Publicaciones etiquetadas ‘drogas’

Pepe Albert de Paco

Mesa para dos

Escrito por Pepe Albert de Paco el . Posteado en Columnas, Firmas

Mujer y restaurante forman un binomio confuso, acaso gobernado por una desafección tan antigua como inmune al auge de la gastromanía. Ellas desprecian el comer (no la comida, ojo, sino el comer; hay un matiz), y nada, ni siquiera las tapas nitrogenadas y demás apoteosis de lo aéreo, logran persuadirlas de que no hay lugar más tremebundo que la mesa de un restaurante ni esparcimiento más siniestro que eso que en Cataluña llamamos ‘entaular-se’, cuyas connotaciones, siempre despreciables, carecen en castellano de una voz que las iguale. No en vano, ‘entaular-se’, de taula (mesa), remite a un encajonamiento casi estabulario, a una suerte de prisión pasajera y, por ello mismo, doblemente eterna. ‘Entaular-se’, en fin, es algo así como el reverso omnívoro de la ‘petite mort’, un paréntesis en el discernimiento entre el bien y el mal del que conviene guardarse. La aversión femenina al rito del yantar, ya digo, ha vadeado océanos de tiempo para llegar exultante a nuestros días, pasando por encima del cocktail de gambas, aguacate y salsa rosa, los volovanes rellenos de atún, las espumas de crema catalana, la tortilla deconstruida y el helado caliente. Lo que sigue es un decálogo para el tiempo en que todo era inocente y el restaurante competía de en pie de igualdad con el cine, los paseos o un concierto veraniego. Un decálogo, en efecto, perfectamente inservible, como cualquier poética o tratado que se precie de trascendente, y que aviva el recuerdo de aquel atardecer en que ella dijo “sí, claro, me parece estupendo”. Habían abierto un nuevo ‘gastro’ en el barrio y el tren de la modernidad pasaba por allí. Qué no sería yo si entonces hubiera sabido todo esto.

Destino

Escrito por Lara Moreno el . Posteado en Relatos

Ella me dijo: todos tenemos un destino. En ese momento no supe a qué se refería, yo era un inconsciente, un medroso, barro mojado, es decir, la vanidad aún no se había perpetrado en mí con fundamento. Yo solo intentaba sacarme unos cuartos, y ella me habló del destino como quien habla de una cosa amorfa y desnutrida que todos tuviéramos por defecto, las glándulas salivares o las amígdalas. Podría decir ahora: la abofeteé y me fui de allí, al girar el pomo de la puerta vi de reojo un hilo de sangre en su boca. También podría haber pasado lo siguiente: todos tenemos un destino, dijo ella, y yo me lancé a sus labios porque por fin éramos ella y yo lo único en el mundo.

Pablo Gutiérrez – Jabbar

Escrito por Pablo Gutiérrez el . Posteado en Relatos

Cambiaré mi nombre.

Venderé mi casa.

Me afeitaré los brazos, las piernas, el pubis.

Cumpliré con las abluciones y los rezos, seré respetuoso con los ancianos, con los animales puros, con los árboles y las flores e incluso las zarzas que no logren ser incandescentes por más que ericen sus púas como yo erizo los dedos y los ojos buscando una señal, una confirmación de este sentimiento, de esta epifanía LSD.