Gato de angora verushka

Verushka

Escrito por Ana Boyero el . Posteado en Relatos

BSO: Nus Cuevas

Esta feo que yo lo diga, pero a Gonzalo se le fue la cabeza con el gato.

El médico nos acababa de confirmar que no podíamos tener hijos. Yo lo acepté mejor que él, y eso que era por mi culpa (síndrome de ovarios poliquísticos). Durante tres meses, Gonzalo volcó su frustración en la lectura y yo me dediqué a hacer cuentas: no ser padres implicaba poder subir de nivel de vida. Con todo lo que nos íbamos a ahorrar en pañales y libros de texto durante las próximas dos décadas, podríamos derrochar como mínimo 700 euros al mes sin sentirnos culpables. Viajes a Nueva York en julio y a la peluquería cada quince días. La no maternidad iba a sentarme de lujo.

Cuando terminó las obras completas de Dostoievski, Gonzalo recuperó las ganas de hablar. Una noche, mientras yo sacaba la ropa de la lavadora, inició una conversación desde el salón.

- Deberíamos comprarnos un gato- dijo en voz alta.

¿Un gato? ¿A santo de qué ahora un gato? Continué colocando toallas húmedas en el barreño como si nada. Todas estaban llenas de pelusas granates.

La butaca crujió y oí sus pisadas por el pasillo.

- Digo que deberíamos comprarnos un gato- insistió.

Le dije que si quería podíamos pasarnos por un refugio, a ver si veíamos alguno que nos hiciese gracia. Me miró con desconcierto, como si hubiese propuesto adoptar una rata del medievo. No estaba pensando en un gato callejero, aclaró -y pronunció ‘callejero’ con la precaución de quien dice ‘yonki’- , sino en uno elegante, de pelo largo y carácter afable: quería un cachorro de raza. Gonzalo siempre ha sido un poco pijo y a veces me toca ceder, pero esto me parecía un exceso a todas luces. ¿Pagar por un animal que tiene camadas cada cuatro meses de las que siempre hay alguien en el trabajo que se quiere deshacer? Qué ridiculez. En ese momento, Gonzalo reparó en las pelusas.

- ¿Has metido mi jersey de lana escocesa con las toallas?

Mierda.

Su jersey favorito agonizaba en el fondo de la lavadora. Lo saqué, fingiendo una seguridad inquebrantable en mis dotes inexistentes para solucionar altercados domésticos, pero después de pasar una hora a sesenta grados había encogido tanto que solo podría sentarle bien al niño que jamás íbamos a tener.

- Vale, compremos un gato.

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Dieciséis horas más tarde me despertó el sonido del exprimidor. Gonzalo había comprado cruasanes y me esperaba para desayunar. Se había afeitado, estaba especialmente guapo (aunque me meta con esos jerséis de marca que lleva, le sientan estupendamente). Pensé que era el momento perfecto para compartir mi visión económicamente rentable de nuestro nuevo estatus forzado de matrimonio sin hijos, pero Gonzalo se me adelantó. Había estado investigando por su cuenta las razas más selectas de gatos y, por lo visto, el de angora tenía todas las cualidades necesarias para hacernos felices. Mientras yo dormía a pierna suelta, a él la mañana le había cundido a base de bien.

Nuestros primeros 700 euros de exceso se fueron en Verushka.

La gata era una monada, las cosas como son. Tenía ojos verde turquesa, hocico redondo y mullidas patas de gimnasta. Era pequeña, blanca y suave como una cría de foca. Se pasaba la mayor parte del día durmiendo y, cuando le acariciabas la tripa, ronroneaba y pedía más. Valoramos la idea de organizar una fiesta para enseñársela a nuestros amigos con bebés, pero al final lo descartamos por miedo a que lo vieran como una provocación: Verushka era cien veces más guapa que cualquiera de sus hijos.

Alimentándose a base de tarrinas doradas que no quise preguntar cuánto costaban, Verushka fue alcanzando la edad adulta. A medida que se iba desarrollando, Juanjo me informaba de que cumplía los cánones de belleza de los mejores gatos de angora. Su cabeza era perfecta; la curva de su espalda, sobresaliente; y tenía el pelo tan largo y denso que cuando dormía enroscada parecía la estola de una zarina.

