Carmen Pacheco

POSPONGAN EL APOCALIPSIS, MORIRSE NO TIENE MUCHO INTERÉS

Escrito por Carmen Pacheco el . Posteado en Columnas, Firmas

Hubo un tiempo en que me obsesioné con la muerte. No me refiero a la idea de matarme, ni a la parafernalia mortuoria, ni siquiera a la muerte como final o motivo de angustia. Me obsesioné con la muerte en estado puro, con la idea de la nada, de la no existencia. Lo curioso es que no la visualizaba como el clásico fundido a negro. Sin que hubiera motivo, o sin que haya podido descifrarlo aún, cada vez que pensaba en la muerte me venía a la mente la imagen de unas manos de mujer haciendo una trenza con el pelo oscuro de una niña de espaldas. Con extrema precisión, sin dejar ni un pelo suelto, y apretando en cada nudo, pero a la vez con mucha delicadeza.

El porqué de esta idea asociada a esta imagen no lo sé, pero recuerdo que la primera vez que me vino a la mente estaba sentada en la cama de una habitación de hotel. Fue como si alguien hubiera dejado allí aquel pensamiento, como quien extravía un libro o una maleta, y yo lo tomé sin querer.

Pensar en la muerte asociada a esta imagen me producía un alivio inmediato. Me tranquilizaba como nunca nada, ni químico, ni físico, lo había hecho. Me asaltaban por aquella época muchos momentos de ansiedad o tristeza y encontré en este pensamiento el remedio más efectivo. ¿Qué hay más seguro, más certero, que la muerte? ¿Qué tiene importancia cuando se lo compara con ella?

No vi en ello ningún peligro, ya digo que no pensaba en matarme, ni la idea de la muerte me afligía en lo más mínimo. Si lo racionalizaba me parecía algo excéntrico porque la muerte es un pensamiento que aterra a la mayoría de la gente. No es nada positivo como imaginarte en un lugar paradisiaco o pensar en la gente que te quiere. No es hacer meditación ni respirar hondo. ¿Pero qué mal había en ello? Pensé hasta escribir sobre el asunto, para ver si una idea tan loca soportaba que la verbalizase.

Pero no lo hablé con nadie, o no lo hice suficientemente en serio. Y ahí estaba yo: en una fiesta, en una reunión de trabajo, escribiendo un artículo o fregando los platos… y mientras tanto pensando en la muerte.

No tenía ni idea por entonces de las repercusiones que tiene acoger un pensamiento así. La idea de la muerte, aunque envuelta en un halo de serenidad y paz, es como un fragmento de código malicioso capaz de corromper y reescribir todo un programa. Pensar a menudo en la muerte destruye la lógica de la vida cotidiana, tiñe de absurdo todo lo que se hace. De repente un día, hasta los objetos se desprenden de sus nombres, y no hay razón para que las sillas sigan siendo sillas y las mesas mesas. Es un proceso extraño que solo entiende quien lo ha experimentado y que culmina en la fase en la que uno al despertar cada mañana se pregunta por qué.

Afortunadamente, todo eso quedó atrás para mí, y quizá en el futuro haya pasado suficiente tiempo como para animarme a contar, para quien pueda servir de utilidad, cómo logré reiniciar el programa y volver a creer en la lógica sana y milagrosa de despertar todos los días.

El caso es que desde hace poco tengo otro de estos pensamientos recurrentes rebotándome en el cerebro. Esta vez es un recuerdo, un momento y una frase que se me han quedado grabados en la memoria. Algo que dijo una madre a su hijo mientras paseaban por la calle delante de mí. La frase está formulada de manera graciosa, pero no entendía que me acudiera a la mente con tanta asiduidad. En una fiesta, en una reunión de trabajo, escribiendo un artículo o fregando los platos. La frase tal y como la oí se me viene a la boca.

No lo entendía hasta que, echando mano de la memoria, me pregunté cuándo había tenido pensamientos recurrentes de ese tipo, y me acordé de todo el asunto aquel de la muerte y la trenza. Y las dos ideas encajaron con una obviedad que me pareció pasmosa. Como si mi subconsciente llevara siglos intentando que yo resolviera un puzzle de dos piezas.

El recuerdo que me asalta estos días es este: en vísperas de Semana Santa estaba paseando por un barrio residencial, de esos en los que la vegetación se derrama por los muros que encierran los jardines y donde a cada paso algún olor remueve alguna sensación congelada desde la infancia. Una madre y su hijo caminan a unos metros y puedo escuchar su conversación. El niño pregunta en qué consiste una procesión y si van a ir a verla. La madre le dice que claro que lo harán y que hay muchas. “Pero la más importante es la del domingo”, le dice. El niño pregunta por qué. La madre entonces contesta:

–Porque lo novedoso no es morirse. Lo novedoso es resucitar.

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Carmen Pacheco

Carmen Pacheco ha publicado varios libros para el público infantil, escribe en distintos medios y colabora como guionista en el webcomic Let's Pacheco! Actualmente, reside a tiempo completo en internet. Carmenpacheco.es @carmen_pacheco

Comentarios (4)

  • Natalia Manzano

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    Interesante relato. Qué ojo tienes para sacar de situaciones cotidianas el jugo entero. Y qué buena la imagen de la trenza.

    La urgencia por la vida que la idea de la muerte causa en nosotros es parte de lo que hace interesante todo, dependiendo de cómo se reaccione a eso, seremos un tipo de persona que vive su vida de una forma completamente diferente. La muerte es la única certeza, sí, todas las otras nos las tenemos que elegir a nivel personal nosotros y decidir creer en ellas. Pero como dijo Oscar Wilde, el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte. Ahí lo dejo. ;)

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  • Pablo Cañete

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    No creo que resucitar sea una novedad, resucitar es una putada. Morir es acabar de una vez, resucitar es empezar de nuevo con toda la matraca. Si Cristo, en la última cena, hubiera sabido que cada año le espera una Semana Santa, habría salido a escape y llegado a viejo. Muy bueno, como siempre, Carmen.

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  • Pepa Pig

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    A mi me interesa saber como lograste reiniciar el programa… por si sigues pensando en escribir sobre el tema. Me sería de gran ayuda.

    Un saludo

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