HUGHES

AVE

Escrito por Hughes el . Posteado en Columnas, Firmas

El AVE Madrid-Sevilla, el AVE primigenio, tiene algunas cosas que me gustan especialmente. El color de sus asientos, por ejemplo, que yo, en mi ignorancia muy sugestionable, asocio al trenzado del logotipo sevillano del No-do. O la posibilidad de encontrarse con alguna folclórica, aunque las folclóricas se vayan acabando.

Hay un aire de posibilidad estelar en Santa Justa, porque también el concepto de folclórica va mutando. Vicky Martín Berrocal, por ejemplo, imponente, casi mexicana, pomular y ahumada, sería folclórica. O los Rivera, que también, sobre todo Paquirrín, van bien de pómulos. ¿Se puede ser una estrella sin unos buenos pómulos? ¿No son los pómulos extraordinarios, casi tártaros, de Paquirrín el precio que su organismo pagó a la magnificencia genética de ser Pantoja y ser Rivera?

En Santa Justa, comiendo la tostada del transbordo, se compra uno el ABC (tizne de tinta, que es la mejor metáfora del irse escribiendo) y se enamorisca uno, se enamora moriscamente y de manera instantánea dos o tres veces, de la justa manera de mandar con un gesto de alguna sevillana. Mándame, apetece decirles, seré obediente hasta que entremos en una batalla flamenca de desplantes.

Pero el AVE sevillano es sobre todo un detalle que no he encontrado en los demás trenes y que me parece fundamental. Sus asientos permiten descansar la cabeza. A los lados, en la parte superior, hay dos salientes respaldillos orejeros que nos ayudan a dar esa cabezada que en realidad nos descabeza. Es doloroso sufrirlo, pero más doloroso es verlo. Cuando frente a nosotros un hombre encorbatado, digno, preponderante acaba con la cabeza vencida sobre un hombro y la baba cayéndole en la camisa.

En los trenes hay desnucamientos y mucho señor y alguna señora (ay, cuando pasa en las señoras y no podemos por pudor ofrecerles el hombro) han salido del AVE con la cabeza en la mano como un fantasma de castillo legendario.

Pues esto, que lo tienen en Sevilla, no lo tienen los demás y queda como la originalidad y suntuosidad del AVE inicial, que era un tren del lujo, además de un tren de la velocidad. Era una flecha de ruptura hacia el sur, que se ha ido allanando lamentablemente a los madrileños, acabando con Despeñaperros, al que ahora miran ufanos los perros capitalinos camino de las Zaharas.

En el AVE y en cualquier tren, me compadezco de los azafatos, que entran siempre sonrientes ofreciendo auriculares y encuentran centenares de rostros serios, que van siendo aún más serios con el transcurso del viaje. Enfrentarse cada día al espanto del rostro humano tiene que ser duro. Porque, además, es un rostro incívicamente relajado. Es al salir de la estación cuando recomponemos la máscara del semblante social. Aburridos siempre parecemos dictadores.

El azafato ante los rostros desnudos. El respaldo orejero. La magia folclórica del AVE.

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Hughes

De formación no periodística, rompió a escribir sobre actualidad hace un año. Mantiene el blog losobjetosimpares, que ya hay que tener moral, y escribe en ABC. Por alguna razón imprecisa, dado que aún es joven, le gusta este verso de Gerardo Diego: y a la luz derivada del periódico yo no me siento viejo. http://losobjetosimpares.blogspot.com.es/ 

Comentarios (1)

  • Pastora

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    Eso de los dos salientes respaldillos orejeros que dices, está muy bien, siempre y cuando los plastas que están al lado no les de por sacar el móvil y hablar a voz en grito; algo muy habitual. Tostadas aparte, Santa Justa, como cualquier otra estación de tren, me deprime.

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