El futbolista sensible

Escrito por Francis Leonard el . Posteado en Relatos

Era el Dr. Jekyll y Mr. Hyde del deporte rey.

Su padre lo definió como un delantero sinuoso de mirada onírica y técnica insondable. Eso sí: pésimo jugador cuando la meteorología no acompañaba.

Efectivamente, en días soleados no daba pie con bola.

Bajo cielos azules se confundía constantemente a la hora de pasar la pelota. Le costaba discernir. Propinaba lanzamientos demasiado exagerados (y mandaba el esférico al deslumbrante comienzo del big bang) o, por el contrario, incurría en pataditas flojísimas y el balón avanzaba unos simples centímetros, sin intensidad alguna, completamente despojado de su indudable poderío arrollador.

Encima, el tipo no transmitía la sensación de moverse sobre el campo de acuerdo a la estrategia que previamente hubiera establecido el normalmente efímero entrenador de turno.

Hablaban del chaval como “la gacela fugitiva”, debido a su más que razonable parecido con esos famosos mamíferos tan siempre perseguidos por las mismas leonas que aparecen en los mismos documentales que todo el mundo ve.

Por otra parte, resultaba sencillo encontrarle terriblemente solo en un rincón del rectángulo de juego, haciendo aspavientos con los brazos, como diciendo “dejadme en paz, chicos, de verdad, pasadlo bien, me encanta que os preocupéis por mí, pero concentraos en lo vuestro, en serio.”

Sin embargo, y para hacer justicia, hay que reconocer que en las jornadas de lluvia se convertía en tal certero as en la manga para cualquier míster (los diferentes clubes se lo fueron cediendo entre ellos, no sin extraños sentimientos encontrados), que incluso podían permitirse el formidable lujo de sacar a jugar a todos los suplentes y que estos compitieran a un nivel paupérrimo, sin riesgo alguno de perder el partido.

Así era la cosa cuando Martín Martín Martín (ése era su nombre completo, aunque era más conocido por Martín a secas) estaba inspirado.

Bajo los aguaceros, “Eme, El Brujo” (otro de sus innumerables apelativos) se hinchaba a meter goles. De manera soberbia fabricaba jugadas cercanas a la experiencia extrasensorial.

Y, además, él solito se encargaba de introducir el esférico al fondo de la red (apoyado en su gran talento, astucia y distinción), con ese regateo bizantino marca de la casa, inimitable para nadie, ni siquiera para los más aventajados guerreros de pantalón corto y piernas torneadas.

Espoleado por sus brillantes actuaciones, después de meter cualquier gol, repartía fuertes abrazos a todos los jugadores, incluyendo a los del equipo rival.

Pero cuando caían chuzos de punta, el espectáculo ya se salía de madre, y aquello se convertía en una incontenible sucesión de adorables filigranas.

Y entonces, periodistas deportivos de todos los países (e incluso de algunas tribus antropófagas) le preguntaban fuera de sí:

– ¡Martín!, ¿cómo es posible? ¡Lo que haces es absolutamente celestial! ¡Tiene que haber una explicación!

Y Martín, nervioso (siempre lo estaba desde el día en que notó que había nacido en este planeta y no en otro), respondía con una timidez prácticamente dolorosa:

–Es que el césped del terreno de juego huele de manera indescriptible cuando llueve. Y me emociono.

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Francis Leonard

Nacido en la Selva Negra, daltónico y criado en libertad, ha trabajado de piloto de ambulancias, diseñador de terrarios, decorador de rotondas, coordinador de saltos base, inspector de auditores, bibliotecario de guardia y un largo etcétera de oficios aún por consolidar. En la actualidad se dedica al estudio íntegro del cuadro titulado "Muchacha leyendo una carta", del pintor neerlandés Johannes Vermeer.

Comentarios (1)

  • Isidoro

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    Un bonito cuento. Por otro lado, me gustaría leer sus impresiones sobre el cuadro de Vermeer.

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