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Cien lugares donde NO llevar a tus hijos: El guarro de Vallecas

Escrito por Antonio Castelo el . Posteado en Cien lugares donde no llevar a tus hijos, Columnas, Otros artículos

Interior de El guarro de Vallecas. Cien lugares donde no llevar a tus hijo, Antonio Castelo, El guarro de Vallecas

#4 Bar Restaurante Penedillo aka “El guarro de Vallecas”

Avda. de Monte Igueldo 76, Madrid.

Es el invierno más frío de los últimos veinte años, en medio de la peor crisis que se recuerda. Andamos sin rumbo por las calles de Madrid y una ventisca nos ha pillado en mitad de ningún sitio. Qué jodido es el cerebro humano, en los peores momentos te trae los peores recuerdos: “Nunca tuve que haber dejado a aquella chica”, “¿por qué escogí letras?” y cosas así. Pero en la lejanía brilla una luz. La nieve en los ojos arde. Alguien dice: “ES EL GUARRO DE VALLECAS”. Estamos salvados. ¿Estamos salvados?

La mejor sátira del siglo XX mordía en alemán

Escrito por Ramón Rodríguez el . Posteado en Monográficos

A veces pensamos, y a veces, con razón, que los alemanes no saben ser divertidos. Por cada Heine les salen mil como Hegel. Pero en pleno imperio alemán un grupo de ilustradores, periodistas y dramaturgos editó en Múnich un semanario con el que aún hoy es imposible aburrirse. Se reían de todo lo que había en su país con la humanidad y la finura que distingue a la verdadera mordacidad del moralismo. Hacían mofa de los pedantes y de los rancios; de los generales y de los obispos; de los poderosos, sobre todo, pero a veces de los miserables también, con unas lujosas ilustraciones de un encanto muy difícil de describir. Su frescura dejó una huella imborrable en quienes la leyeron y un siglo después de su época dorada se considera una de las mejores publicaciones de humor de cuantas ha habido. Se trata de la revista Simplicissimus, que divirtió a los alemanes en algunos de los momentos más negros de su historia.

Su aventura arrancó en abril de 1896. En aquel tiempo existían en Europa multitud de revistas satíricas, pero ninguna satisfacía los gustos de este grupo de intelectuales alemanes, que aspiraba a fundar un semanario libre y popular, de gran formato, que fuera un espejo de la sociedad de su tiempo y no un manojo de columnas afectadas. El nombre salió de una de esas pocas cosas graciosas que los alemanes nos han dado al resto del mundo: la novela picaresca “El aventurero Simplicíssimus“. Pretendían «despertar con palabras ardientes a una nación perezosa», como proclamaban sobre el plomo en su estreno, y declaraban orgullosos que sus cuatro enemigos eran la estupidez, la misantropía, la mojigatería y la intolerancia.

Carmen Pacheco

Pospongan el apocalipsis, se me ha pegado una bebé china a la bota

Escrito por Carmen Pacheco el . Posteado en Columnas

En el momento de coger el ascensor, mi indumentaria constaba de unos pantalones que, aun teniendo yo grandes dotes de convicción y siendo la prenda de un color gris muy discreto, me hubiera sido imposible convencer a cualquier interlocutor vidente de que formaban parte de un chándal y no de un pijama, como hubiera sido mi versión, más camiseta de “Frasier”, impermeable con capucha y botas de agua de estampado de leopardo, que no sé si afortunada o desgraciadamente ocultaban gran parte de los pantalones.

JAVIER CANSADO: “Los humoristas son minusválidos sociales y semidioses”

Escrito por Ana Boyero el . Posteado en Entrevistas

Javier Cansado tomando un caféDiez de la mañana en el madrileño barrio de Moncloa, cielo despejado y un sol radiante que invita a los jóvenes con carpeta que surgen del intercambiador de autobuses a saltarse las clases. Javier Cansado tiene tres planes para antes del almuerzo: recibirnos en su casa, saldar una deuda de céntimos con el kiosquero y pedalear esquivando a los peatones que invaden el carril bici de Ciudad Universitaria. Confiaba en encontrarle con algunos de los llamativos tirantes que luce semanalmente en “Ilustres ignorantes”, pero lleva un chándal un poco menos fotogénico. Por lo visto esos tirantes no están en su armario, son cosa del estilista de Canal +. Y añade un detalle austero: “Llevo tres años en el programa con los mismos pantalones. Hasta que no se rompan no los cambio”.

Aunque ahora viva en un piso enorme en el que los más de 50.000 soldaditos de su colección tienen habitación propia, se crió en un ambiente bastante más humilde, el de Carabanchel. Por aquel entonces él dormía en la parte de abajo de una litera encajada en un nicho que anteriormente había sido el cuarto del retrete.  La clientela del bar “Reyes” acabaría inspirando dos de los personajes más queridos de Faemino y Cansado, ese par de vividores pegados a un coñac en copa de balón llamados Arroyito y Pozuelón. “Estaban inspirados en personas reales del barrio. En el bar de mis padres había mucha gente de esa que habla mucho de todo pero que no tiene ni idea de nada; personas que se atreven con cualquier tema, como si fueran tertulianos de la radio. Me encanta la idea de esas personas brutas y simpáticas que han oído campanas y no saben dónde”.