Convocatoria Premios Monóculo de Oro IV

Escrito por Perro con Monóculo el . Posteado en Relatos

La semana pasada el fantasma del insomnio se instaló en mi humilde mansión. Hasta ayer tenía los ojos rojos, los párpados hinchados y el monóculo sucio.

Durante estos días he encadenado noches en vela en las que he probado de todo: vapores relajantes, masaje de almohadillas traseras con aceite de almendra, tazones de leche caliente con miel. Nada de esto me devolvía el sueño, así que después de tres días de absoluta desesperación entre ahuecados cojines de terciopelo y con el vinilo de las Variaciones Goldverg de Bach sonando a todo trapo, reconozco que fui víctima de las zarpas de la desesperación. Casi sin poder evitarlo, caí en los hábitos de una nueva vida alternativa y a oscuras. Yo confieso haber pasado dos noches seguidas quemando cartones en algo llamado www.binguez.es, pidiéndole los números mágicos a mi monitor, dando tragos largos de whisky seco y engullendo barras de regaliz negro con el ansia de un refugiado de guerra. Estas noches de excesos me devolvieron la felicidad… ¡y, oh, el sueño! Ahora vuelvo a estar descansado, pero también tremendamente disgustado. Mis siete cabezadas diarias sobre la silla Luis XVI se me antojan ahora insípidas. Y yo me pregunto, ¿podré alguna vez estar satisfecho con mi existencia?

Creo que la única cosa que podría aliviarme en un momento tan delicado sería una alta participación en la siguiente edición del concurso de los Monóculo de Oro. En esta ocasión, la palabra clave es ALMOHADA y el premio para el autor de la mejor historia es el libro “Enlazados”, de Carlos García Miranda (quien se ha comprometido personalmente a escribir una dedicatoria para el ganador).

 

  1. La palabra ‘ALMOHADA’ debe aparecer en el microrrelato.
  2. La longitud del microrrelato no debe sobrepasar los 1.000 caracteres.
  3. El plazo para escribir historias finaliza el 7 de junio.
  4. Los cuentos se escribirán en los comentarios de esta entrada.
  5. La persona que deje el comentario debe ser autor del cuento que participa (¡obviamente!)
  6. El jurado es unipersonal, insobornable y con un pelaje blanco de exquisito brillo: yo.
  7. El premio al mejor microrrelato con la palabra ‘ALMOHADA’ consiste en el libro “Enlazados”, dedicado por su autor, Carlos García Miranda.

 

¡Suerte, amigos!

Ganador Premios monóculo de Oro III

Escrito por Perro con Monóculo el . Posteado en Relatos

El olor a gasolina recibe a los jóvenes con el carné de conducir recién plastificado que, en su primer viaje solos a Benidorm, se detienen a repostar y compran Gatorade y Risketos. El olor a gasolina es ese que hace sentir culpable, y maravillosamente vivo, al casado durante sus compras furtivas; un aroma del que, si todo le va bien, nunca se librará el criminal paranoico que sospecha que todos los conductores con gafas de sol son policías de paisano. Reconozco que yo no he parado en muchas gasolineras, una de las misiones de mi chófer es asegurarse de que el depósito está lleno antes de salir de casa, pero en alguna ocasión mi antojo de After Eight me ha llevado a gritarle al conductor, con el pulso acelerado por la falta de menta y azúcar: ¡Deténgase en ese autoservicio, por el amor de Dios!

Convocatoria Premios Monóculo de Oro III

Escrito por Perro con Monóculo el . Posteado en Relatos

 

Queridos amigos,

He montado un pequeño cocktail solo para mecenas con la intención de conseguir nuevos premios para sucesivas ediciones. En mi pequeño aperitivo se servirán sorbetes de melón y cava, se pasarán bandejas repletas de cigarrillos mentolados y habrá chocolatinas ocultas debajo de cada cojín de terciopelo del salón (dieciséis, en total). ¡Cualquier cosa para impresionar a los editores más importantes del país!

De cualquier modo, ya tengo el regalo para la III edición de premios Monóculo de Oro. La librería Tres Rosas Amarillas nos ha regalado “El Camino y otros pasos”, de César Gavela, que será para el autor del mejor microrrelato que se ajuste a las siguientes normas:

Ganador Premios Monóculo de Oro II

Escrito por Perro con Monóculo el . Posteado en Relatos

Queridos amigos, ya tenemos ganador de la II edición de los premios Monóculo de Oro.  Recordad que el ganador se lleva el libro “Me llaman Capuchino” de Daniil Jarms (regalo de la librería “Tipos Infames”) y el finalista no se lleva nada más que el sincero aplauso de los lectores que no hayan participado y que, por tanto, no sientan en sus sienes la insoportable presión del orgullo herido.

