La señorita Berdie

Escrito por Ana Boyero el . Posteado en Relatos

El día que la señorita Berdie entró en mi consulta recordé que hacía demasiado tiempo que no hacía el amor con una mujer. En mi trabajo no estoy acostumbrado a tratar con chicas jóvenes, y mucho menos con aspecto de azafata de vuelo de los setenta. Nunca había sentido atracción física por ninguna paciente, principalmente porque cuando abrí la consulta decidí concentrarme en el mercado más estable de la psiquiatría: el de esposas aburridas con hijos casados. Estas señoras tienen muchas amigas en su misma situación y se recomiendan las unas a las otras. Vienen a verme por mi increíble capacidad para escuchar y por la facilidad con que receto ansiolíticos.

La luminosa piel de la señorita Berdie dejaba claro que domir no era un problema para ella; no llevaba anillo en la mano, así que tampoco estaba aquí por culpa de un matrimonio desgastado. Su presencia me pilló totalmente desprevenido, tendría que confiar en mi instinto. Mi primer impulso fue volver a mirarle las piernas.

- Me ha dado su teléfono la señora Márquez  – llevo años tratando a la señora Márquez: esposa de cardiólogo, tobillos gordos y preferencia por las benzodiacepinas – , dice que es usted muy bueno.

Me ajusté la corbata y sonreí como si estuviera en la barra de un bar.

La señorita Berdie se desanudó el pañuelo del cuello y me preguntó si podía fumar. Saqué el cenicero del primer cajón y le dije, con toda la galantería que pude, que se sintiera libre para hacer lo que quisiera en mi consulta. Después me levanté de la mesa, me acerqué a su silla y le ofrecí fuego. Desde mi posición pude intuir el encaje morado de su sostén. Festejé interiormente que solo veinte minutos antes hubieran anulado la cita siguiente.

- Estoy viendo a un psiquiatra. A otro psiquiatra. Se llama Alberto- dijo, y expulsó el humo con la pasión de quien ama y no es correspondido.

El motivo por el que se había buscado un psiquiatra no era una cuestión médica. La señorita Berdie me confesó que tenía dificultades con los hombres. A pesar de no tener problema para encontrar amantes – y esto, viéndola, no había necesidad de dudarlo – , no había encontrado la felicidad con ninguno. Los hombres que había conocido, se lamentaba, no la escuchaban.

- Se pasan toda la cena intentando impresionarme con un discurso sobre la importancia de la constancia en el camino al éxito y arrojan cifras de lo que estarán cobrando de aquí a un año.

Su madre le había recomendado que no fuera tan exigente, que hiciera como ella y se casara con un ingeniero: “Son los que menos se divorcian”. Sin embargo, a la señorita Berdie no le gustaban los hombres cuadriculados y callados como su padre. Todavía no había perdido la esperanza de encontrar un marido con quien poder charlar durante horas. Por eso, mientras esperaba a que llegara esa pareja maravillosa capaz de atenderla como merecía, había decidido “apuntarse” a un psiquiatra. Al menos de ese modo, durante una hora a la semana, tendría un hombre a su entera disposición.

 - Obligado por contrato a escucharme -  recalcó.

Así es como la señorita Berdie conoció a Alberto.

- La cuestión es que yo no tenía ningún trauma y él no paraba de preguntarme por mis problemas. Así que empecé a inventármelos. Por sacar conversación, ¿sabe?

A lo tonto, la señorita Berdie se había sacado de la manga un padre dictatorial y un pasado adolescente de autolesiones.

- Me parecieron más femeninos los cortes en el antebrazo que el típico trastorno alimenticio -  se explicó.

Las mentiras de la señorita Berdie despertaron rápidamente el interés profesional de Alberto, que no solo tomaba notas de todo lo que ella contaba, sino que repreguntaba y pedía detalles constantemente.

- Mis respuestas no habían generado tanta curiosidad en un hombre desde que el padre Guzmán me confesó con 13 años.

