Autor del archivo

Ramón Rodríguez

Ramón R. Carrero ha vendido helados en Londres, calentado la silla en un periódico nacional y sufrido el Plan Bolonia. Trabaja de vez en cuando para una editorial de libros navales @errecarrero

El reportero americano que liberó Bulgaria

Escrito por Ramón Rodríguez el . Posteado en Monográficos

Nex Lexington es la cabecera del condado de Perry, uno de los más pobres de Ohio. En su calle principal se encuentra la estatua de un señor calvo y barbudo, muerto hace más de un siglo. Se llamaba Januarius MacGahan y era el hijo de unos irlandeses que tenían una granja a las afueras del pueblo. Fue corresponsal en Europa del New York Herald, el diario más leído de Estados Unidos a mediados del XIX. Es el paisano más ilustre de New Lexington… pero quienes con más cariño le recuerdan viven a más de ocho mil kilómetros de allí.

Era muy corpulento y, en contra del tópico que persigue a los irlandeses, no le gustaba mucho beber. En las fotos que se conservan Januarius aparece muy serio, aunque quienes lo conocieron mencionan que siempre andaba canturreando y contando anécdotas. Hacía amigos en todas partes y estuvo en muchas: MacGahan dio la exclusiva mundial del nacimiento de la Comuna de París; acompañó a los independentistas cubanos en el Caribe y a los carlistas en sus campañas en el País Vasco, buscó entre los glaciares del Ártico los diarios de un naufragio y desafió al gobierno ruso cruzando el Turquestán en una rocambolesca cabalgada de casi un mes, tras la cual se convirtió en el único periodista extranjero que presenció el sometimiento del último vestigio del imperio de los mongoles a manos de la columna rusa.

En la primavera de 1876, con 32 años ya, pretendía tomarse las cosas con más calma.

Su periódico no le había pagado mal precisamente y su intención era instalarse en Londres con su esposa y su hijo recién nacido. Tal vez escribiría tranquilamente su tercer libro. Pero las cosas no salieron como había planeado. En los siguientes meses MacGahan denunció atrocidades sin precedentes, puso en evidencia a los gobernantes de la entonces nación más poderosa de la Tierra, condujo a la opinión pública a una guerra que redibujó las fronteras de Europa y se convirtió en héroe nacional de un pueblo que llevaba cinco siglos sometido y que recuperó la libertad gracias a sus crónicas. O dicho de otro modo, se ganó de sobra la estatua en su pueblo.

La mejor sátira del siglo XX mordía en alemán

Escrito por Ramón Rodríguez el . Posteado en Monográficos

A veces pensamos, y a veces, con razón, que los alemanes no saben ser divertidos. Por cada Heine les salen mil como Hegel. Pero en pleno imperio alemán un grupo de ilustradores, periodistas y dramaturgos editó en Múnich un semanario con el que aún hoy es imposible aburrirse. Se reían de todo lo que había en su país con la humanidad y la finura que distingue a la verdadera mordacidad del moralismo. Hacían mofa de los pedantes y de los rancios; de los generales y de los obispos; de los poderosos, sobre todo, pero a veces de los miserables también, con unas lujosas ilustraciones de un encanto muy difícil de describir. Su frescura dejó una huella imborrable en quienes la leyeron y un siglo después de su época dorada se considera una de las mejores publicaciones de humor de cuantas ha habido. Se trata de la revista Simplicissimus, que divirtió a los alemanes en algunos de los momentos más negros de su historia.

Su aventura arrancó en abril de 1896. En aquel tiempo existían en Europa multitud de revistas satíricas, pero ninguna satisfacía los gustos de este grupo de intelectuales alemanes, que aspiraba a fundar un semanario libre y popular, de gran formato, que fuera un espejo de la sociedad de su tiempo y no un manojo de columnas afectadas. El nombre salió de una de esas pocas cosas graciosas que los alemanes nos han dado al resto del mundo: la novela picaresca “El aventurero Simplicíssimus“. Pretendían «despertar con palabras ardientes a una nación perezosa», como proclamaban sobre el plomo en su estreno, y declaraban orgullosos que sus cuatro enemigos eran la estupidez, la misantropía, la mojigatería y la intolerancia.