Yo, por mi parte, llegué a la primavera con un renovado deseo sexual. No sé si sería el cambio de hora o la liberación de poder hacer el amor sin la presión de ser fecundada, pero el caso es que tenía las hormonas por el techo.

Un día decidí saltarme la clase de step y sustituirlo por algo de ejercicio con Gonzalo. Me puse las braguitas rosas transparentes y una camisa de su armario. Le esperé con el pelo suelto, impaciente y sin sujetador, sentada en su butaca.

Cuando sonó la puerta de la calle, la gata cruzó el pasillo a todo trapo. Una jarana de maullidos, mimos y ronroneos llegó del recibidor.

-        ¿Quién es la gatita más guapa del mundo?

Al rato, Gonzalo entró en el salón escoltado por Verushka. Llevaba el jersey azul marino de cashmere que le marca discretamente los pectorales.

-        Buenas tardes…

Dejé que me metiera mano y nos besamos.

A la gata no le hizo gracia dejar de ser el centro de atención durante cinco minutos, puso los ojos en blanco y ronroneó sin piedad. Gonzalo cayó en la provocación. Aupó a Verushka en brazos y, en un ataque de espontaneidad insólito, se puso a dar vueltas por el salón. Parecía que estuvieran bailando El Danubio Azul.

Sinceramente, no me había saltado la clase de aeróbic para ver ese espectáculo. Me tumbé en el sofá y empecé a desabrocharme botones de la camisa hasta la altura del esternón. Me quité las bragas y se las lancé a los bailarines. Por fin, Gonzalo reaccionó. Dejó a Sissi Emperatriz en el suelo y vino a mi encuentro. Le quité el jersey con cuidado de no darle de sí el cuello, me había repetido muchas veces lo delicado que era el cashmere.

-        Te lo ha llenado de pelos- informé.

Verushka contraatacó con un aullido histérico. Una mezcla demoníaca y prolongada de gemidos graves y agudos, solo justificados en un contexto de desollamiento. Paramos de inmediato: la gata se estaba doblando en una posición escandalosa, a medio camino entre el placer y el dolor.

-        ¡Le ha venido el celo!- gritó Gonzalo. Se subió los pantalones y corrió al lado de Verushka – Pobrecita, ya está, ya está…

Se quedó en el suelo, velando a un animal inconsolable que sufría porque sentía frustración sexual.

-          Me voy a duchar- dije, y recogí las bragas.

-          Echa mi camisa a lavar, por favor. Se ha arrugado.

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No comenté nada porque sabía que Gonzalo no iba a reconocerlo, pero desde que tuvo el primer celo la gata actuaba con una superioridad despreciable. La fertilidad parecía haberle dado plena consciencia de su belleza. Se contoneaba por el pasillo, pasaba horas atusándose el pelo y jamás desaprovechaba la ocasión de levantar el rabo y vanagloriarse de su ano, reluciente e hipnótico como un talismán.

Además, había empezado a dormir a los pies de Gonzalo y me bufaba cuando le abrazaba por detrás.

-       Creo que habría que castrar a Verushka- comenté una noche que fuimos a cenar a un japonés.

Después, hilé un discurso bastante hipócrita sobre lo mal que debía de pasarlo el animal durante el celo y obvié el hecho de que sus maullidos me levantaban una migraña insoportable.

Gonzalo dijo que le parecía muy precipitado, más adelante podíamos querer tener gatitos en casa.

-       ¡De ninguna manera! Nos hemos dejado un dineral en pienso gourmet y vacunas. Ahora nos toca disfrutar a nosotros. Me gustaría que fuéramos a Nueva York. Solos. Quiero dormir en una cama sin pelos donde podamos hacer el amor sin la mirada reprobatoria de Verushka.

Gonzalo masticó un nigiri de salmón y se ayudó de vino blanco para tragar.

-       Que tú no puedas tener hijos no quiere decir que el resto del mundo no quiera tenerlos.

Esa noche declaré una guerra silenciosa y empecé a dormir en el sofá. Verushka no tardó en ocupar mi sitio en la cama de matrimonio. Desde ese día se convirtió en su guardaespaldas. Mi marido, tan celoso de su intimidad, de repente no tenía problemas en dejarla pasar al cuarto de baño. Después, eso sí, echaba el pestillo. Fueron unas semanas de calma tensa y devoción felina.

