Federer vs Sampras, el partido que cambió la historia del tenis
El juez de silla sueco Mohamed Lahyani se acerca a los dos jugadores y lanza la moneda al aire. El ritual de siempre. Lahyani sonríe, como es habitual en él: “El asesino sonriente” le llamarán años después en el circuito, cuando se convierta en una estrella. A un lado de la pista queda Pete Sampras, siete veces ganador del torneo, número seis de la clasificación ATP pero cabeza de serie número uno por los intrincados cálculos de la organización. Su temporada hasta el momento está siendo mediocre, a sus 29 años, primeros signos de decadencia: solo una final, en Indian Wells, y cuatro derrotas en primera ronda. No ha conseguido pasar de los octavos de final en Australia ni de la segunda ronda en Roland Garros.
Las Humanidades al rescate de la Universidad: el programa de los “Grandes Libros”
En tiempos de especialización creciente, ¿tiene sentido basar la enseñanza universitaria en la lectura reposada de los autores que han dado forma a nuestro mundo, desde Homero hasta Einstein? En Estados Unidos muchas universidades creen que sí: prescinden de los libros de texto para estudiar directamente las obras esenciales.
“Sócrates era un hombre de firmes principios, Jojo. Prefirió suicidarse a… Bueno, sea como sea, tenía que ver con sus principios. ¿Y sabes una cosa, Jojo? Eso es lo único que te hará falta saber acerca de Sócrates en toda tu vida. Eso es lo único que le hace falta saber a nadie. Aún eres muy joven para entenderlo, pero te bastará con tener una vaga idea de quiénes son unos personajes cuando salgan sus nombres en una conversación. Y tampoco vas a conocer a nadie que sepa más que eso, salvo por algún que otro empollón, que en cualquier caso es gente que no cuenta para nada”. Son palabras de Buster Roth, profesor de la Universidad de Dupont.
La guerra de Dix
Ningún pintor se esforzó tanto como el alemán Otto Dix en mostrar el horror de la Primera Guerra Mundial. Durante décadas retrató los horrores que había visto durante su experiencia en las trincheras de Flandes. Todavía hoy sus grabados son una de las mejores denuncias de la imponente repulsión de la guerra.

Amanece. Un sol radiante anuncia un día hermoso. Quizá sea primavera o verano. No podemos saberlo porque la muerte ha parado el tiempo. El cañoneo ha convertido el campo en una desordenada sucesión de pequeñas elevaciones y hondonadas. Los árboles son estacas partidas con ramas de alambre de espino. Si uno se fija bien, puede distinguir el esqueleto blanquecino de un soldado en la tierra de nadie. En primer plano, dos soldados alemanes se mueven a cuatro patas para evitar ser vistos por un enemigo invisible. Colgadas de sus bocas, agarradas por sus dientes, llevan sendas bolsas para su posible desayuno. La mano del soldado que gatea casi toca la mano de un esqueleto que nace de la tierra. Son los restos de un soldado que quizá murió la primavera pasada y quedó sepultado en su trinchera. Su mano de huesos es más humana que la mano de los vivos, tan rotunda como una pezuña. Los dos hombres que gatean se han convertido en animales que luchan instintivamente por su supervivencia. Parece imposible creer que sólo unos meses antes podían haber manejado un pincel.
No diga Argentina, diga Golpe de Estado (2. El genocidio de las Juntas Militares)
Regreso y muerte de Perón. Los años incontrolables (1973-76)
Las elecciones se celebran en mayo y las gana Héctor Cámpora, cuyo único cometido es allanar el camino a Juan Domingo Perón. Cámpora muestra simpatía por Cuba y Allende, con la lógica indignación de Kissinger y el ala dura de los militares. Sin embargo, estos aún no se han recuperado de sus luchas internas y de la fatiga de una represión continua. Siguen esperando. Apenas dos meses después de las primeras elecciones, se celebran unas segundas, en las que Juan Domingo Perón arrasa y se convierte, 18 años después, en Presidente de la República Argentina.
No diga Argentina: diga Golpe de Estado (1. Juan Domingo Perón)
En plena Semana Santa de 1987, llega una noticia alarmante desde Argentina al resto del mundo: la sublevación armada de los llamados “carapintadas”, preparados para un posible ataque a Buenos Aires desde la base de Campo de Mayo. Apenas han pasado cuatro años desde la llegada de la democracia, encabezada por Raúl Alfonsín, y de nuevo el ejército da una señal de poder, eligiendo al teniente coronel Aldo Rico como líder para la ocasión. Rico, un oficial joven, que apenas cuenta con más de 40 años cuando la insurrección salta a los medios de comunicación, clama contra los juicios que han condenado a los miembros de las Juntas Militares que asolaron Argentina de 1976 a 1983 y pide una amnistía total, así como el cese de cualquier investigación posterior.
Bret Easton Ellis: Cuando la ética se convierte en estética
En la gira de promoción de su última novela, “Suites imperiales”, Bret Easton Ellis luchaba por dejar de parecer un niñato consentido y pulía su imagen sometiéndose a innumerables sesiones de entrevistas, fotos, coloquios… “Está mucho más calmado que otras veces”, concedía la jefa de prensa de Mondadori, como si el escritor se hubiera cansado tanto de sí mismo que hubiera decidido rendirse, entregarse al enemigo, a la cámara de fotos, a la grabadora en pie frente a su sillón acolchado.
Los Juegos Olímpicos de la II Guerra Mundial
Berlín, 1936: apoteosis internacional de la estética nazi cortesía del Ministro de Propaganda Joseph Goebbels y la siempre dispuesta Leni Riefensthal, cuyo “Olimpia” ha pasado a los anales de los documentales político-deportivos de todos los tiempos. La importancia de los Juegos para los alemanes iba más allá de la simple difusión de su proyecto totalitario. Parte de su ensoñación era emparentarse directamente con los antiguos griegos, recoger el testigo de su legado ario y civilizatorio –no es casualidad que aquel año fuera el primero en que la antorcha olímpica viajara desde Grecia hasta Berlín- e imponer un reino de los mil años como el que Alejandro habría construido si la sífilis y sus herederos no lo hubieran destrozado todo en apenas lustros.




