Contra la amnesia colectiva: reivindicando a Umbral

Escrito por Jesús Úbeda el . Posteado en Monográficos

La historia arranca el 25 de agosto de 2007. El Sevilla juega contra el Getafe en el estadio Ramón Sánchez Pizjuán. Andrés Montes lo narra fiel a su estilo, tan infiel al del resto de comentaristas deportivos, tiki taka Salinas, fútbol con fatatas, y así. Minuto 28 de partido. Antonio Puerta, joven, atlético, perillante, héroe europeo del sevillismo, futuro padre, se desploma. Al susto lo sigue el murmullo, el miedo, el pánico, y Dragutinovic es el primero en socorrer a su compañero, no sea que se trague la lengua. Sabíamos que la muerte había hecho sus pinitos en el mundo del fútbol, pero el personal nunca se acostumbra a ello. La muerte es más propia de gladiadores o de toreros. Puerta se reincorpora, España se tranquiliza, pero el centrocampista desfallece de nuevo. El país permanece en vilo durante tres días, se muerde las uñas con esperanza, los periodistas están a la que cae. A las 14:30 horas del 28 de agosto de 2007, Antonio Puerta fallece por una encefalopatía postanóxica. España se viste de luto ante la muerte del héroe y se olvida de que, mientras, en el Hospital Montepríncipe de Boadilla del Monte, en Madrid, un fallo cardiorrespiratorio mata a Francisco Umbral, periodista sin carné, articulista todólogo y cronista de la capital. En la columna “Esto es cuanto sé de mí”, publicada en El Mundo el 14/12/2006, él mismo decía sobre la parca, con naturalidad: “Estamos condenados a un primer amor, a un tardío honor y a la ignorancia final que llamamos muerte”.

Umbral, que escribió en los periódicos de mayor difusión e influencia de España -El País, ABC o El Mundo, entre otros- se convirtió en un muerto de segunda para la prensa -salvo para el diario de Unidad Editorial-. El 29 de agosto de 2007 se informó de su fallecimiento en la primera página de todos los grandes diarios, exceptuando ABC. El periódico que dirige Pedro J. Ramírez fue el que mayor protagonismo dio a la muerte de su columnista estrella; La Razón otorgó más espacio a Antonio Puerta, y El País y La Vanguardia optaron por el equilibrio cuantitativo en lo que a información se refiere. Especialmente cutre y pajizo fue el tratamiento que algunos medios audiovisuales le dieron a la noticia del fallecimiento del escritor, repitiendo hasta el vómito el vídeo aquel en el que Umbral, tosco y tertuliano, le reprochaba a Mercedes Milá que él había acudido a su programa para vender su libro, La década roja, y no para hablar de gilipolleces. “Si buscáis los máximos elogios, moríos”, dijo Enrique Jardiel Poncela. Pues con Umbral la cosa no fue para tanto.

El Mundo prorroga el homenaje con un centenar de columnas diarias y, tras este, Pedro J. elige a Raúl del Pozo sucesor del espacio de Umbral –“no es lo mejor tener el murciélago encima”, afirma el articulista-. Del Pozo considera que la muerte de quien fuera su amigo durante cuarenta años pasó, mediáticamente, tan de puntillas, por “una cuestión como de competencia”. “Pasa lo que con Bárcenas, basta que sea El Mundo quien lo publique…”, agrega. La firma alfa, el espalda plateada de los columnistas del periódico de Unidad Editorial, sostiene que “los grandes escritores tardan mucho en resucitar” y que Umbral “resucitará, porque convirtió el periodismo en una de las bellas artes”.

¿Gozó de mala prensa Umbral? Hay quienes le reprochan poco compromiso democrático, señalando que se subió al carro de la democracia cuando ya estaban todos los deberes hechos. También hay quienes tildaban su carácter de insoportable. El periodista David García cuenta que, durante la etapa de Umbral en El País, había redactores que se saludaban así:

-Hola, ¿qué tal?

-Encantado, tanto gusto, yo tampoco trago a Umbral. 

