Xavi Puig

PERO ESTO QUÉ ES VII

Escrito por Xavi Puig el . Posteado en Columnas, Firmas

  
“Argumentos en contra de una interpretación psicologista del lenguaje en la primera etapa de la obra de Ludwig Wittgenstein”
Lydia Millikan
University of Connecticut

 

Abstract.

En este artículo se analiza el problema de la intencionalidad y la normatividad del lenguaje en el “Tractatus” de Wittgenstein. La conclusión principal alcanzada es que no es posible acometer una interpretación psicológica del pensamiento como hecho mental, tal y como pretenden autores como mi expareja Robert Madle, negativamente influido por su nueva compañera de investigación, la jovencísima Mathilda Robinson. Contra lo que ambos defienden, para Wittgenstein el lenguaje o, mejor dicho, la acción lingüística de los seres humanos, ya es en sí misma una acción simbólica. La intencionalidad del lenguaje es explicada mediante la actividad trascendental del sujeto metafísico, y su normatividad apelando al lenguaje mismo. Cualquier otra aproximación hermenéutica constituye un grave error. Error que Madle y Robinson, centrados quizá en temas no estrictamente académicos, cometen de forma flagrante.

 

 

Atendiendo a las últimas tendencias de la filosofía de la mente, en especial al funcionalismo, se han vuelto a considerar conceptos como el de “lenguaje del pensamiento” o  el de “representación mental” presentes en la obra de Ludwig Wittgenstein, la cual sigue siendo objeto de análisis y reinterpretación. En este contexto, destacan los empeños de quien fuera mi marido y compañero durante quince años, Robert Madle, y de su nueva ayudante veinteañera y becada, Mathilda Robinson, en enfocar la noción de pensamiento en el “Tractatus” de Wittgenstein desde el punto de vista psicológico, ignorando descaradamente que el propio autor defendió la postura antipsicologista en el punto 4.1121 de esta obra:

 

“La psicología no tiene más parentesco con la filosofía que cualquier otra ciencia natural”.

Dejando a un lado esta primera evidencia, e influenciado quizá por el hecho de que su nueva amante -¡De apenas 24 años!- se licenció en Psicología y no es ni siquiera filósofa de formación, mi exmarido no tiene en cuenta en su último artículo “Fundamentos psicológicos en la filosofía del ‘Tractatus’” que, según Wittgenstein, la intencionalidad del lenguaje no es empíricamente y, por ende, psicológicamente explicable sino que tiene un estatus trascendental: la fuente de la vida de los signos es el sujeto metafísico de la voluntad y no los sujetos empíricos ni los procesos o estados psíquicos que en ellos puedan acaecer.

Sorprende la peregrina tesis de mi expareja especialmente porque, antes de aliarse académica y sexualmente con la señorita Robinson -rompiendo, así, con el sólido proyecto de investigación en el que tanto él como yo estábamos involucrados-, él nunca mostró el más mínimo interés por relacionar la concepción wittgensteiniana del lenguaje con los procesos psicológicos. Muy al contrario, en el artículo que coescribimos cuando éramos felices en 2012, publicado en la revista de la “Cognitive Science Society”, él mismo defiende que la normatividad del lenguaje en Wittgenstein depende de la propia naturaleza del lenguaje y no de la actividad psíquica de los sujetos empíricos. Léase lo que él mismo escribe, pues, en el citado ensayo de cuando parecía tener dos dedos de frente:

 

“Por lo tanto, lo que determina la corrección del uso de las proposiciones, las condiciones en que éstas pueden ser verdaderas o falsas, es la naturaleza misma de dichas proposiciones, al margen de la configuración psicológica del hablante”.

De lo anterior se deduce, pues, que mi exmarido ha cambiado. Ha perdido el norte y es imposible reconocer en él al investigador que en su día me prometió que me querría siempre. Puedo concederle que “la gente tiene derecho a cambiar de vida” (“Correspondencia con Robert Madle”, junio de 2013), pero su actual posición se nos revela errática, frágil y muy fácilmente rebatible. Y la comunidad académica no puede quedarse callada ante tamaña debacle. Llevado claramente por el entusiasmo, y quizá también como reacción a cierta crisis de los cincuenta, el doctor Madle está arrojando por la borda su prestigio profesional defendiendo auténticas estupideces en el ámbito académico. Incongruencias que deben ser refutadas con rigor por su bien y por el del avance mismo del conocimiento.

La tal Mathilda Robinson tiene un amplio historial en el departamento de ciencias cognitivas de la Universidad de Connecticut. Es conocida por sus artículos “Aportaciones psicológicas al desarrollo de la filosofía de la mente”, “El coherentismo como paradoja metafilosófica” y por sus escarceos con profesores de más de cuarenta años a los que acaba dejando cuando encuentra “horizontes de investigación” más prometedores.

En cualquier caso, dicha señorita se escuda, en su último “trabajo”, en una carta que Wittgenstein envió el 19 de agosto de 1919 a Bertrand Russell, en la que dice lo siguiente:

 

“¿Consiste de palabras un pensamiento? ¡No! Consiste de constituyentes psíquicos que tienen el mismo tipo de relación con la realidad que las palabras. Cuáles sean estos constituyentes, no lo sé”.

