To all the girls I’ve loved before: AÍDA

Escrito por Juan Carlos Ortega el . Posteado en Firmas, To all the girls I've loved before

Conocí a Aída buceando. Los dos chocamos tontamente debajo del agua y al mismo tiempo nos pedimos perdón, apartándonos el tubo mientras movíamos las piernas muy rápido para mantenernos a flote. Diez minutos después, juntamos nuestras toallas en la arena y hablamos de Vangelis, el extraño compositor que acababa de publicar un disco sobre los océanos.

–Lo mejor de su música, sin duda, es el ambiente que consigue generar –le dije.

–Sí, es lo mismo que pienso yo. Y también el hecho de que sea griego.

Aquella reflexión me pareció tremendamente cómica. No el contenido, claro está, sino la construcción gramatical.

–Eres muy graciosa. Ya me di cuenta cuando buceabas. Tienes una divertida forma de expulsar el agua por el tubo cuando sales a la superficie, como si te diera vergüenza lanzar todo ese líquido.

–¿Cómo sabes que me da corte hacerlo?

Sonrió mientras miraba una esquina de su toalla. Cuando alzó la vista la besé durante mucho rato. No es que me gustara especialmente hacerlo, pero estaba esperando a que se me ocurriera una frase bonita para cuando separáramos los labios. Tras un larguísimo minuto, por fin le dije:

–Besas mejor que buceas.

Ciertamente no era la mejor frase del mundo, pero fue bien recibida. Después de reírme la ocurrencia, se puso seria y habló.

–Oye, ¿te puedo preguntar una cosa?

–Claro que sí.

–¿Tú qué opinas de la pedantería?

Por un momento pensé que yo le parecía un pedante y que su pregunta era una forma indirecta de decírmelo, pero tras reflexionar dos segundos supe que aquello no podía ser.

–Me da mucha rabia –le dije–. Es una cosa muy desagradable para mí. No soporto a los pedantes.

–Yo tampoco. Y creo que deberíamos hacer algo para acabar con ellos.

Su expresión fue terrible cuando dijo eso. Era como si quisiera matar literalmente a los pedantes del mundo.

–Bueno, también tienen derecho a vivir –ponderé.

–Claro, hombre, no me refiero a que debamos cargárnoslos, pero sería bueno que les fastidiáramos la vida.

–¿De qué manera?

–Deshaciendo el asunto.

–No te entiendo, Aída.

–Es muy fácil. Se trata de despedantizar.

Me pareció una palabra magnífica, y así se lo hice saber.

–Eres muy lista.

–Calla –dijo timidamente.

–¿Cómo vas a despedantizar a los pedantes?

–Es que no se trata de eso. Un pedante lo será siempre y no hay forma de arreglarlo.

–¿Entonces a qué te refieres?

Un niño nos lanzó arena al pasar y me gustó mucho que ella no hiciera ningún comentario desagradable sobre el pequeño.

–Me refiero a despedantizar su obra.

–¿Y cómo se hace eso?

–Traduciendo. Traduciendo todo lo que hayan escrito. Y hacerlo sin parar, dedicando todas nuestras horas y nuestro esfuerzo.

–¿Traducirlo a qué?

–A lenguaje humano, arrancando toda esa falsa trascendencia, todo ese vacío lenguaje.

El mismo niño volvió a arrojarnos arena, y esta vez Aída le gritó:

–¡Ve con cuidado, que nos has dado a mi amigo y a mi!

Incomprensiblemente, también me gustó que esta vez sí le dijera algo al crío. Pero lo que más me entusiasmó es que hubiera empleado la expresión “mi amigo”. Me pareció muy tierna.

–Vamos a ver, Aída. ¿Me estás diciendo que deberíamos hacernos con todo lo que han escrito los pedantes: libros, artículos, cuentos, poemas, conferencias, tratados, etc, para arrancarles toda la tontería de encima y hacerlos comprensibles y sencillos?

–Exacto. Se trataría de crear una página web llamada “despedantizadores.com”. En ella trabajaríamos un grupo de traductores del idioma pedante al idioma humano.

–Pero eso es un trabajo muy bestia. Traducir todo lo pedante que se ha escrito en la historia supondría el trabajo de varias generaciones.

–Para nada. Despedantizar es fácil y requiere muy poco tiempo. Una página entera pedante queda reducida a un par de líneas, o tal vez incluso ni eso.

La idea empezaba a entusiasmarme. Ofrecer a la sociedad toneladas de material pomposo resumido en pocas líneas era algo ciertamente magnífico.

–Aída, eres una maravilla. ¿Quieres que empecemos hoy mismo?

–Por supuesto que sí. Llevo años buscando un compañero para llevar a cabo esta tarea. ¿Te apetece venir a mi casa y empezamos a despedantizar las obras completas de José Saramago?

Que se burlara del Nobel portugués hizo que me enamorara de ella al instante. Estuvimos toda la tarde despedantizando sus novelas.

–Nos ha quedado muy bien nuestro primer trabajo, chaval buceador –me dijo guiñándome un ojo.

–El mérito es tuyo.

Y anotamos la primera traducción para colgar en nuestro proyecto de web. Las obras completas de Saramago quedaban reducidas a cuatro palabras: “Mira qué listo soy”.

Luegos nos fuimos a la playa para pasar la tarde buceando. Fue muy divertido. Dormimos juntos aquella noche, y por la mañana me pidió que me largara porque su novio estaba a punto de llegar.

No me enfadé con ella.

 

APÉNDICE: Aída y yo no volvimos a besarnos nunca más, pero hablo con ella a diario. Tenemos un montón de material despedantizado. En breve, haremos la página web. Obviamente, este texto que acabas de leer, también será sometido a un riguroso análisis de despedantización.

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Juan Carlos Ortega

Humorista de la radio que hace cosas de tele y escribe.

Comentarios (1)

  • Pepi Medina

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    Genial!! También despedantizaréis cantautores? me se de un par… aunque tal vez luego la música no le quede bien a los estribillos..

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