El tipo, más que odiado, se sentía envidiado, y en “Queridos envidiosos”, artículo publicado en El Mundo el 26/3/1994, decía: “El día que no me llega en la calle o en la prensa una halitosis de envidia, empiezo a pensar que estoy acabado, que ya no intereso. Los envidiosos sólo son los heraldos negros de nuestro acierto indudable”. El 12 de diciembre del 2000, el Ministerio de Educación y Cultura concedió a Umbral el Premio Cervantes. Al Movimiento Feminista no le gustó la cosa. “El Día de las Letras, la misoginia de Francisco Umbral, con sus palabras cargadas de violencia hacia las mujeres, recibe el premio más prestigioso de las letras en lengua castellana. El 23 de abril del año 2001 es, por eso, un día de vergüenza y desprestigio para nuestra sociedad y nuestra cultura, un día en el que ni mujeres ni hombres tenemos nada que celebrar”, escribieron Carmen Fernández y Dori Santolaya en Mujeres en red. Manuel Jabois dice que Umbral, a veces, “utilizaba una maldad absolutamente retorcida, incluso dañina”. Por su parte, Antonio Lucas define así el Diccionario de Literatura umbraliano -una de las obras favoritas, remarca-: “Es tan cabrón, tan descompensado, tan desafiante, tan molestón”. Y de nuevo Raúl del Pozo, quien mejor lo conoció de todos los periodistas consultados para este texto, que opta por la discreción: “Tenía cosas malas, pero nunca las voy a decir”.

 

El periodista de Libertad Digital Carmelo Jordá declara que “incluso con los muchos detractores” que tenía, “su posición en el mundo del periodismo era intocable”. Tiene razón. Si bien buena parte de los críticos coinciden en que nunca escribió ‘la gran novela’, es innegable que Umbral fue un articulista perfecto, para qué marear la perdiz, no sea que pote -los pájaros, cuando se marean, también vomitan-. Umbral afirma que el periodismo “nace como género literario –siempre lo ha sido- y mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto” (“Literatura y periodismo”, El Mundo, 3/12/1999), y define el artículo como “el soneto del periodismo”, como “el solo de violín de la literatura entre la multitud tipográfica del periódico”. Así explica su concepción de la columna en el prólogo de Spleen de Madrid-2, una recopilación de artículos de su etapa en El País publicada en 1982: “Tiene leyes y preceptivas tan rigurosas como el más exigente y definido género literario, y por eso hay tan pocos sonetistas buenos y tan pocos articulistas buenos, aunque cualquier político elocuente, cualquier erudito docente y cualquier ensayista influyente se crea con derecho y capacidad de hacer un artículo”.

El columnismo es una “puta costumbre española” -según Raúl del Pozo- en la que la figura del escritor pesa tanto como la del periodista. En el siglo XIX y en el primer cuarto del XX, los periódicos viven mucho de los hombres de letras. “Antes, los periodistas eran prácticamente gacetilleros -explica Antonio Lucas-. La forma de darle una pequeña pátina de distinción a los diarios era contar con escritores para que dieran o los folletines o su versión de un hecho concreto”. Umbral fue el columnista totémico, el todólogo por excelencia del periodismo literario, y consideró el articulismo como un género literario más. Raúl del Pozo dice con rotundidad que Umbral “inventó el columnismo moderno”, quemando los libros de estilo e incendiando el lenguaje. Pese a su literatura, pese a sus giros lingüísticos, pese a escribir, a veces, las columnas en endecasílabos o en alejandrinos (con un par), a Umbral lo entendía todo el mundo. Sus textos no eran balsas de aceite ni pedos literarios. Umbral distinguió muy bien los géneros flagrando sus fronteras, y aplicó a la columna un lenguaje propio para ella. Sus artículos no fueron fragmentos de sus novelas ni tampoco conversaciones de tasca transcritas. “Empleaba un lenguaje tan pueril que lo entendía todo el mundo. Esto, que parece fácil, es lo más difícil del periodismo”, afirma Del Pozo. David Gistau alaba el “lenguaje propio, luminoso, festivo, en el que detallan metáforas y neologismos”, así como su “capacidad de abarcarlo todo, de oscilar entre lo político y lo mundano, lo íntimo/poético y lo externo”.

  •  

    “¿Cómo acabar con ETA? Poniéndonos todos un pasamontañas, para desorientarlos” 

    “Asesores”, 2 de agosto de 1987, El País

  •  "La minifalda libera el discurso del cuerpo. Pero la española ha luchado tanto por su libertad que ya ni siquiera necesita abanderarse con una minifalda. Podría, sin perder terreno, hasta volver al polisón"

    "Minifaldas", 25 de octubre de 1987

  • “La juventud bebe para llegar antes y la vejez bebe para no llegar nunca” 

    “Vote ‘botellón’”, 17 de marzo de 2006, El Mundo

     

Desde su dacha proustiana -Los placeres y los días-, Umbral escribió de todo, sobre todo y para todos, esparciendo luz, mala leche y diversidad, la que le permitía Madrid, su ecosistema, en donde se movía ágil y voraz, como los velociraptores de Parque Jurásico. Cronista de sí mismo, en sus artículos -también en sus novelas, pero toca ceñirse al tema, leches- comprobamos su altísima capacidad literaria para adaptarse al medio ambiente, encontrándonos escenarios tan distintos como el Pozo del Tío Raimundo, el Ritz o el Café Gijón, y con gentes de mil raleas -políticos, escritores, curas, periodistas, prostitutas, camareros, pobres, yonkis, travestis, etcétera-.“Enlazas las negritas de Umbral y formas una gran historia de la transición”, sentencia Jabois. “Ser negrita de Umbral te convertía en alguien”, dice Gistau.