Convocatoria Premios Monóculo de Oro II

Escrito por Perro con Monóculo el . Posteado en Relatos

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo sería protagonizar vuestro propio anuncio de colonia? Yo lo hago constantemente. Sería un lento zoom hiperrealista que pasaría de un plano general en una habitación colmada de oro y terciopelo rojo al primerísimo primer plano de mi ojo. Cuando la pantalla estuviera empapada en negro, una voz masculina y gangosa pronunciaría en perfecto francés: “Monocle”.  Todavía no he decidido a qué debería oler mi fragancia, pero lo más importante en estos casos es tener claro el anuncio.

En otro orden de cosas, es hora de inaugurar la segunda edición de los premios Monóculo de Oro. En esta ocasión quienes ceden el regalo son los responsables de la librería “Tipos Infames”, ellos mismos han elegido el título:  “Me llaman Capuchino” de Daniil Jarms. Permitid que me levante la chistera y les diga: ¡Gracias!

Destino

Escrito por Lara Moreno el . Posteado en Relatos

Ella me dijo: todos tenemos un destino. En ese momento no supe a qué se refería, yo era un inconsciente, un medroso, barro mojado, es decir, la vanidad aún no se había perpetrado en mí con fundamento. Yo solo intentaba sacarme unos cuartos, y ella me habló del destino como quien habla de una cosa amorfa y desnutrida que todos tuviéramos por defecto, las glándulas salivares o las amígdalas. Podría decir ahora: la abofeteé y me fui de allí, al girar el pomo de la puerta vi de reojo un hilo de sangre en su boca. También podría haber pasado lo siguiente: todos tenemos un destino, dijo ella, y yo me lancé a sus labios porque por fin éramos ella y yo lo único en el mundo.

Pablo Gutiérrez – Jabbar

Escrito por Pablo Gutiérrez el . Posteado en Relatos

Cambiaré mi nombre.

Venderé mi casa.

Me afeitaré los brazos, las piernas, el pubis.

Cumpliré con las abluciones y los rezos, seré respetuoso con los ancianos, con los animales puros, con los árboles y las flores e incluso las zarzas que no logren ser incandescentes por más que ericen sus púas como yo erizo los dedos y los ojos buscando una señal, una confirmación de este sentimiento, de esta epifanía LSD.

COLEGIO

Escrito por Andrés Barba el . Posteado en Relatos

Hay una puerta de colegio. Tiene una entrada grande para vehículos y otra pequeña para personas. Las dos están abiertas. Un enrejado de hierro que necesitaría ya una nueva capa de pintura está lleno de muescas y de pequeños grafitis con los corazones y los insultos de los últimos tres años. Hay allí unas veinte personas, entre padres, profesores y chicos que van desde los ocho hasta los dieciocho. El conjunto es gris áspero y contrasta con la ropa de los niños, que es luminosa. El sonido es como el de una bandada de pájaros que chillan con voces agudas. Resulta extraño que un lugar tan neutro parezca tan lleno de vida. El edificio es chato, feo y convencional, pero aun así se alza con la arrogancia de lo pragmático, un rostro aplastado. Las ventanas de las aulas refulgen al abrirse y la brisa hace moverse un poco las retamas de la entrada, de las que los niños arrancan pequeñas bolitas amarillas distraídamente y las deshacen entre los dedos hasta dejarlas reducidas a un tenue polvo amarillo. A ratos da la impresión de que todas esas mujeres, niños y adolescentes han perdido sus particularidades, las señales que les hacen definibles y concretos, y por un momento exhalan una especie de perfume común. Luego, de un instante a otro, comienzan a entrar en el edificio y, como la puerta es pequeña, a veces se entorpecen al entrar y al salir los padres y los alumnos. Tres se quedan parados de pronto y se miran entre ellos, por primera, por última vez en su vida. Y los tres dicen al unísono: “Perdón”. Y los tres sonríen. Una niña pasa corriendo entre sus piernas.

