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Pepe Albert de Paco

Mesa para dos

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas, Firmas

Mujer y restaurante forman un binomio confuso, acaso gobernado por una desafección tan antigua como inmune al auge de la gastromanía. Ellas desprecian el comer (no la comida, ojo, sino el comer; hay un matiz), y nada, ni siquiera las tapas nitrogenadas y demás apoteosis de lo aéreo, logran persuadirlas de que no hay lugar más tremebundo que la mesa de un restaurante ni esparcimiento más siniestro que eso que en Cataluña llamamos ‘entaular-se’, cuyas connotaciones, siempre despreciables, carecen en castellano de una voz que las iguale. No en vano, ‘entaular-se’, de taula (mesa), remite a un encajonamiento casi estabulario, a una suerte de prisión pasajera y, por ello mismo, doblemente eterna. ‘Entaular-se’, en fin, es algo así como el reverso omnívoro de la ‘petite mort’, un paréntesis en el discernimiento entre el bien y el mal del que conviene guardarse. La aversión femenina al rito del yantar, ya digo, ha vadeado océanos de tiempo para llegar exultante a nuestros días, pasando por encima del cocktail de gambas, aguacate y salsa rosa, los volovanes rellenos de atún, las espumas de crema catalana, la tortilla deconstruida y el helado caliente. Lo que sigue es un decálogo para el tiempo en que todo era inocente y el restaurante competía de en pie de igualdad con el cine, los paseos o un concierto veraniego. Un decálogo, en efecto, perfectamente inservible, como cualquier poética o tratado que se precie de trascendente, y que aviva el recuerdo de aquel atardecer en que ella dijo “sí, claro, me parece estupendo”. Habían abierto un nuevo ‘gastro’ en el barrio y el tren de la modernidad pasaba por allí. Qué no sería yo si entonces hubiera sabido todo esto.

Pepe Albert de Paco

Breviario para un joven divorciado

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas

  1. No te fustigues por haber abandonado el reciclaje: el desprendimiento de la máscara de ecologista es la prueba de que, parafraseando a la Jurado, todavía hay mucho hombre en ese cuerpo.
  2. Renunciar al reciclaje no supone renunciar a uno mismo. De vez en cuando, vacía el cubilete de cápsulas de la Nespresso.
  3. Ahuyenta la certidumbre de que, al anochecer, la ciudad reclama tu presencia.
  4. No te alarmes si, al ir a casa de tu ex, incurres en el acto reflejo de sacar del bolsillo unas llaves del todo inexistentes.
  5. Renueva el cepillo de dientes con la misma asiduidad con que ella solía hacerlo.
  6. Celebra en tu cubículo cuantas cenas sean necesarias: son un pretexto fabuloso para comprar enseres de cocina cuya existencia jamás habrías imaginado.
Pepe Albert de Paco

El periodista técnico

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas, Firmas

Hace poco, mientras visitaba a un amigo en la redacción de un periódico barcelonés, reparé en que esta era en verdad un apéndice de una oficina mayor. Al preguntar por ello, mi amigo me aclaró que estaban ‘realquilados’ en la sede de una editorial de revistas técnico-profesionales. Ya saben: industria maderera, manutención y almacenaje, modelismo y maquetas. Esas revistas. Al pasar frente a uno de los revisteros no pude evitar sonrisa de tango. En mi caso, el recuerdo tenía que ver con los cuatro años que pasé en Astoria Ediciones.

Corría el mes de noviembre de 1997 y, tras unos meses en paro, mis expectativas de lograr un trabajo como periodista eran ya muy exiguas, hasta el punto de que empecé a plantearme la posibilidad de opositar a ninguna parte. Venía de trabajar en una vertiginosa barra nocturna desde la que vi pasar demasiados trenes, y a menudo por partida doble. Eso no quiere decir que no tuviera práctica en el oficio de redactor. Antes que en la barra, había trabajado en la revista El Ciervo, dirigida por Rosario Bofill y Lorenzo Gomis, pero la experiencia fue tan castrante (me dedicaba casi exclusivamente a corregir erratas de imprenta en horario de oficina), que el periodismo y yo nos dimos un tiempo; eso, claro está, en el supuesto de que aquel trabajo hubiera tenido algo que ver con el periodismo. Agotado el subsidio y con la autoestima en low battery, sonó el teléfono de casa de mis padres. “Buenas tardes, querría hablar con don José María Albert (me pareció notar que estiraba el nombre, a semejanza del locutor José María García). Mi nombre es José Martín, de Astoria-Ediciones.” Acudí a la entrevista con el único traje que tenía, que era el mismo que vestía en bodas y entierros, si bien la prenda no delataba el trajín al que la venía sometiendo. Por lo demás, el histérico entusiasmo con el que, cada cinco o seis segundos, me iba sacudiendo las solapas, dejaba a las claras que aquélla no era mi vestimenta habitual, sino más bien mi segunda o tercera equipación.

