetaban tampoco a los pobres. Sus lectores, los estudiantes y los profesionales liberales, la adoraban. Pronto dio unos beneficios espectaculares. En un gesto de los que ya se ven poquísimas veces, el editor convirtió a los dibujantes más asiduos en copropietarios del medio. La justicia del káiser, seguramente asustada por toda la belleza que había creado sin querer, los dejó en paz para siempre, aunque ya no hacían tímidos chistes históricos: ahora llamaban directamente puteros y borrachos a todo el stablishment. Un cronista de ABC contaba en septiembre 1908 la epopeya de la lenguaraz revista, con un tono mucho más amable que el que probablemente habría recibido en ese mismo periódico si Simplicissimus se hubiese publicado en España.

 

  • «Chtt, Chtt, César, ¿no te da vergüenza meterte esos pantalones sucios en la boca?» Thomas Theodor Heine, 1898
  • «—Bueno, querida madre, me voy: reunión importante en el club; en caso de que mueras, no te olvides de apagar la luz primero.» Rudolf Wilke, 1899
  • «—¿No tiene hijos, señor Guschelbauer? —No, no somos acróbatas, ¿sabe?» Olaf Gulbransson, 1903
  • «—Arriba la cabeza y tranquilízate, mi niño. No te hablo ahora como tu superior, sino como tu amiga.» Ferdinand Von Reznicek, 1904
  • «Si fuera francés, o estuviera muerto, o fuese un pervertido (o mejor, un francés pervertido que estuviese muerto), ¡entonces uno podría vivir!» Thomas Theodor Heine, 1910

 

Sacudieron Alemania, pero no eran muy alemanes. No solo porque hicieran gala de una provocadora francofilia, sino porque varios habían nacido en otros países. Múnich era por aquel entonces un hervidero intelectual que atrajo a talentos de toda Europa y el editor tenía mucho dónde elegir. Las encopetadas escenas de sociedad del aristócrata de origen checo Von Reznicek eran el contrapunto ideal de los dibujos que les enviaba desde los burdeles parisinos el judío búlgaro Pascin (a quien Joann Sfar dedicó una serie de cómics hace unos años). Los cuerpos deformes con bocas inmensas de Bruno Paul anticipaban el expresionismo, al tiempo que Eichler interpretaba en clave de guasa la pintura academicista. Pero los tres grandes pilares de la revista fueron el ya mencionado T. T. Heine (que a lo largo de 30 años publicó 2.500 ilustraciones en sus páginas), Eduard Thöny (4.000 dibujos, que aún sorprenden por su modernidad) y sobre todo, el noruego Olaf Gulbransson, que consiguió un estilo inconfundible de línea estilizada. A Luis Bagaría, cuyos «caracoles» en El Sol de Ortega y Gasset son probablemente las mejores caricaturas que se hayan publicado en la prensa española, le halagaba que le comparasen con él, y en un viaje a la capital de Baviera, Castelao descubrió su vocación de dibujante humorístico leyendo (y copiando) a este mismo artista.

Kipling dijo que la primera víctima de las guerras es la verdad, pero se le olvidó mencionar que la segunda siempre es el sentido del humor: la Primera Guerra Mundial cortó las alas al semanario. La redacción decidió seguir publicándolo durante la guerra, pero para exaltar el patriotismo y atacar a  franceses y británicos entre broma y broma. Su editor en la belle époque, Thoma, fue camillero en el ejército y abandonó su trabajo cuando regresó del frente, porque reconocía haber perdido en las trincheras la chispa de sus años de bohemia muniquesa. La espeluznante crisis económica que vivió Alemania después oscureció todavía más la revista, que contrató a autores que no tenían nada de ligeros. El torturado Alfred Kubin publicaba unos dibujos feroces, garrapateados en sus visitas a los barrios de chabolas. La artista Käthe Kollwitz retrataba a las cadavéricas viudas de la guerra en sucios carboncillos y George Grosz se dedicaba a los ciegos y los travestis berlineses. Pese a estos cambios, el grueso de los antiguos colaboradores continuaba retratando con su estilo ácido y desenfadado de siempre la vida en la República de Weimar.

 

  • «Ahora entiendo por qué la homosexualidad se expande así en Alemania» Thomas Theodor Heine, 1908.
  • «Si traes a casa a un papá nuevo esta noche... por favor, que no ronque» Ragnvald Blix, 1909.
  • «Por favor, diséñenos muebles muy modestos. Tan simples como sea posible; no importa lo mucho que cuesten» Karl Arnold, 1920
  • «¡Ahora tengo ropa a la última moda para los próximos diez años!» Eduard Thöny, 1921
  • «Como mi marido murió en Francia, al menos no tuve que preocuparme del funeral» Käthe Kollwitz, 1924
  • «¡Tienes tanto charme, Fred! Admiro el buen gusto de tu personalidad compuesta a retales.» Olaf Gulbransson, 1922
  • Portada del 27 de abril de 1931

 

Pero Simplicissimus ya no era el fenómeno de masas de antes del 14, aunque mantuvo unas respetables ventas de 38 000 ejemplares a la semana. Hasta que llegó Hitler. No quiso cerrarla, porque había sido fan de la revista cuando era un aspirante a pintor en Múnich, pero sucedía que Heine y Franz Schoenberner, el director entonces, eran judíos. Las SA arrasaron el local de su redacción la noche del 10 al 11 de marzo de 1933 y ambos huyeron a Suiza con lo puesto. Y entonces sucedió lo repugnante de verdad. Los que juraban odio eterno a la estupidez, la intolerancia y un montón de cosas más, traicionaron por completo sus ideales. Todos los colaboradores aceptaron que Simplicissimus quedase integrada en el aparato del recién fundado ministerio de Información y Propaganda de Goebbels. Puede que lo hicieran por miedo, porque habían ridiculizado con ganas al nacionalsocialismo en su ascenso, pero algunos, como Gulbransson, se convirtieron en nazis entusiastas. Durante once años, casi un cuarto del total de la vida del semanario, fue un panfleto fascista. Aunque Simplicissimus no tuviera ya ninguna gracia, seguía testimoniando el inmenso talento de los artistas de su primera época, que eran ya bastante mayores. El último número salió a la calle el 13 de septiembre de 1944, cuando los aliados estaban en la frontera occidental de Alemania.

Aquí está íntegra gratis para los que sepan alemán y puede encontrarse fácilmente una recopilación en inglés por menos de 20 euros.

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Ramón Rodríguez

Ramón R. Carrero ha vendido helados en Londres, calentado la silla en un periódico nacional y sufrido el Plan Bolonia. Trabaja de vez en cuando para una editorial de libros navales @errecarrero

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