1

Durante todo aquel año tu hija estuvo diciendo que tenía dos novios. Miguel, Ernesto. Jugaba a las muñecas y si había que hacer algún regalo preparaba dos paquetitos idénticos. Para Miguel. Para Ernesto. Durante aquel año todo se dividió en dos: los sueños, las atenciones, los bocadillos del recreo, las cartas de amor de letra redonda, los tiempos muertos y los tiempos vivos, el corazón. La veías en el centro de la seriedad de sus seis años, alambicada y difícil de pronto, casi adulta de puro equitativa. Querer a dos novios parecía una tarea que no admitía descanso, algo casi sin alegría a lo que ella debía estar atenta de continuo, una zona prohibida y frágil que podía desarmar cualquier golpe de viento. A veces la dejabas en la puerta del colegio y la veías flanqueada por aquellas dos sombras: Miguel, Ernesto, tristes y resignados ellos también, oscilando entre el abandono y el control. Ella le daba un beso a cada uno: uno a Miguel, otro a Ernesto, y se alejaba de ti tan prematuramente seria como una ancianita canosa y desgraciada. En su diario, como un objeto escurridizo, llenó tres páginas con sus nombres entrelazados. Miguelanaernesto. Ernestoanamiguel. Y pintó debajo un corazón enorme que le salió muy mal, como si alguien lo hubiese arrojado desde un octavo piso.

2

No lo supiste entonces, lo sabrías más tarde: que habían organizado tu vida alrededor de aquellas tazas de café. Los espiaste a los dos a través de la rendija de la puerta del cuarto de estar. Tenías seis años y jugabas a taparlos con la palma de la mano: primero a tu padre, luego a tu madre. Vistos aisladamente se volvían figuras casi cómicas: tu padre miraba la taza de café como si se le hubiese caído en ella una cosa minúscula e irritante, tu madre estaba rígida y miraba al techo con una sonrisa extraña, como quien trata de recordar un chiste. La taza de tu padre era más pequeña, la de tu madre tenía una mancha de carmín. Habían organizado tu vida bebiendo aquellas tazas. Todo había quedado decidido ya: el cómo, el desde cuándo, el hasta dónde: quién te llevaría al colegio, quién te recogería, con quién pasarías las vacaciones. Todo había sido hecho en nombre del amor.

3

Desde el primer día la viste siempre al fondo de la clase, sentada y algo rígida, bebiendo a sorbitos un vaso de naranja. Eran los días ociosos del colegio. Tu vida era como un crucero en el que ella viajaba en aquella postura rígida y poco natural. A veces soñabas con ella y ni siquiera en la fantasía dejaba de tener esa postura, con sus pantalones azules y la mirada un poco ida (no era muy inteligente) el andar patizambo y el acné perpetuo. Su cara era también como un vestido: en primavera el acné era de un color terroso, y en inverno de un violeta tan vivo que a veces se ausentaba varios días. Tú la apartaste deprisa de las demás, como el agua pesada se separa de la más leve, ella era la rara semilla de la flor monstruosa, el núcleo del ser extraordinario, toda vuelta hacia sí misma como un don diego al pudrirse. Y se pudría, sí, pero con la piel aún carnosa y unos ojos que relampagueaban a veces con una fuerza sorprendente, no sabías si de ira o de timidez. Una vez te miró, fue sólo un segundo. Abandonó sus formas habituales, destensó la espalda, se apartó el vaso de la boca y te clavó la mirada. Fue como la mirada intensa, desesperada y ciega a la vez, de los murciélagos.

4

En aquella época pasasteis tres días juntos en la misma casa. Era la casa de su madre y ella la insultaba durante horas. Ni siquiera habían quitado el Belén y ya era primavera. A la figura de la Virgen se le rompió un pie y tú lo dejaste junto al niño Jesús para que no se perdiera, allí se quedó otro mes: Oro, Incienso, Mirra y un pie. Casi hasta el verano. Los primeros celos, las hermanas mayores que se hacían las moralistas. Ella no lo quería hacer. Luego te parece como si hubieseis sobrevivido los dos a ese lugar de la cocina al que, si se entraba en la casa, era el último al que se llegaba, un lugar que daba confianza y en el que nunca os podrían descubrir. Ella sangró mucho menos de lo que habías previsto pero te dio asco su olor y ella se entristeció al notarlo. Luego os sentasteis a ver una película. Tu primer recuerdo comienza allí, en aquel momento en el que anochece. Ella dijo muy seria que no se lo había imaginado así. Luego, al día siguiente, en el colegio, tenía los labios muy secos.