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Carmen Pacheco

Pospongan el apocalipsis, estoy buscando unas perchas

Escrito por Carmen Pacheco el . Posteado en Columnas, Firmas

Me he mudado y necesito perchas. Dios sabe a dónde me llevarán estas calles de mi nuevo barrio, donde toda referencia de comercios orientales –bazares y tiendas de alimentación–, me es desconocida. Así me dirijo, como un navío sin faros ni puerto amigo, por las calles de Moncloa.

Qué amargo fue el adiós de mi buena vecina. Y qué triste cuando, a modo de despedida indirecta, fui a pedir cajas para la mudanza a la tienda de la bebé china. Casi atisbé a ver lágrimas en los ojos rasgados de la dependienta, donde antes solía haber símbolos de euro, cada vez que entraba.

Así, ebria de nostalgia chamberiana, camino sin rumbo hasta que diviso un cartel de “Todo a cien” y se me enciende el corazón. ¿Pero está cerrada la tienda? Las pintadas en la fachada del exterior y los cristales sucios le dan un aspecto decrépito y casi tengo que pegar la nariz a la puerta para cerciorarme de que el comercio sigue activo.

To all the girls I’ve loved before: ARACELI

Escrito por Juan Carlos Ortega el . Posteado en Firmas, Otros artículos, To all the girls I've loved before

Empiezo hoy, en este precioso lugar de Internet, un recorrido por mi atolondrada vida sentimental. Son muchas las mujeres que me han marcado. En realidad, si he de ser del todo sincero, me resultaría imposible saber cuál de ellas ha ejercido en mí la mayor influencia.

Empezaré, pues, siguiendo el orden alfabético, porque se me antoja imposible decantarme por una. Os hablaré hoy de Araceli.

Era adorable y pequeña, con unos ojos oscuros que probablemente le hacían parecer más inteligente de lo que era. Me enamoré de ella estando en la playa, cuando un golpe de viento le colocó un mechón de cabello entre sus labios. El gesto tan distraído que hizo al retirárselo, mientras seguía hablando, me hizo perder la cabeza.

Creo que nunca estuvo enamorada de mí, y eso hizo que mi locura por ella fuera incrementándose día a día, tal vez de manera exponencial.

Tenía que impresionarla si quería que acabara rendida a mis pies. Araceli era de esas chicas que se enamoran de los hombres que demuestran cierta capacidad para emocionarse ante la belleza artística.

Y un día se me presentó la ocasión perfecta. Paseábamos por el centro de la ciudad cuando vi una exposición de pintura.

- ¿Te apetece que entremos? –le pregunté.

- Oh, sí, claro.

Yo no sabía si aquellos cuadros eran buenos o malos, porque siempre he tenido cierta confusión con la pintura. Me cuesta mucho distinguir una obra maestra de otra creada por un imbécil sin talento, pero supuse que si en un lugar tan céntrico de una ciudad tan moderna como la mía el artista había logrado montar una exposición sobre su obra, ésta tenía que ser relativamente valiosa. Y me animé a opinar.

-Mira estos trazos, Araceli. Fíjate bien.

-¿Cuáles?

-Los del fondo. Los que rodean las nubes. Si los miras detenidamente, apreciarás en ellos cierta desilusión.

-¿Desilusión? ¿Por qué?

-El pincel empezó firme, pero acaba de un modo inseguro. En cierto modo, me recuerda a algunos de los primeros óleos de Van Gogh.

Araceli empezó a mirarme con emoción. Hasta ese momento, la chica ignoraba que yo pudiera tener una sensibilidad tan fina.

Durante más de media hora, paseé con ella ante aquellos cuadros, lanzando frases aparentemente hondas sobre la relación entre la belleza y la verdad, entre la pintura y lo real, entre la emoción y la razón.

La tenía en el bote, no había duda. Tal vez ya era hora de salir a la calle y besarla con locura.

Una vez fuera, Araceli, con una risa nerviosa, me dijo:

-Mira arriba.

-¿Dónde?

-Al letrero del local del que acabamos de salir.

Alcé la vista y me quise morir. Nunca viví un ridículo mayor. Después de aquello nunca la volví a ver. En letras grandes y grises podía leerse: “Hermanos Gutierrez, marcos para cuadros”.