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Un día, Gonzalo me llamó al móvil para que bajara al coche a ayudarle a descargar “una cosa”. No especificó qué era y mi cabeza empezó a elucubrar. Supuse que había recapacitado, que se había dado cuenta de que las cosas no podían seguir así y de que, o me demostraba lo mucho que le importaba, o me iba a perder para siempre.

La caja era inmensa. Medía un metro de alto y pesaba por lo menos quince kilos. No quise preguntar para no estropear la sorpresa. A duras penas, la fuimos llevando al salón. Verushka no facilitaba las cosas, no paraba de cruzarse y de olisquear las esquinas. Fantaseé con la idea de soltar la caja cuando pasó por debajo, pero me contuve.

Gonzalo cogió en brazos a la gata y, mirándola, utilizó un plural que me mosqueó bastante.

-       Vamos a ver qué es.

Debajo de nueve capas de papel de burbujas se escondía un gimnasio para gatos. Estaba hecho de caoba y tenía de todo: rascador, escalones, tobogán y hasta un pequeño tocador con espejito. Sobre el pedestal más alto había una firma presuntuosa de esas que tienen los muebles escandinavos que tanto le gustan a Gonzalo.

-       No ha sido fácil encontrar un parque de ejercicios que no fuera una horterada. En España todos son de plástico.

Confirmado: el palacete de Verushka era de importación.

La gata trepó por una de las cuerdas y volteó la cabeza para atrás. Clavó sus pupilas en Gonzalo y se mantuvo unos segundos en esa posición, suspendida en el aire como una streaper.

Estaba en shock. Solo podía pensar en dos cosas: “¿cuánto ha costado?” y “¿lo has pagado con la tarjeta común?”. En ese momento, Gonzalo puso una sonrisita misteriosa y se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Me tendió un sobre blanco. En la esquina inferior había un logo: AMERICAN AIRLINES.

Besé a Gonzalo compulsivamente. Estaba tan feliz que incluso, por un momento, llegué a sentir ternura por Verushka, que apoyaba sus almohadillas en el espejo, absorta en su propio reflejo. Me temblaban tanto las manos que tuve dificultades para rasgar el sobre sin romperlo. Dentro había dos billetes de avión con nuestros nombres. Rastreé entre los datos buscando las iniciales JFK, pero no había señales del aeropuerto neoyorquino. Sí me fijé en que el apartado de equipaje tenía una cruz sobre “mascotas”.

-       ¡Nos vamos a Cleveland! – anunció Gonzalo.

Y añadió que en Ohio se celebraba la trigésimo octava edición del concurso internacional de gatos de angora, el más prestigioso de mundo.

-       Va a dejarlos a todos impresionados. Y seguro que le sale algún novio campeón.

No le había visto tan entusiasmado en años.

-       He reservado a las nueve en el japonés. Voy a ducharme y luego te cuento las categorías en las que vamos a competir.

Esta vez, Verushka no le escoltó al baño. Acababa de descubrir el tobogán.

Me fui directa al portátil. Entré en la página del banco, metí nuestra clave y pinché en “últimos movimientos”. Lo sabía: faltaban casi tres mil euros.

Estuve menos de diez segundos en nuestro dormitorio. Abrí el armario de Gonzalo, cogí sus tres mejores  jerseys y me los llevé al salón. Verushka maullaba desde lo alto del armatoste, anunciando su inminente descenso. Clavé mis rodillas en el suelo, coloqué la pila de jerseys al final del tobogán y esperé pacientemente a que la gata se deslizara y cayera sobre ellos.

Por el pasillo llegaba el sonido del agua golpeando la bañera y el canturreo ahogado de mi marido.

Puse una lavadora con carga extra de suavizante y me fui a cenar por mi cuenta. Esa noche no probé ningún plato por debajo de los cuarenta euros (pagué con la tarjeta común, por supuesto).

Nuestro matrimonio no sobrevivió a aquella colada, pero en mi defensa diré que esta vez, y por deferencia a Verushka, había elegido el programa de ropa delicada.

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Ana Boyero

Directora y fundadora de UNFOLLOW. Redactora de Cultura en laSexta|Noticias anaboyero@gmail.com

Comentarios (2)

  • Maximus

    |

    Hembras…

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  • cristina

    |

    ¡Genial!, la banda sonora de Nus le va como anillo al dedo

    Responder

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