Pepe Albert de Paco

Fabián

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas

El primer restaurante al que me llevaron mis padres fue, muy probablemente, una de esas lúgubres masías donde embadurnaban al comensal con alioli. En Cataluña las hay a millares y, salvo por cierto arroz montaña que se abre paso entre mis recuerdos como la ratatouille de Ego, aún asocio aquellos hangares (campestres, pero hangares al fin y al cabo) con el tremebundo ‘postre de músico’ (el predilecto, por cierto, de la gran mayoría de los socios del Barça, según la docta apreciación de Nacho de Sanahuja).

Pepe Albert de Paco

Antimourinhismo para iniciados

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas

Para Mercutio

También a la hora de largarse Mourinho ha sido un precursor, pues su marcha no es destitución ni dimisión ni espantá, sino que apunta a cese temporal de la convivencia, que es el arreglo al que el portugués, que tiene maneras de príncipe, suele llegar con sus equipos. Mourinho sale de España como el maestro de La lengua de las mariposas salía de su aldea, entre esputos.

Pepe Albert de Paco

¡Bajen del escenario!

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas

Cuenta Boadella en sus Diarios de un francotirador que acostumbra desayunar con la radio puesta, supongo que con la tertulia de Federico Jiménez Losantos o la de Carlos Herrera. Y que en cuanto Federico (o Herrera) ‘abren las líneas’ a los oyentes, da el programa por acabado, pues nada le parece menos interesante que la opinión del oyente. También a mí me ocurre: en cuanto se ‘abren las líneas’, apago el transistor o cambio de emisora, aunque no tanto por desinterés cuanto por vergüenza ajena, la que me suelen provocar esos oyentes que inquieren al locutor: “¿No me recuerdas? ¿Y si te digo que soy Jacinto, el que llamó la semana pasada?”.

PEPE

Pepe Albert de Paco: Lecturas ejemplares

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas

Hablaba el articulista José Antonio Montano sobre lo mucho que se escribe y lo poco que se lee, y ponía el ejemplo de los comentaristas que se lanzan a opinar sobre un artículo sin haber terminado de leerlo. Les delata, decía Montano, “algún detalle (por ejemplo, la recomendación de algo que ya estaba en el artículo)”. Hay, no obstante, una osadía mayor que la de esos comentaristas, y es la de algunos autores.

Pepe Albert de Paco

Tuiteando El Bulli

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas

Técnicamente era posible. Había un paso intermedio que los informáticos del periódico debían resolver aquella tarde, un ajuste menor del que no recuerdo los detalles, pero una vez salvado ese obstáculo, nada había de impedir que el columnista Salvador Sostres tuiteara una cena desde El Bulli. “Que se entienda”, le previno el director, que, como buen críptico, se irritaba ante la prestidigitación verbal y, en general, ante cualquier tentativa de virtuosismo que convirtiera el relato en un galimatías. A Sostres también le preocupaba hacerse entender, sobre todo a partir de la tercera copa. “Del Bulli se sale algo tocado”, nos aclaró a Jordi Pérez Colomé y a mí, que solíamos atender con regocijo sus aventis de ‘tiet-recién-llegado-de-París’. Sea como sea, el anuncio a los lectores de que Salvador Sostres tuitería una cena desde el mejor restaurante del mundo contenía el germen de lo indómito, la promesa, bien que incierta, de encararse con el futuro.

Pepe Albert de Paco

A mis pies mi ciudad

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas

El 23 de septiembre de 1986, víspera del día de la Mercè, salí de casa de mis abuelos, en la Barceloneta, a eso de las nueve. Me había propuesto asistir a tres conciertos en una sola noche, y así emular sin saberlo al nadador del cuento de Cheevers. Mis padres y mi hermano pasaban el fin de semana en el piso de Camprodón, de ahí que, cada cinco pasos, me asaltara la idea de llevar a Ariadna a casa. ‘Invitarla a casa’, había escrito con anterioridad; paradójicamente, el verbo llevar, con toda su vaguedad a cuestas, se aviene mejor con las intenciones, o acaso ensoñaciones, del quinceañero que fui. Barcelona olía a pólvora, humedad y fritanga.