Agarrándose a esto, la joven zorra concluye que en el “Tractatus” el pensamiento es un hecho psíquico que se expresa sensoperceptivamente a través de las proposiciones. Mi opinión sobre esto es clara: se trata de la interpretación más burda y facilona que he leído en mi vida, propia de una deficiente mental. Y el otro, toda una eminencia, cae de cuatro patas por efecto de las hormonas.

Guapa, es de idiotas creer que el pensamiento es un hecho psíquico solo porque resulta sensoperceptible a través de las proposiciones. El propio Wittgenstein, si lo hubieses leído en vez de estar pendiente de tu pelo de muñeca Bratz, nos lo deja bien claro cuando describe el pensamiento como “la figura lógica de los hechos”. Un pensamiento entendido como hecho psíquico, BO-NI-TA, no podría explicar cómo es que el lenguaje, o en general, las figuras, pueden describir la realidad. Y ello a pesar de que un hecho psíquico pueda tener la misma multiplicidad lógica que la proposición que supuestamente lo expresa y que el estado de cosas que supuestamente pretende describir. Aceptando que las representaciones mentales tuviesen un carácter normativo –y ni siquiera es el caso-, todavía sería necesario pensarlas, puta imbécil.

Meses antes de que mi exmarido, a través de su abogado, me pidiera formalmente que no asistiera a sus conferencias que injustamente me acusó de “intentar sabotear”, ya pude insistirle en que la actividad trascendental del sujeto metafísico de la voluntad es la que proyecta el lenguaje y actualiza las relaciones figurativas. Es por eso que su nueva novieta con gafitas de pasta y culito respingón no tiene ni puta idea, pues desde este punto de vista Wittgenstein no necesitó nunca apelar a hechos psíquicos ni a representaciones mentales. Otros hombres sí se muestran esclavos de sus instintivas necesidades, sucumbiendo a estrategias previsibles y ridículas de seducción. Dime, Robert, cuántas cenas le has pagado con el dinero de nuestro último proyecto de investigación.

Afirma tajantemente Ludwig Wittgenstein en el punto 5.5422 del “Tractatus”:

 

“La explicación correcta de la proposición ‘A juzga que p’ ha de mostrar que es imposible juzgar un absurdo (La teoría de Russell no satisface esta condición)”.

La teoría del juicio que Russell defendió entre 1910 y 1918 hacía depender la significatividad y la normatividad de las proposiciones de la actividad mental del sujeto empírico, y Wittgenstein explícitamente, ante la desazón de Russell -quien dejó inacabada su “Theory of Knowledge”-, le dijo en una carta de 1913 que la única manera de superar sus dificultades era dar una explicación correcta de las proposiciones que no invocase a ninguna explicación de tipo psicológico. Imagino que mi exmarido y su flamante putita desconocían este detalle, fundamental para desacreditar de una vez la tesis del psicologismo.

La correspondencia entre Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein es, en definitiva, muy útil para despejar cualquier duda y desde luego no tiene nada que ver con los correos electrónicos que encontré en mi ordenador al iniciar la sesión inadvertidamente con el usuario de mi por entonces esposo. Correos en los que queda muy claro que se habla de próximos encuentros sexuales y donde la interpretación de la noción de pensamiento en Wittgenstein es una mera excusa. No sé, pues, de qué deberíamos sorprendernos cuando leemos los últimos artículos de mi exmarido. Si Wittgenstein hubiese mostrado por el lenguaje el interés que muestra el doctor Madle por los coños afeitados, sin duda habría resuelto en poco tiempo los enigmas planteados en su obra magna sin verse condenado al solipsismo.

De todo lo dicho anteriormente, es posible concluir que la acción lingüística humana es en el “Tractatus” primariamente simbólica y su intencionalidad no se puede reducir a procesos psíquicos de ninguna manera a no ser que hayas perdido el culo por un chocho que te hace decir tonterías que no están a tu nivel, que merman el prestigio de la propia Universidad de Connecticut, y que me hacen sentir profunda vergüenza y al mismo tiempo tristeza al ver en qué tipo de pelele bobo e infantil te estás convirtiendo.

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Xavi Puig

Director de El Mundo Today

Comentarios (2)

  • Jose Montoya

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    Como viejo lector de, e incluso perpetrador de algun papel sobre nuestro viejo y querido Ludwig,encuentro admirable el papel de la profa Millikan y las perspectivas que nos abre acerca de la penetracion del quehacer filosofico.

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  • Vasile Ivanovich Koch

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    Estoy a favor de Wittgenstein, en su argumentación sobre que la intencionalidad del lenguaje no es empíricamente y, por ende, psicológicamente explicable, etc. He intentado profundizar en tema tan arduo, a través de la segunda de parte de la Theory of Knowledge, pero ya he visto que no es posible; una pena. En todo lo demás estoy prácticamente de acuerdo, salvo en la excesiva importancia que se otorga a la revista “Cognitive Science Society.

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