Casualidades de la vida

Escrito por Francis Leonard el . Posteado en Relatos

Deberíamos quedar más a menudo. Vernos de forma intencionada. Porque no puede ser que siempre nos encontremos por caprichos del azar. Que si en el cumpleaños de María, que si en la moto de Mario, que si en el claro de un bosque, que si en la cama de Nuria… También en el Barca-Madrid (menuda paliza os metimos; además en vuestro campo; qué bien juega el Martín ese; y cómo llovía…).

Y si no me falla la memoria, incluso coincidimos en aquel teleférico que se quedó atascado en los Alpes suizos a 500 metros de altura; y recuerdo que lo aprovechaste seriamente para ponerme al día con el inventario de tus más recientes logros laborales (¿o eran laborables?) y –cómo no– desglosar el cúmulo de virtudes de tu novia de entonces, la loca esa; hostia, ya son muchas las veces que nos hemos topado así por las buenas, y el mundo es un pañuelo, vale, pero esto significa algo, no me jodas.

Pepe Albert de Paco

Mesa para dos

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas, Firmas

Mujer y restaurante forman un binomio confuso, acaso gobernado por una desafección tan antigua como inmune al auge de la gastromanía. Ellas desprecian el comer (no la comida, ojo, sino el comer; hay un matiz), y nada, ni siquiera las tapas nitrogenadas y demás apoteosis de lo aéreo, logran persuadirlas de que no hay lugar más tremebundo que la mesa de un restaurante ni esparcimiento más siniestro que eso que en Cataluña llamamos ‘entaular-se’, cuyas connotaciones, siempre despreciables, carecen en castellano de una voz que las iguale. No en vano, ‘entaular-se’, de taula (mesa), remite a un encajonamiento casi estabulario, a una suerte de prisión pasajera y, por ello mismo, doblemente eterna. ‘Entaular-se’, en fin, es algo así como el reverso omnívoro de la ‘petite mort’, un paréntesis en el discernimiento entre el bien y el mal del que conviene guardarse. La aversión femenina al rito del yantar, ya digo, ha vadeado océanos de tiempo para llegar exultante a nuestros días, pasando por encima del cocktail de gambas, aguacate y salsa rosa, los volovanes rellenos de atún, las espumas de crema catalana, la tortilla deconstruida y el helado caliente. Lo que sigue es un decálogo para el tiempo en que todo era inocente y el restaurante competía de en pie de igualdad con el cine, los paseos o un concierto veraniego. Un decálogo, en efecto, perfectamente inservible, como cualquier poética o tratado que se precie de trascendente, y que aviva el recuerdo de aquel atardecer en que ella dijo “sí, claro, me parece estupendo”. Habían abierto un nuevo ‘gastro’ en el barrio y el tren de la modernidad pasaba por allí. Qué no sería yo si entonces hubiera sabido todo esto.

Gato de angora verushka

Verushka

Escrito por Ana Boyero el . Posteado en Relatos

BSO: Nus Cuevas

Esta feo que yo lo diga, pero a Gonzalo se le fue la cabeza con el gato.

El médico nos acababa de confirmar que no podíamos tener hijos. Yo lo acepté mejor que él, y eso que era por mi culpa (síndrome de ovarios poliquísticos). Durante tres meses, Gonzalo volcó su frustración en la lectura y yo me dediqué a hacer cuentas: no ser padres implicaba poder subir de nivel de vida. Con todo lo que nos íbamos a ahorrar en pañales y libros de texto durante las próximas dos décadas, podríamos derrochar como mínimo 700 euros al mes sin sentirnos culpables. Viajes a Nueva York en julio y a la peluquería cada quince días. La no maternidad iba a sentarme de lujo.

Carmen Pacheco

POSPONGAN EL APOCALIPSIS, MORIRSE NO TIENE MUCHO INTERÉS

Escrito por Carmen Pacheco el . Posteado en Columnas, Firmas

Hubo un tiempo en que me obsesioné con la muerte. No me refiero a la idea de matarme, ni a la parafernalia mortuoria, ni siquiera a la muerte como final o motivo de angustia. Me obsesioné con la muerte en estado puro, con la idea de la nada, de la no existencia. Lo curioso es que no la visualizaba como el clásico fundido a negro. Sin que hubiera motivo, o sin que haya podido descifrarlo aún, cada vez que pensaba en la muerte me venía a la mente la imagen de unas manos de mujer haciendo una trenza con el pelo oscuro de una niña de espaldas. Con extrema precisión, sin dejar ni un pelo suelto, y apretando en cada nudo, pero a la vez con mucha delicadeza.

El futbolista sensible

Escrito por Francis Leonard el . Posteado en Relatos

Era el Dr. Jekyll y Mr. Hyde del deporte rey.

Su padre lo definió como un delantero sinuoso de mirada onírica y técnica insondable. Eso sí: pésimo jugador cuando la meteorología no acompañaba.

Efectivamente, en días soleados no daba pie con bola.

La señorita Berdie

Escrito por Ana Boyero el . Posteado en Relatos

El día que la señorita Berdie entró en mi consulta recordé que hacía demasiado tiempo que no hacía el amor con una mujer. En mi trabajo no estoy acostumbrado a tratar con chicas jóvenes, y mucho menos con aspecto de azafata de vuelo de los setenta. Nunca había sentido atracción física por ninguna paciente, principalmente porque cuando abrí la consulta decidí concentrarme en el mercado más estable de la psiquiatría: el de esposas aburridas con hijos casados. Estas señoras tienen muchas amigas en su misma situación y se recomiendan las unas a las otras. Vienen a verme por mi increíble capacidad para escuchar y por la facilidad con que receto ansiolíticos.

