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Rafael Lasso de la Vega, el poeta ‘poseur’ que se comió un perro

Escrito por David Álvarez el . Posteado en Monográficos

La famélica bohemia del Madrid de los 20 tuvo en este poeta sevillano un ejemplar insólito. Habitual sablista de tertulias y cafés, Rafael Lasso de la Vega no llegó a ser tan conocido por su obra como por la multitud de anécdotas que sembró a su paso, desde su entronque genealógico con media realeza europea y precolombina hasta aquella leyenda que señala que se comió con patatas la mascota de una amiga. Conquistada al fin la estabilidad económica y hasta el título nobiliario, su última pirueta le dejó atrapado en la puerta giratoria del Ateneo de Sevilla, de la que “costó Dios y ayuda sacarlo”. Había sufrido un infarto. Eran los últimos días de 1959.

La guerra de Dix

Escrito por Joaquín Armada el . Posteado en Monográficos

Ningún pintor se esforzó tanto como el alemán Otto Dix en mostrar el horror de la Primera Guerra Mundial. Durante décadas retrató los horrores que había visto durante su experiencia en las trincheras de Flandes. Todavía hoy sus grabados son una de las mejores denuncias de la imponente repulsión de la guerra.

Amanece. Un sol radiante anuncia un día hermoso. Quizá sea primavera o verano. No podemos saberlo porque la muerte ha parado el tiempo. El cañoneo ha convertido el campo en una desordenada sucesión de pequeñas elevaciones y hondonadas. Los árboles son estacas partidas con ramas de alambre de espino. Si uno se fija bien, puede distinguir el esqueleto blanquecino de un soldado en la tierra de nadie. En primer plano, dos soldados alemanes se mueven a cuatro patas para evitar ser vistos por un enemigo invisible. Colgadas de sus bocas, agarradas por sus dientes, llevan sendas bolsas para su posible desayuno. La mano del soldado que gatea casi toca la mano de un esqueleto que nace de la tierra. Son los restos de un soldado que quizá murió la primavera pasada y quedó sepultado en su trinchera. Su mano de huesos es más humana que la mano de los vivos, tan rotunda como una pezuña. Los dos hombres que gatean se han convertido en animales que luchan instintivamente por su supervivencia. Parece imposible creer que sólo unos meses antes podían haber manejado un pincel.