Pasado un mes, la señorita Berdie comenzó a sentir algo más profundo por su psiquiatra y empezó a barajar la posibilidad de verse fuera de la consulta. Se imaginaba que la llevaba a un restaurante y le preguntaba cuál era su plato favorito y por qué; fantaseaba con salir del cine juntos de la mano y comentar la película largo y tendido.

Mis esperanzas de acostarme con ella se desvanecían por momentos, pero no perdí del todo la ilusión de desabrochar su blusa blanca escotada.

- Ahora no sé qué hacer, ¡Alberto nunca me invitará a cenar después de todo lo que le he contado! He intentado abrirle mi corazón, pero él solo quiere hablar de mi padre.

Quedamos en volver a vernos la semana siguiente. Propuse el viernes a última hora, pero ella dijo que el martes a las seis le venía mejor.

 ———–

Aquella mañana me levanté lleno de energía, firmé recetas de Lexatín, Diazepán y Alprazolam y almorcé una deliciosa empanada de bacalao que me trajo la señora Ibarra,  que había venido a despedirse porque decía que desde que había enviudado volvía a dormir como un tronco. Otra de las ventajas de tener pacientes femeninas: siempre que prescinden de tus servicios lo hacen con su mejor plato.

A las seis en punto, volví a ver la blusa de la señorita Berdie.

Estaba muy alterada. Su último intento de mostrarse a Alberto como una persona cuerda había sido llevar a la consulta un ejemplar de El País Semanal. Lamentablemente, él se había negado a escuchar su opinión sobre la última columna de Rosa Montero. Tampoco quiso que le dijera cuál era su nevera favorita del fotorreportaje “Cinco cocinas americanas con vistas al mar”.

- Ni siquiera me contestó cuando propuse responder juntos al cuestionario “¿Es usted una persona iracunda?”. Se pasó diez minutos repasando las notas de su libreta, como si yo no estuviera allí.

La señorita Berdie estaba a punto de echarse a llorar. Alberto solo estaba interesado en ella como paciente.

- ¡Tuve que volver a mentirle para que me hiciera caso! Le informo de que, desde el viernes, mi madre es alcohólica.

Esta vez se encendió el cigarrillo sin preguntar, algo bastante frustrante para mí, que había fantaseado toda la semana con volver a mirarle el escote al ofrecerle fuego. Estuvo un rato fumando en silencio, le temblaban la manos. Dejé que se calmara un poco y después le dije que tenía un plan. Me miró con los mismos ojos brillantes que ponen el resto de pacientes cuando saco el recetario.

-  La matización severa de su historial.

Durante el resto de la sesión estuvimos intentando suavizar las mentiras que le había contado a Alberto. La idea era transformar un pasado que asustaría al hombre más temerario en el de una heroína ligeramente atormentada y con cierta tendencia a la exageración, pero con un fondo de lo más honesto.

Propuse reducir el ficticio alcoholismo de su madre a un problema con el anís en fechas señaladas. Concretamente: Nochebuena, Nochevieja y el aniversario de su boda.  A la señorita Berdie le entusiasmó la idea, pero pidió cambiar el anís por el champagne. Acepté.

Que el padre de la señorita Berdie fuera ingeniero me parecía suficiente argumento para explicar un exceso de control sobre su única hija. El problema es que ya le había contado a su psiquiatra que el hombre la había encerrado en casa durante cinco veranos seguidos, los de la universidad, para que no tuviera contacto con chicos. La historia de la princesa medieval aislada en una torre, además de ser bastante ridícula, complicaba mi simplificada versión de los hechos.

-  Quizás con esta medida su padre solo pretendía ayudarla a concentrarse mejor y aprobar los exámenes de septiembre – Aquí reconozco que me dejé llevar y le guiñé un ojo.