Umbral aportó elementos capitales al articulismo, como su capacidad de generar lenguaje, su actitud o la valentía a la hora de combinar en un mismo texto géneros, personajes, situaciones y lugares. Umbral fue/es un género literario –“salvando las distancias, pero a la manera de Quevedo”, opina Antonio Lucas- y el sexto aniversario de su muerte es un buen pretexto para recordarlo. España -el país, no su mujer- no lo ha sabido valorar aún. Por eso, para encontrar sus libros, uno tiene que vestirse de arqueólogo aventurero y perderse por librerías de segunda mano, en las que, con suerte, puedes encontrarte con alguna de sus obras, porque en las librerías de primera -también hay clases sociales en este sector-, como mucho, rascarás Mortal y rosa, Las ninfas, Balada de gamberros, La noche en que llegué al café Gijón o Los helechos arborescentes, más los ensayos sobre Federico García LorcaLorca, poeta maldito- y Ramón María del Valle-Inclán Valle-Inclán: los botines blancos de piqué-. Para el mundo editorial/cultural/periodístico español es un asunto digno de revisión que, oficialmente, por decirlo de algún modo, solo se puedan adquirir siete obras de un tipo que publicó más de un centenar. Raúl del Pozo finalizaba su obituario de Umbral -titulado “Un coño en la solapa”- refiriéndose a Shakespeare: “Contra la muerte y toda enemistad del olvido, saldrás adelante; tu alabanza encontrará espacio en los ojos de toda posteridad”. Pues ya toca.

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Jesús Úbeda

Jesús Úbeda (Ciudad Real, 1989) es Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid (o por lo que queda de ella). Trabaja en Libertad Digital, escribe en el blog musical Acordes Modernos y colabora en la revista literaria Cuaderno de Lluvia. Sobrevive, que no es poco. @jfubeda89

Comentarios (7)

  • Anónimo

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    Un artículo de 10: real y muy objetivo.
    ¡Enhorabuena!

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  • Joaquín

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    Escribe Umbral en ‘La noche que llegué al café Gijón’, libro (sí) imprescindible para conocerle, que al final todo escritor queda reducido a un tópico. Umbral será siempre, para quienes no le han leído, el tipo bronco que una noche, cuando se sintió engañado por la periodista que le había invitado a su programa de televisión (un escritor en un programa de televisión, ¡qué tiempos!) dijo la frase jíbara. Umbral es, claro, muchísimo más. Fue siempre un escritor de periódico, el columnista perpetuo, que no entendía de festivos ni vacaciones. Desaparecido del día a día, el recuerdo de Umbral permanece vivo entre sus fieles, una inmensa minoría. Para mí es, sobre todo, el autor de ‘Mortal y rosa’, una de las novelas más hermosas del siglo XX. Un clásico que siempre se leerá. Siempre.

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  • Céfiro

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    Magnífico escritor al que se le midió más por otros raseros que por el literario. “Mortal y rosa” es la piedra filosofal de la escritura, más allá de Proust.
    Hay que reivindicar su literatura siempre.

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  • Toñi

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    Genial y magnifico trabajo .Es un placer leer reportajes de esta categoría.

    ¡ Enhorabuena !

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  • Serafín

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    Creo que cada muerto tiene sus seguidores. Los futbolistas y los toreros, cuando mueren en el campo o en la plaza, pasan a formar parte de la leyenda popular. La muerte del futbolista la hicieron importante los medios, la del escritor, eclipsada en su día, será recordada durante mucho más tiempo. No hay que comparar cosas diferentes. Cada cual es importante en lo suyo. Alguien ha dicho que a Umbral hay que reivindicarle, yo creo que basta con leerle

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  • Pepe

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    Impresionante y emocionante artículo, periodísticamente perfecto, exaltador de la fuerte personalidad de Francisco Umbral, paradigma del columnismo, cuyo mérito como digno, pero frustrado, candidato a la RAE, escocerá en la conciencia de quienes no lo aceptaron..Jesús, ¡que bien comienzas!.

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