La luminosa piel de la señorita Berdie dejaba claro que domir no era un problema para ella; no llevaba anillo en la mano, así que tampoco estaba aquí por culpa de un matrimonio desgastado. Su presencia me pilló totalmente desprevenido, tendría que confiar en mi instinto. Mi primer impulso fue volver a mirarle las piernas.

- Me ha dado su teléfono la señora Márquez  – llevo años tratando a la señora Márquez: esposa de cardiólogo, tobillos gordos y preferencia por las benzodiacepinas – , dice que es usted muy bueno.

Refugios de diseño para tiempos de guerra

Escrito por Cristina Rojo el . Posteado en Reportajes

Muchas de las grandes ideas que han forjado la humanidad tuvieron lugar en momentos  inesperados; en rincones donde no había papel ni bolígrafo para anotar, en cruces de caminos, bajo el agua de la ducha o cruzando un paraje desértico. A Buckminster Fuller (1895-1983), arquitecto, inventor y visionario, una de las tantísimas ocurrencias que tuvo en su vida le sucedieron mientras recorría el medio oeste americano con su amigo y novelista Christopher Morley. Era noviembre de 1940 y ambos quemaban kilómetros en busca de ciertas cartas perdidas de su admirado Edgar Allan Poe. De si encontraron las cartas o no, no hay constancia, pero lo que sí ha trascendido hasta hoy es que, durante aquel viaje, Fuller quedó impresionado por los contenedores de grano metálicos que se alineaban a ambos lados de las carreteras de Illinois.

La Segunda Guerra Mundial se ceñía sobre el viejo continente y los periódicos americanos se hacían eco de terribles bombardeos sobre Londres. Una chispa debió de iluminar su noche cuando Fuller intentaba conciliar el sueño a lo largo de aquellas semanas. Quizá relacionó las frías noches de invierno que acechaban a miles de familias británicas y en las que muchos se verían despojados de un techo bajo el que resguardarse. Es posible que aquellas imágenes se mezclasen con el recuerdo de su propia hija, quien inviernos atrás había fallecido en Chicago tras contraer una infección en la maltrecha y pobre vivienda donde residían.

DDU Celebración de la victoria sobre Japón en Camp Evans, agosto de 1945. (Foto cedida por InfoAge)

DDU. Celebración de la victoria sobre Japón en Camp Evans, agosto de 1945. (Foto cedida por InfoAge)

En cualquier caso, Fuller averiguó el nombre de los fabricantes de los contenedores de grano y, en pocos meses, convirtió una de las estructuras de acero de Butler Manufacturing Company (“A prueba de fuego, climatología y desperdicios”) en un prototipo de vivienda de emergencia. Su ligereza y precio económico (cada una de ellas estaba valorada en 1.250 dólares) hacían de estos espacios un remedio que podría enviarse a cualquier lugar del mundo y servir como refugio en un bombardeo. Poco tiempo después, el Ministerio de Defensa norteamericano y Fuller firmaron un acuerdo para desarrollar 200 de estas viviendas en el menor tiempo posible.

Xavi Puig

Pero esto qué es VIII

Escrito por Xavi Puig el . Posteado en Columnas, Firmas

ACUERDO DE COLABORACIÓN 

En Madrid, a diez de marzo de 2014.

REUNIDOS  

De una parte, D. Ignacio López Rojo y Dña. Isabel Lahoz Martos, mayores de edad, con Documentos Nacionales de Identidad números 56798324D y 68987342F, con domicilio a estos efectos en C/Pradillo, 45, 5º A, 28002 de Madrid.

De otra parte, D. Martín López Lahoz, menor de edad, con Documento Nacional de Identidad número 98758724Z y con domicilio en C/Pradillo, 45, 5º A, 28002 de Madrid.

 

INTERVIENEN

 

D. Ignacio López Rojo y Dña. Isabel Lahoz Martos, en nombre y representación del núcleo familiar de los López-Lahoz (en adelante LOS PADRES).

D. Martín López Lahoz (en adelante EL BEBÉ), en su propio nombre y derecho.

Carmen Pacheco

POSPONGAN EL APOCALIPSIS, TENGO QUE CONTAR LO QUE PASÓ CON MI MOCHILA DE LEGO

Escrito por Carmen Pacheco el . Posteado en Columnas, Firmas, Sin categoría

Hago muy pocas promesas, pero las que hago las cumplo. El problema es que si no me pones límite de tiempo, considero que mientras siga con vida estoy potencialmente cumpliendo mi promesa. ¿Pero qué pasa si se acaba el mundo? No me gustaría, por ejemplo, faltar al compromiso que tengo con mi hermana de escribir algo que nos pasó hace unos años.

Era 2010 y estábamos en Nueva York. Yo había ido a visitar a mi hermana, que estaba estudiando en Boston, y cogimos uno de esos autobuses chinos sospechosos que hacen el trayecto Boston-Chinatown para pasar un par de días gastando suela en la cuadrícula demente de Manhattan. Mi hermana, que llevaba poco más de dos meses viviendo en Boston, ya lo consideraba su pueblo, y hacía comparaciones constantemente: “Pues en Boston, las calles tienen más encanto…” “Pues en Boston los arreglos florales son más elegantes…”. Yo, que había estado en Nueva York anteriormente solo una vez, y también en un viaje de turismo breve, consideraba Manhattan mi pueblo y discutía con ella: “¿Pero estás loca? ¿Cómo vas a comparar la arquitectura del downtown de Boston con esto?”. Comportamiento cuando menos curioso para dos hermanas criadas en las sofisticadas costumbres de la Almería profunda. Debe de ser cosa de familia, porque mi padre una vez pasó una semana en un spa de Murcia y al volver a casa, no encontraba los interruptores de la luz: “Como allí estaban otro sitio…”.