Esto ofendió mucho a la señorita Berdie, que protestó alegando que ella nunca había suspendido una sola asignatura en la carrera y que no estaba dispuesta a quedar ante Alberto como una imbécil. Estuvimos un rato pensando, pero no se nos ocurría mejor explicación para los encierros estivales sin que su padre quedara como un histérico. Al final convenimos que había un catedrático despechado que, ante la negativa de la señorita Berdie de tener una aventura con él, se habría vengado con unos suspensos que, aunque claramente injustos, existieron.

Por fin, con la mirada perdida y asintiendo ligeramente, sonrió. Estuvo así unos minutos,  recreándose en su nuevo rol de sexy y digna universitaria, y yo aproveché su ensimismamiento para dar unas vueltas por la habitación y regodearme en su cuello. Esta vez el borde del sujetador era azul cielo y me pareció intuir un discreto lacito.

 - ¿Y cómo explico lo de los cortes?

- Todo psiquiatra sabe que la adolescencia es un momento de sobrepasar los límites. A algunas chicas les da por darse atracones de patatas fritas, otras se vuelven cleptómanas durante una temporada y las hay que se quedan embarazadas. Créame, mientras no se tatuara un tribal en la rabadilla no hay nada serio de qué avergonzarse. ¿Le especificó usted a Alberto cómo se hizo esas lesiones?

La señorita Berdie no había entrado en detalles, así que sugerí que cuando dijo “autolesiones” probablemente quiso decir “arañazos”.

- Menos agresivo que cortarse con una cuchilla o un compás, los instrumentos habituales en estos casos. Podría haber estado enamorada del delegado de su grupo y no se atrevía a decírselo por miedo a que la rechazara, así que calmaba la tensión entre clase y clase rascándose con fuerza.

-  ¿Y por qué dejé de rascarme?

-  Al curso siguiente al chico le degradaron a subdelegado y a usted se le pasó la tontería.

A la señorita Berdie le cuadró todo perfectamente. Ese día salió por la puerta muy contenta.

 ———–

El martes siguiente la señorita Berdie apareció radiante por la consulta. En una mano llevaba el bolso y en la otra, un plato con un bizcocho envuelto en film transparente. Me temí lo peor: el clásico postre de despedida.

- Le he traído esto para darle las gracias. Alberto ya no piensa que soy una lunática – Me informó de que el sábado la había invitado a cenar. Por lo visto, habían conversado sin descanso durante tres horas.

Puse cara de “lo celebro” y me dieron ganas de darme un puñetazo por ser tan buen profesional. Tendría que haber matizado una sola mentira por sesión en vez de resolver todo el problema en una hora y perderla de vista para siempre. Al menos, me consolé, aquella noche cenaría un bollo casero.

Se sentó, sacó un cigarrillo y lo sostuvo entre los dedos. Supongo que esperaba que le pidiera detalles sobre su psiquiatra favorito, pero como no me apetecía escucharlos, no lo hice. En lugar de eso, agarré el mechero y me levanté con la solemnidad de quien porta la antorcha olímpica. Esta vez no me molesté en disimular mi mirada: rojo burdeos.

- Imagino que ha venido para despedirse – dije con dignidad fingida mientras regresaba a mi sitio – Le deseo mucha suerte con su psiquiatra. Con Alberto.

Negó con la cabeza: Alberto ya no era su psiquiatra. Ahora que había conseguido una primera cita con él, no necesitaba seguir pagando para que la escuchara. La señorita Berdie cruzó las piernas y exhaló con la delicadeza de una amante cariñosa.

- He venido para que maticemos severamente lo que dije en la cena.

 

Etiquetas:, , , , , , , , , , , , ,

"Trackback" Enlace desde tu web.

Ana Boyero

Directora y fundadora de UNFOLLOW. Redactora de Cultura en laSexta|Noticias anaboyero@gmail.com

Comentarios (1)

  • Russ

    |

    Capacidad para escuchar a cambio de bollos caseros. Hay muchas combinaciones, cada cual tiene la suya. Lo malo es que hay gente que habla tanto, que un bollo es poca cosa.
    Me ha gustado la historia.

    Responder

Deja un comentario